A 60 años de una histórica reconciliación

La relación que ha tenido la iglesia católica y las comunidades judías por mucho tiempo, fue una relación de hostilidad.

Pues desde los primeros siglos de nuestra era, padres de la Iglesia como San Agustín en su tratado contra los judíos, ya comenzaban a culparlos de la crucifixión de Jesús.

En aquel tiempo, en el que la iglesia católica se estaba apenas consolidando, autoridades religiosas como San Justino, San Hipólito, San Gregorio de Nisa o San Jerónimo señalaron a los judíos como los asesinos de Dios, pues culpar al imperio romano que todavía estaba en el poder podía representar la pena de muerte. En cambio, culpar a los judíos no representaba una amenaza, pues estos eran una minoría que nada podían hacer frente a estas acusaciones.

Con el paso de los años la hostilidad se fue incrementando y los judíos comenzaron a ser culpados de asesinar niños católicos para beber su sangre o de romper las hostias de las iglesias con el objetivo de provocar un daño simbólico al cuerpo de Jesús. Dichos rumores se esparcían con gran rapidez, la gente enfurecía y en diversos reinos y poblados la multitud se lanzaba contra las comunidades judías.

El antisemitismo medieval fundado por la iglesia católica fue letal, pues a lo largo de más de 1,000 años el odio a los judíos se materializó en masacres y expulsiones. Y no fue hasta 1791, cuando las ideas de la modernidad provocaron que los judíos reciban la igualdad legal. Eran los años de la turbulenta Revolución Francesa, y la población judía recibió oficialmente la ciudadanía, sin embargo, esta concesión provenía de un gobierno europeo, la relación con la Iglesia católica todavía se mantenía lejana.

Casi 200 años más tarde, el Concilio Vaticano II publicó una declaración el 28 de octubre de 1965, en la que la Iglesia católica redefinió su relación con las religiones no cristianas, especialmente con el pueblo judío. El documento rechazó de forma explícita la idea de la “culpa colectiva” de los judíos por la muerte de Jesús, condenó el antisemitismo “en cualquier tiempo y lugar” y reconoció la raíz espiritual compartida entre judaísmo y cristianismo. Fue un cambio histórico porque puso fin a casi dos mil años de enseñanzas negativas, abriendo las puertas a un diálogo interreligioso que nunca antes se había dado entre ambos pueblos.

Promulgada por el papa Pablo VI, Nostra Aetate, el documento de la reconciliación, se firmó y publicó en la Ciudad del Vaticano, en la Basílica de San Pedro, y recientemente se cumplieron 60 años de aquella histórica reconciliación, por lo que diversas conmemoraciones se llevaron a cabo.

Aquél apretón de manos ha dado pie a una sana relación entre las comunidades judías y la Iglesia católica, una conexión noble, amigable y sincera, que ha demostrado que mientras haya amor al prójimo, lo de más, es lo de menos.

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Nadia Cattan: