La semana pasada, grupos antisionistas en Canadá lanzaron una campaña contra campamentos de verano para niños judíos, marcando un nuevo frente en el esfuerzo global por aislar al Estado de Israel y estigmatizar a quienes se identifican con él. Una coalición de organizaciones de izquierda y activistas pro palestinos busca despojar a estos campamentos de su acreditación oficial bajo la acusación de que “alientan el apoyo a un estado genocida”.
Los señalamientos incluyen delitos tan reveladores como celebrar el Día de la Independencia de Israel, conmemorar a sus caídos, emplear consejeros que sirvieron en las Fuerzas de Defensa de Israel o simplemente expresar identidad cultural judía. Incluso un campamento fue acusado de “apropiación cultural” por utilizar za’atar, una especia de Medio Oriente. La desproporción roza lo grotesco, pero el objetivo es claro: intimidar instituciones judías infantiles mediante presión política organizada.
Este episodio adquiere un peso simbólico particular si se recuerda que Canadá no siempre fue escenario de este clima hostil. Durante la apertura de la 12ª Conferencia anual de Seguridad de Herzliya, el 31 de enero de 2012, el entonces canciller canadiense John Baird afirmó sin ambigüedades: “El Estado judío no tiene un mayor amigo en el mundo que Canadá”. No era una frase retórica. Baird denunció entonces la demonización sistemática de Israel, los dobles estándares y la deslegitimación como formas contemporáneas de antisemitismo. Canadá —dijo— apoyaba a Israel no por conveniencia política sino por principios: democracia, Estado de derecho y derechos humanos.
Ese posicionamiento contrastaba con la tendencia internacional a sacrificar a Israel en el altar de la corrección política. Hoy, en cambio, el país que se proclamaba su aliado más firme presencia campañas dirigidas contra niños judíos, síntoma de un desplazamiento cultural preocupante.
El paralelismo histórico resulta inevitable. En 2009 denuncié que el movimiento terrorista Hamas organizaba en Gaza campamentos de verano para niños con entrenamiento militar, adoctrinamiento religioso extremo y glorificación del martirio. Allí no se enseñaban valores cívicos ni convivencia plural: se inculcaba odio, violencia y muerte. Mientras en Gaza se moldeaba una infancia militarizada, en Canadá se persigue a niños por cantar canciones israelíes.
El contraste es brutal. Unos campamentos entrenaban para matar; otros celebran identidad, memoria y comunidad. Sin embargo, los activistas eligen como blanco a estos últimos. La inversión moral es evidente.
Los grupos antisionistas sostienen que combaten un supuesto genocidio. Los tribunales internacionales no han emitido tal veredicto. Pero la acusación funciona como herramienta política: amplificar términos absolutos permite justificar campañas de aislamiento social. Lo que se presenta como activismo humanitario deriva en estigmatización de facto de instituciones judías.
Perseguir campamentos infantiles judíos no es activismo: es antisemitismo con ropaje moderno.
La historia enseña que las campañas contra instituciones judías nunca comienzan con violencia abierta; empiezan con estigmatización social, aislamiento moral y justificaciones ideológicas. Quienes hoy guardan silencio frente a esta intimidación no podrán alegar ignorancia mañana.
Por: Rubén Kaplan
Periodista y escritor
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