Juliantla, antes Judiantla: hasta las piedras del lugar saben que este pequeño poblado -por centurias resguardado de miradas extrañas- donde tan sólo se llegaba a lomo de mula o de caballo, fue fundado y\o habitado por judíos, “gente que no era de aquí, que llegó con los españoles; de tez blanca, barba cobriza o con pinta de rabinos“.
Los niños del pueblo lo saben y lo repiten, aunque jamás en sus cortas vidas hayan visto en persona a un judío. Sus padres, emparentados entre sí, conforman una gran familia, una comunidad que se intuye diferente: en sus rasgos físicos, en su manera de vivir, de pensar. Ellos a nadie imitan, ellos son imitados por sus vecinos, los otros: los del poblado de arriba, los del poblado de abajo. Eso afirman con orgullo.
Hasta hace poco, pobre de quien se atreviera a pretender a alguna muchacha de Judiantla! Era atacado y ahuyentado, como se ataca y se ahuyenta a la indeseable plaga.
Hasta hace poco los matrimonios eran exclusivamente endogámicos: común y corriente era la unión entre tío y sobrina. O entre primos segundos. Abundan los López, Pineda, Cruz, Bustos, Villalobos, Villa, Luna, Figueroa, Ocampo y Fitz que presumen llevar la misma sangre, la misma estirpe.
En tierras de Juliantla encontramos casas nuevas de reciente factura, y casas viejas, comidas por el polvo y casi polvo. Sorprendentemente, algunas casas muestran sus prístinos, originales y antiguos cimientos.
Y en esta tierra, un limonero y un granado –aquí no se da la higuera– como en las casas de los judíos conversos recién venidos de España o de Portugal: como los asentados en suelo neoleonés‚ sí como los Carbajal tío y sobrino, de tiempos del rey Felipe II. Tan pronto arribaban a tierras nuevas, prendían al suelo limoneros, granados e higueras de oriente: para que en medio de las risas se recordaran los momentos de llanto; para que las familias recién implantadas, fueran numerosas, vivas y unidas como los granos de una granada; para que la sabiduría reinara entre ellos. Y ¿por qué Judiantla -si fue poblada por judíos- sería diferente?
La historia colonial nos habla de españoles, entre ellos, por supuesto hubo neo-cristianos, cristianos nuevos que buscaban asentarse en centros mineros, como Guanajuato, Pachuca y Zacatecas. Por razones obvias de carácter económico y religioso. Taxco no fue la excepción: ahí nació y creció Juan Ruíz de Alarcón, cuyo abuelo paterno, dedicado a la extracción de la plata, era supuestamente de origen judío.
Los habitantes de Judiantla ignoran los ritos y costumbres de sus posibles ancestros. A ellos nada les dice el seco limonar y el granado y la ausencia de la higuera. Su memoria no se encuentra animada por cuentos, historias y leyendas que podrían ligarlos a los judíos de quienes afirman proceder.
Nada les dice el montículo en forma de bóveda, señalado con una cruz y que conduce, de manera subterránea, a una especie de alberca, a la que se baja por siete escaños, donde las bestias se acercan a beber, agua encharcada, casi un muladar.
Sin embargo, como en todo, hay una excepción a la regla. Entre los lugareños de Judiantla, sobresale Héctor Villa. Constante lector de asuntos bíblicos, “de la historia de los judíos, pueblo de D-ios“, encontró en las páginas de un libro ilustrado, la posible identidad del extraño montículo abovedado. Para él, no es más que una Mikve o baño ritual, como los utilizados por los judíos en la tierra de Israel.
Asombrado por el posible peso de su hallazgo, llamó a Jane, su amiga irlandesa, conocedora del judaísmo vivo, quien durante su estancia en Canadá había tenido contacto con judíos de carne y hueso. Héctor también ha hecho partícipe de su teoría a Estela Corona Cantú quien, tras analizar la alberca, la posible Mikve, creyó divisar la silueta semi- borrada de una estrella de David.
Al parecer, ahora hasta el Presidente Municipal lo sabe y algunos curiosos que llegan a mirar.
Héctor Villa, quien se siente parte de la rama de Abraham, está resuelto a buscar más evidencias; tener acceso a viejos documentos, a lo mejor en la municipalidad que pertenece a Comixtla, el asentamiento más antiguo de Taxco. También piensa entrevistarse con los mayores con el fin de investigar las raíces del pueblo. Y por consiguiente, las suyas.
En su mente, habitada por recuerdos de su niñez, aparecen escenas que podrían vincularse al judaísmo, del que nada queda. A excepción, quizá de la Mikve, llamada, por algunos, sinagoga.
Héctor recuerda entre brumas el pan que su madre rallaba con un tenedor (¿pan ázimo?); las velas flotando en aceite (¿por las almas que han pasado a mejor vida?); los trastes especiales para hervir la leche y para cocinar la carne (¿vestigios de la dietética ritual judía?). Nada tenemos aún en claro. Tan sólo suposiciones que, al ser verificadas, vendrían a enriquecer la historia de México, así como la historia de los judíos en suelo americano.
Lo que sí nos llama la atención es el cambio de nombre de Judiantla a Juliantla. ¿Será éste un cambio accidental, efecto del uso? ¿Será éste un cambio impuesto por alguien, o por los judiantleses? ¿Será más propio llamar al lugar Juliantla y no Judiantla para evitar – aunque nadie lo niegue de manera consciente- seguir vinculados al judío con fama demoníaca o sospechosa?
Esto también se encuentra, hasta este momento, en el ámbito de la hipótesis.
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