Hace unos pocos días salió publicada una interesante entrevista que el diario La Nación (de Argentina) le hace a la escritora argentina judía Ariana Harwicz radicada en Francia, la que expresa toda una serie de opiniones con la que no es posible dejar de estar de acuerdo.
La misma indica cómo los intelectuales han renunciado a ejercer su juicio crítico y se han vuelto cómplices (entusiasmadamente cómplices, habría que añadir) de aberraciones como el antisemitismo, otorgando al mismo una legitimidad impensable décadas atrás.
Estos intelectuales tienen miedo a las represalias (muy reales) que se ejerce sobre aquellos que no reproducen una y otra vez la frágil mediocridad de lo políticamente correcto, que vulgariza al pensamiento en términos de disciplinamiento y absolutismo (“la sumisión de la intelectualidad a la disciplina de las ideas preconcebidas y partidistas”).
Harwicz también señala la doble moral de ese feminismo aguerrido en defender los derechos de las mujeres europeas y latinoamericanas pero que “no defienden a las mujeres israelíes que fueron violadas el 7 de octubre de 2023 o cuando no dicen nada sobre la matanza indiscriminada de mujeres iraníes o afganas”. De esta manera: “Muchos intelectuales que se tildan de feministas no han hecho más que abandonar a la mujer en pos de ideologías totalitarias que las denigran”.
La autora se pregunta entonces dónde está hoy en día ese Zolá del “Yo acuso”, que denunciaba con valentía ejemplar la argucia perversa del antisemitismo, pues “quién tiene el coraje de hacer el gesto de Zola hoy?” .
La respuesta es simple y prosaica: Nadie. Absolutamente nadie.
Los judíos están solos y deben asumir con sentido de supervivencia esa soledad óntica radical a la que el Mundo los ha expulsado…
Por otra parte Harwicz menciona a una intelectual en particular, Judith Butler, filósofa judeo-norteamericana que niega que el 7 de Octubre de 2023 se haya violado y abusado a mujeres israelíes. De esta manera:
“Dice que no sabe si fueron violadas cuando hay estudios exhaustivos de organismos de derechos humanos en todo el mundo que han comprobado esas violaciones”.
La mención es importante porque nos lleva a explorar tres factores más, que junto con la cobardía vulgar y totalitaria del intelectual, nos permiten entender la irradiación cancerígena de la judeofobia en este Siglo XXI.
Por un lado si los intelectuales son vulgares en sus actos y pensamientos, esto corresponde a un hecho más general que refiere a la “estultofilia” de nuestra cultura: todo es vulgar, todo es mediocre, se festeja con esplendor lo mediocre y lo vulgar y el patrón intelectual de nuestro tiempo es Tik-Tok, Netflix y los Avengers.
Por otro lado tenemos el lamentable fenómeno de los judíos renegados. Judith Butler en su repugnante hipocresía no es la única, lamentablemente. Asistimos a la emergencia de una nueva clase de judíos. Una generación que se ha terminado por identificar con el agresor y son aún más antisemitas que los propios antisemitas.
Ahí los tenemos en Facebook, en la Universidad, en los partidos políticos, entre los “artistas”: despotricando con los ojos llenos de ira contra el “imperialismo” y la “maldad” sionista que arrastra, somete y “asesina” al pobre pueblo palestino, ángel de luz y bondad.
Para estos judíos renegados no hay duda (es decir: nunca dudan): el judaísmo tiene las manos manchadas de sangre y merece el peor de los castigos sin piedad ni conmiseración alguna (lo que es muy acorde con una época donde la conmiseración, la piedad, la bondad y la solidaridad son atacadas y denigradas sistemáticamente).
El propósito de estas almas atormentadas es claro: si acaso desapareciera el Judaísmo (e Israel), ya no habría recordatorio alguno de sus orígenes y así pues lograrían ser parte íntegra e inmaculada de la Humanidad…
Por último señalemos otro factor fundamental: todos estos antisemitas no se reconocen como tales. En este sentido, los nazis del siglo XX eran mucho más honestos (y qué horror es decirlo…) que estos nazis del siglo XXI. Esto refiere a una patología social esencial que consiste en mantener y reproducir un antisemitismo judeo-fóbico siempre–actuado-pero-nunca-reconocido.
Esta Völkermord-Spaltung permite que los antisemitas afirmen totalmente convencidos que ellos no son antisemitas, a los totalitarios que ellos no son totalitarios, a los violentos que ellos no son violentos, a los sádicos que ellos no son ni sádicos ni intransigentes.
De allí el título aquí presentado: el antisemitismo es un crimen, pero, ¿a quién importa? O mejor aún: ¿quién lo reconoce como tal?
Perverso juego de malentendidos donde la verdad se escurre hacia rincones incognoscibles y donde la diferencia entre lo justo y lo injusto, lo perverso y lo ético, se diluye en esa configuración “armagedónica” que no deja de expandirse: la post-banalidad del mal.
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