No hay mucho nuevo bajo el sol de Oceanía. Desde los tiempos de Antiojus (175 aec) hasta los ataques del 14 de diciembre de 2025 en la playa Bondi, en Sídney, Australia. El antisemitismo nunca fue la excepción , siempre fue la norma. Cambian los nombres, los idiomas y las banderas, pero el fenómeno antisemita persiste. Y cuando uno mira con detenimiento la historia del antisemitismo descubre que casi siempre se apoya en dos grandes pilares.
Lo primero que le molesta al antisemita —o lo que lo convierte en antisemita— es el monoteísmo. La creencia judía en un solo Dios y lo que esa creencia implica. Más allá de lo teológico, el judaísmo cancela la moral relativa e introduce una moral objetiva. Le pone límites al poder humano. Impide que los hombres poderosos hagan lo que quieran en nombre de sus dioses y de sus intereses políticos. Para los tiranos, desde el Faraón hasta Hitler, esta idea fue siempre intolerable. Y la combaten eliminando la raíz humana de ese gran problema.
Lo segundo que molesta al antisemita es “el fracaso de su teoría del reemplazo”: la idea de que el judaísmo no debería existir más. Que debía ser sustituido por el cristianismo o por el islam. Los judíos que siguen siendo fieles al judaísmo no solo estorban teológicamente a estas religiones “bíblicas”; las cancelan. Mientras existan judíos que practiquen el Pacto Original con Dios, la teoría del reemplazo no estará completa. Este fenómeno también se combate eliminando de raíz su origen humano.
ANTIOJUS EN AUSTRALIA
Janucá es un ejemplo temprano y claro del primer tipo de antisemitismo. Casi doscientos años antes del cristianismo, los griegos —y muchos judíos helenizados— no toleraban una religión con una moral excluyente. Y el emperador Seléucida Antiojus, que se hacía llamar “Epífanes”, es decir, encarnación de dios, no toleraba a un Dios que lo desafiara y proclamara leyes opuestas a las suyas. La moral monoteísta es una amenaza directa para cualquier soberano que pretende ser la fuente última de la ley. Eso explica por qué los ataques eran contra la ley judía: Shabbat, circuncisión y estudio de la Torá. Era un intento sistemático de erradicar la idea de una autoridad moral Divina, objetiva, superior al poder de Antiojus.
El segundo tipo de antisemitismo es el que vimos con claridad brutal esta semana en Sídney, Australia donde 15 judíos que celebraban Janucá fueron asesinados a sangre fría. Matar al judío, para el islam radical, es borrar a “la competencia”. Para que el islam reine como autoridad suprema, el pueblo judío —el pueblo original— debe desaparecer. O someterse a la nueva ley de Mahoma. Preferentemente, desaparecer.
Los tiempos cambian, los pueblos cambian, las religiones cambian pero el objetivo del antisemita permanece inmutable. Borrar al judaísmo eliminando a los judíos.
SIONISMO O EXPANSIONISMO
Y hay más cosas que no cambian. Por ejemplo: la utopía mesiánica de los judíos. Es decir: ¿qué queremos, en última instancia, los judíos?
En los tiempos de Matitiahu, y también hoy, nuestra única ambición era y sigue siendo “que nos dejen en paz”. No queremos convertir a nadie (el judaísmo Halájico hace muy difícil la conversión). No buscamos expandirnos ni ideológica ni territorialmente. Israel no tiene ambiciones de expansión más allá de fronteras defendibles. Nunca provocamos a nadie. Ni queremos invadir Europa imponiendo la ley judía a los gentiles.
Nuestra aspiración religiosa colectiva es modesta y limitada. No es “expansionista”. Es “sionista”. Nuestro sueño mesiánico no es conquistar ni convertir al mundo. Es regresar a Israel y vivir en paz, sin interferir con el resto de las naciones. Eso es todo a lo que aspiramos: “bayamim hahem ubazeman haze”, “en aquellos días y en nuestros propios días”.
LA LIBERTAD AVANZA
Pero hay cosas que cambiaron. Y siguen cambiando.
Janucá nos enseña que los milagros no ocurren por sí mismos. No caen del cielo. No están desconectados de la acción humana. Suceden cuando el esfuerzo humano precede, invita y solicita la intervención Divina.
Los milagros de Janucá sucedieron porque decidimos defendernos.
Me explico: cuando Antiojus comenzó su campaña de erradicación del judaísmo y exigía a los judíos abandonar el judaísmo o morir, los judíos aceptaban el martirio. Resistían ¡dejándose matar como mártires!
Esto continuó por algunos años hasta que Matitiahu, el Cohen gadol –gran sacerdote y líder religioso– lo cambió. En el año 167 a. e. c., por primera vez en 500 años, un judío tomó las armas y defendió a filo de espada su derecho a ser judío. Fue un cambio monumental. Dejamos de aceptar la muerte como destino inevitable. Y aprendimos a defendernos.
Ese es el mensaje más actual de Janucá. El judaísmo no es una ideología de conquista ni un proyecto de dominación. Los judíos no aspiramos a gobernar al mundo ni a imponer nuestra fe. Nuestras ambiciones nacionales no afectan a nadie. Aspiramos simplemente a vivir en paz como judíos en nuestra tierra ancestral.
Pero la historia demuestra que incluso ese mínimo resulta intolerable para otras religiones. Comenzando con el expansionismo islámico, que pretende imponer la sharía luego de conquistar el mundo, y ve al Estado de Israel y al proyecto sionista como el primer obstáculo para alcanzar su objetivo mesiánico.
Janucá marca el momento en que el pueblo judío entendió que preservar la vida es un acto religioso. Que defenderse no contradice la fe, sino que la hace posible. Desde entonces, la pasividad dejó de ser virtud y se convirtió en suicidio.
Por eso, si no nos dejan en paz, tenemos la obligación de defendernos. Protegiendo nuestras comunidades o realizando el proyecto sionista de migración, Aliyá, y residir donde no dependemos de la merced del gobierno de turno que a veces nos quiere y a veces no.
El Estado de Israel y el ejército judío son la continuación histórica del proceso que comenzaron Matitiahu y sus hijos, los Jashmonayim: la afirmación de que el futuro de los judíos y del judaísmo no depende de la buena voluntad de nuestros enemigos, sino de nuestra propia voluntad y de la asistencia Divina.
Janucá no se trata solo del pasado. Se trata de quiénes decidimos ser hoy.
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