Rubén Kaplan / El antisemitismo global en 2025: del pretexto político al odio legitimado

En 2014 escribí que cada guerra en Gaza funcionaba como un disparador del antisemitismo latente, liberando un odio que muchas veces se ocultaba detrás de consignas políticas y supuestas críticas circunstanciales a Israel. Más de una década después, esa advertencia no sólo sigue vigente: el fenómeno ha adquirido una dimensión global, persistente y peligrosamente normalizada.
El antisemitismo ya no aparece como una reacción episódica ante conflictos internacionales, sino como un clima cultural instalado. Estudios globales actualizados hasta 2025 indican que cerca del 46 % de los adultos del mundo sostiene creencias antisemitas significativas, lo que representa a más de dos mil millones de personas.
Se trata del nivel más alto registrado desde que existen mediciones comparables. A ello se suma un dato igual de alarmante: una proporción creciente de la población mundial desconoce, relativiza o niega el Holocausto, debilitando uno de los consensos morales fundamentales de la posguerra.
Este marco ideológico tiene consecuencias concretas. Entre 2022 y 2025, los incidentes antisemitas se multiplicaron a escala internacional, con picos históricos en Estados Unidos, Alemania, Francia, Reino Unido, Canadá y Australia. Agresiones físicas, amenazas, vandalismo y ataques a sinagogas, escuelas y cementerios judíos dejaron de ser excepciones para convertirse en una rutina estadística.
En varios países, 2024 y 2025 marcaron los niveles más altos jamás registrados desde que se sistematizan estos datos. Lo particularmente inquietante es la convergencia de actores. Al antisemitismo clásico de la extrema derecha, del islamismo radical y de los viejos negacionismos, se ha sumado con fuerza un antisemitismo proveniente de sectores de la izquierda, que inmerecidamente, goza de legitimidad cultural y protección simbólica.
En nombre del progresismo, de la causa palestina o de un anticolonialismo simplificado, se ha reinstalado la demonización del judío colectivo, ahora bajo la forma de un antisionismo que niega sistemáticamente el derecho a la existencia de Israel y aplica un doble estándar moral que no se exige a ningún otro país.
Este antisemitismo de izquierda no se expresa con esvásticas ni panfletos burdos, sino con lenguaje académico, consignas “humanitarias” y moralismo selectivo. Es el antisemitismo que domina universidades —muchas de ellas financiadas por Qatar e Irán—, sindicatos, espacios culturales y redes sociales; el que expulsa a judíos de marchas, relativiza ataques terroristas y justifica la violencia cuando las víctimas no encajan en el esquema ideológico correcto.
Su peligrosidad radica en haber logrado lo que el antisemitismo siempre buscó: presentarse como virtud moral y no como infamia. La izquierda, de tintes fascistas, porta en manifestaciones multitudinarias la consigna “Palestina libre, del río al mar”, una apelación explícita a la destrucción de Israel. El problema ya no es solo la existencia del antisemitismo —una constante histórica— sino su legitimación activa desde múltiples frentes ideológicos. Cuando la izquierda abandona su tradición universalista y se suma al señalamiento identitario del judío, el odio deja de ser marginal y se vuelve hegemónico. El antisemitismo encuentra así algo que siempre buscó: respetabilidad.
En este contexto, resulta especialmente reconfortante que algunas de las denuncias más contundentes no provengan  sólo de comunicadores judíos, sino también de periodistas y activistas árabes liberales. Según el portal MEMRI, tras el atentado terrorista contra una celebración de Jánuca en Sídney —que dejó quince muertos y decenas de heridos—, estas voces señalaron sin rodeos la raíz del problema: incitación antisemita sistemática y tolerancia política al extremismo.
El analista egipcio copto Magdi Khalik advirtió que el terrorismo islamista ha convertido las festividades judías y cristianas en objetivos permanentes y que Occidente enfrenta una disyuntiva histórica: combatir el extremismo con firmeza o capitular ante él.
Occidente se encuentra en una coyuntura crítica y debe elegir entre combatir con firmeza el extremismo y el terrorismo o derrumbarse ante los vastos ejércitos de los nuevos bárbaros“.
En la misma línea, la periodista libanesa María Ma’alouf afirmó que el antisemitismo ya no es retórica, sino violencia organizada, y que atacar una festividad judía constituye un crimen que compromete a toda la humanidad:
El ataque a una celebración de una  festividad judía en Australia es un crimen de odio despreciable desde cualquier punto de vista. No hay cabida para el antisemitismo en ninguna sociedad libre “.
Que estas advertencias provengan de liberales árabes y no de comunicadores judíos, desmorona cualquier especulación : no se trata de una sensibilidad identitaria, sino de una amenaza real, ideológica y global.
En 2025, el antisemitismo ya no se disimula: se justifica. No avanza solo desde los márgenes, sino desde tribunas políticas, culturales y académicas que deberían saber mejor. Hogaño, las redes sociales que antaño no existían, amplifican este prejuicio milenario y lo convierten en un espectáculo cotidiano. Cada silencio lo legitima, cada relativización lo fortalece. Cuando el odio al judío se vuelve aceptable, proceda de donde sea, la degradación moral ya está en marcha.
El antisemitismo nunca se detiene solo: es menester que los países civilizados del mundo, con coraje y firmeza lo enfrenten.
_______________________________________________________________________________
Las opiniones, creencias y puntos de vista expresados por el autor o la autora en los artículos de opinión, y los comentarios en los mismos, no reflejan necesariamente la postura o línea editorial de Enlace Judío. Reproducción autorizada con la mención siguiente: © EnlaceJudío
Enlace Judío: