Es casi imposible resumir la riqueza de las ideas de una pensadora audaz, inteligente e inquieta como Hanna Arendt en tan breve espacio. Aquí nos contentaremos con presentar una síntesis sumamente apretada de las mismas tomando como referencia una serie de obras de la autora: Responsabilidad y juicio; Eichmann y el Holocausto; Rahel Varnhagen, The Life of a Jewish Woman; Los Orígenes del Totalitarismo y Eichmann en Jerusalén. Un estudio sobre la banalidad del mal. Intentaremos en posteriores escritores profundizar más y mejor las apreciaciones de Arendt.
Ante todo es necesario destacar que presenta su hipótesis de trabajo resaltando que la cuestión judía es política. Es decir sitúa la consolidación del antisemitismo (al menos el contemporáneo) en torno a los siglos XVII y XVIII. Y esto político se centraliza en torno al surgimiento del Estado-Nación en la Modernidad.
De esta manera sugiere que la consolidación del Estado-Nación fue inseparable de la entrega de capitales por parte de una población judía que a cambio esperaba obtener derechos e igualdades de ciudadanía.
Pero, indica la autora, esta aspiración nunca se cumplió totalmente, pues de una u otra manera, los judíos de cualquier manera jamás perdieron el lugar tradicional de chivos expiatorios. De esta manera surgieron una serie de posiciones sociales del judío que se tornaron ambiguas y contradictorias entre sí: ciudadano necesitado, ciudadano tolerado, ciudadano desechable, chivo expiatorio, sujeto demoníaco.
En esta disparidad de posiciones sociales aparece por primera vez el fenómeno asimilatorio, que Arendt sitúa como una necesidad de los judíos (o al menos una parte de los mismos) de integración y de reconocimiento de lo “Humano” por parte de lo social, teniendo en cuenta que que hasta ese momento se consideraba que el judaísmo nada tenía que ver con la “realidad” social, ideológica y cultural de Europa.
Como destaca la autora, el punto central del programa asimilacionista no era tanto en un principio “abjurar” del judaísmo, sino más bien la obsesión por ser parte integral de categorías que eran imperativas para la época, como Ciudadanía, Humanidad, Racionalidad.
Por supuesto, sabemos que tal aspiración fracasó y la tentativa de hacer “desaparecer” el antisemitismo solo logró su resurgimiento imparable a partir del siglo XX.
De esta manera hemos pasado del judío asimilado al judío “renegado”, lleno de reproches y odio hacia el judaísmo, cuando en realidad estos odios y resentimientos se dirigen a una Humanidad que finalmente decidió que hagan lo que hagan los judíos, JAMÁS dejarán de ser judíos.
Arendt, sin duda, ayuda a abordar de una manera más compleja el antisemitismo. Lamentablemente, le cuesta incorporar factores emocionales que permitirían ahondar mejor en la psicología del antisemita. Y en este punto el aporte de Sartre al respecto sigue siendo superior.
Por otra parte, parece difícil no tener en cuenta las líneas de continuidad entre el antisemitismo medioeval con el antisemitismo moderno, o a lo sumo, tener en cuenta sus retroalimentaciones.
Finalmente, Arendt sugiere el término “advenedizo” para situar la posición social del judaísmo en el Mundo. El término es por supuesto compartible. Pero sugeriría más bien la noción de: “pueblo-objeto-enquistado”, para tratar de entender al judaísmo como una fantasmática privilegiada del mundo occidental (que nada tiene que ver con el judaísmo en sí) en el que se depositan masivamente aspectos psicóticos, persecutorios, terroríficos y llenos de odio y castigo de un Mundo que por otro lado se pretende racional, sensato, moderado y conducido por el sentido común.
En tanto esto no se resuelva (lo que insisto, poco o nada tiene que ver con los judíos mismos) el antisemitismo tiene la categoría de inextinguible. Y lo que vemos de este siglo es que el antisemitismo, se haga lo que se haga, no cambiará.
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