La entrevista a David y Julius Haas fue realizada por Enlace Judío en el Colegio Olamí- ORT, en el marco del acto anual de conmemoración del Holocausto.
En un contexto de resurgimiento del antisemitismo y de violencia contra civiles judíos, la historia de Tommy —el niño que sobrevivió al campo-gueto de Terezín— resuena hoy con una fuerza inquietantemente actual. Su testimonio, transmitido a través de su hijo, David Haas, y su nieto, Julius Haas, no solo reconstruye una tragedia familiar atravesada por la Shoá, sino que reivindica el poder del arte como un acto radical de resistencia moral.
En el campo-gueto de Terezín, donde el hambre era cotidiana y el terror se ejercía mediante castigos, torturas, perros de vigilancia del campo y la amenaza constante de deportación a Auschwitz, Bedřich Fritta, artista y diseñador gráfico judío, enfrentó una decisión imposible: cómo ser padre en el corazón del infierno.
Allí, en un entorno diseñado para anular toda humanidad, su hijo Tommy cumplió tres años. El regalo que Fritta eligió para él no fue comida —escasa— ni promesas de un futuro incierto. Fue un libro de dibujos. Un gesto tan frágil como radical.
La pregunta surge de inmediato: ¿qué podía contener un libro creado en un campo de concentración? ¿Un reflejo del horror que los rodeaba? Para nada.
El libro que Bedřich Fritta dibujó para su hijo no reproduce el infierno: lo desafía. Sus páginas están llenas de color, humor, ironía y ternura. No hay escenas explícitas de sufrimiento. Hay escenas cotidianas llenas de vida, mercados abundantes, personajes, advertencias morales y guiños a la humanidad.
Es un mensaje de resiliencia, amor y dignidad, concebido para sobrevivir a la barbarie.
Un libro nacido en el infierno
Bedřich Fritta formaba parte de un grupo de artistas obligados por los nazis a producir propaganda en Terezín: escenas idealizadas de una supuesta vida judía feliz, destinadas a engañar a la Cruz Roja y a la opinión pública internacional. Pero, en secreto, esos mismos artistas documentaban la verdad del campo.
Por las noches, dibujaban escenas reales del hambre, la humillación y la muerte, y las sacaban clandestinamente del gueto, conscientes de que ese acto podía costarles la vida. En ese mismo filo nació el libro de Tommy. Mientras el régimen exigía mentira, Fritta eligió dejarle a su hijo una brújula ética. Dibujó no solo para entretenerlo, sino para decirle —sin palabras— que la imaginación, el bien y la humanidad podían resistir incluso allí.
Ese gesto fue considerado tan peligroso como las obras clandestinas.
Cuando las autoridades nazis descubrieron parte del material prohibido, los artistas fueron arrestados, brutalmente interrogados y deportados a Auschwitz. Bedřich Fritta murió allí, en presencia de su amigo y compañero de resistencia, Leo Haas.
Antes de morir, le dejó a Leo una instrucción clara: “Si sobrevives, encuentra a mi hijo y encárgate de él”. Además, le confió la misión de preservar aquellas obras y darlas a conocer fuera del campo.
Sobrevivir para contar
Leo Haas sobrevivió. Cumpliendo la promesa de Fritta, encontró a Tommy —quien había quedado huérfano tras la muerte de su padre— y lo adoptó. Además, recuperó las obras que habían sido enterradas para protegerlas y las preservó como testimonio.
El niño que había conocido el encierro y el terror en el campo-gueto de Terezín creció marcado por el trauma, pero también por una herencia silenciosa. Quienes lo conocieron coinciden en algo sorprendente: Tommy fue un hombre luminoso, irónico y profundamente humano.
“Era intocable”, recuerda su hijo. “Tenía humor incluso frente al horror. Odiaba la guerra. Amaba la vida.”
El libro no fue solo un recuerdo de su padre: fue una guía de vida.
El 7 de octubre y la herida abierta
La entrevista adquiere un peso particular al conectarse con el presente. Julius, quien reside en Berlín, describe un cambio radical tras el 7 de octubre: agresiones, ataques a espacios judíos, vandalización de memoriales y un miedo real a portar símbolos judíos en público. David, su padre, confirma:
“Creímos que después de la Shoá habíamos pagado el precio para vivir en paz. Pero el antisemitismo no desapareció. Volvió. El 7 de octubre fue otro pogromo.”
Este testimonio evidencia que la violencia y el odio pueden resurgir, y la vigilancia, la educación y la transmisión de la historia son esenciales para que gestos de humanidad, resistencia y amor, como los de Bedřich Fritta y Leo Haas, sigan inspirando a las nuevas generaciones.
Una lección para nuestro tiempo
Hoy, el libro que Bedřich Fritta creó para su hijo se conserva en el Museo Judío de Berlín y se utiliza como herramienta educativa. Su fuerza radica en que no paraliza con el horror: primero entra por la belleza y la ternura. Solo después revela el contexto, y entonces, golpea más hondo.
“El mensaje es claro”, concluyen los entrevistados. “Pueden destruirnos físicamente, pero no espiritualmente. No pueden destruir lo que somos.”
La entrevista a David y Julius Haas, además de reconstruir una memoria familiar marcada por el dolor del genocidio, nos recuerda algo esencial: incluso cuando todo parece diseñado para destruir, existen gestos —un libro, un dibujo, un acto de amor— capaces de vencer al tiempo, a la muerte y al odio. Es, a la vez, una advertencia y una lección para el presente: pueden destruir cuerpos, pero nunca aquello que se transmite con amor.
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