Con una ceremonia profundamente emotiva, el Colegio Olamí- ORT conmemoró el Día Internacional en Memoria de las Víctimas del Holocausto, recordando no sólo el horror de la Shoá, sino también la resistencia espiritual, la dignidad humana y el poder del arte como forma de vida frente a la barbarie.
El acto reunió a estudiantes, docentes, directivos, representantes comunitarios y del cuerpo diplomático, en una jornada marcada por la reflexión, la memoria y el compromiso ético con el presente. En nombre de la institución, se dio la bienvenida a los colegios invitados, a los miembros del Patronato encabezados por su presidente, el licenciado Edgardo Slovik, así como a representantes de universidades e instituciones educativas comunitarias. Se agradeció de manera especial el respaldo de la Fundación Olamí y de la Embajada de Israel, cuyo apoyo hizo posible el evento.
La conmemoración recordó que hace 81 años fue liberado el campo de exterminio de Auschwitz-Birkenau, un acontecimiento que puso fin al cautiverio de algunos sobrevivientes, pero que dejó a la humanidad entera una responsabilidad indeclinable de recordar, reflexionar y no ser indiferentes.
Desde el inicio, el mensaje central fue que el Holocausto no es sólo una historia de muerte, sino también de resistencia humana. En ese marco, el arte ocupó un lugar central como forma de oposición al intento sistemático de deshumanización. Dibujar, cantar, crear e imaginar un mundo distinto para los hijos y los seres queridos fue, para muchos prisioneros, un acto de amor y una afirmación radical de humanidad.
La memoria como responsabilidad viva
Durante la ceremonia, la embajadora de Israel en México, Einat Kranz Neiger, dirigió un mensaje contundente sobre el sentido vivo de la memoria. Subrayó que recordar la Shoá no es un ejercicio meramente histórico, sino una responsabilidad moral presente, especialmente en un contexto global atravesado por la polarización, la desinformación y el resurgimiento alarmante del antisemitismo.
“Recordar el Holocausto es mirar de frente hasta dónde puede llegar una sociedad cuando el odio se normaliza y la indiferencia sustituye a la empatía”, afirmó.
Advirtió que la violencia no comienza con los campos de exterminio, sino con palabras, estigmatización y exclusión, mecanismos que hoy siguen siendo peligrosamente reconocibles. Combatir el antisemitismo —enfatizó— no es sólo proteger a una comunidad, sino defender los valores fundamentales de la dignidad humana y la convivencia democrática.
La embajadora se dirigió de manera especial a los estudiantes, a quienes definió como “guardianes del futuro”, recordándoles que cada gesto de empatía y cada acto de valentía moral contribuyen a construir la sociedad del mañana. En el mismo sentido, destacó el papel insustituible de la educación para prevenir el odio y formar ciudadanos críticos y responsables.
El mensaje fue compartido y contundente: el espíritu humano no puede ser derrotado, aun cuando se intente destruir lo físico.
Tommy Haas y el arte como acto de amor
La ceremonia estuvo dedicada de manera especial a la historia de Tommy Haas, sobreviviente del Holocausto, y de su padre, Bedřich Fritta, artista praguense deportado al gueto de Terezín. Allí, Fritta utilizó el dibujo no sólo como expresión artística, sino como un acto de amor y protección hacia su hijo, y como una forma de resistencia frente a la maquinaria propagandística nazi.
El Colegio Olamí tuvo el honor de recibir a David Haas y Julius Haas, hijo y nieto de Tommy, quienes viajaron desde lejos para compartir esta historia familiar. A través de una entrevista realizada por docentes de la institución, relataron cómo Bedřich Fritta, junto con otros artistas prisioneros, arriesgó su vida para documentar en secreto la verdadera realidad de Terezín: el hambre, la muerte y la deshumanización, en contraste con las imágenes idealizadas que el régimen nazi difundía al mundo.
“Los nazis querían mostrar que la gente reía, cantaba, bailaba y hacía teatro todo el día. Pero de pronto aparecieron dibujos que mostraban fosas comunes, hambre y muerte. Eso fue imperdonable para ellos”, relataron.
Tras la Conferencia de Wannsee, explicaron, Adolf Eichmann acudió personalmente a Terezín para interrogar a los artistas responsables de esas obras clandestinas. La mayoría fue enviada a la pequeña fortaleza o asesinada. “Sólo sobrevivieron un niño pequeño —mi padre— y Leo Haas”, señalaron.
Considerado uno de los principales “provocadores políticos”, Bedřich Fritta fue deportado a con la orden explícita de que su regreso no era deseado.
“Mi abuelo llegó a Auschwitz ya medio muerto, tras las torturas, el hambre y el trabajo forzado. Murió en brazos de su mejor amigo, Leo Haas. Para nosotros, hay algo profundamente humano en eso: no murió tratado como un insecto, sino en los brazos de alguien que lo amaba”, compartieron.
Antes de morir, Fritta hizo una última petición: que Leo sobreviviera, rescatara a su hijo Tommy y protegiera los dibujos. Leo Haas cumplió esa promesa. Tras la guerra, regresó, encontró a Tommy y salvó tanto al niño como a las obras, hoy consideradas un testimonio histórico irrefutable.
Infancia en el infierno
El testimonio incluyó pasajes estremecedores de la infancia de Tommy en Terezín. David y Julius Haas relataron la figura de Pinkja, comandante del gueto, descrito como un asesino brutal y sádico, ejecutado tras la guerra.
“Pinkja hacía juegos extraños con mi padre. Después de matar a alguien, lo llamaba para jugar. Enviaba a su perro pastor a ‘jugar’ con él. Mi padre quedó traumatizado con los perros para toda la vida”, recordaron.
A pesar de todo, Tommy fue protegido por prisioneros y por algunos guardianes checos, quienes le llevaban comida a escondidas. Tras la deportación a Auschwitz, Leo y Erna Haas se convirtieron en sus padres sustitutos, cumpliendo la promesa hecha a su amigo moribundo.
Un libro contra el exterminio
Uno de los legados más poderosos de esta historia es el álbum ilustrado que Bedřich Fritta creó para el tercer cumpleaños de su hijo, un libro que muestra un mundo bello, libre y lleno de juegos, el mundo que el nazismo intentó arrebatarle.
“El libro es la prueba de que mi abuelo no fue quebrado”, afirmó Julius Haas. “Pudieron destruirnos físicamente, pero no mentalmente. Este libro es una guía para seguir luchando contra el mal”.
Las ilustraciones fueron enterradas en una caja de metal para salvarlas de los nazis. Décadas después, sobrevivieron guerras, exilios y pérdidas, hasta regresar a manos de la familia. Hoy, ese libro no sólo conecta a un padre con su hijo, sino a generaciones enteras con la memoria viva del Holocausto.
Educar desde la emoción
Al cierre, Julius Haas subrayó la importancia de enseñar la Shoá desde una perspectiva humana y emocional, especialmente frente al resurgimiento del antisemitismo.
“En la escuela aprendí datos, fechas y cifras, pero faltaba conexión emocional. Historias como la de Tommy permiten enseñar a niños y jóvenes sin necesidad de mostrar imágenes brutales, y aun así comprender la magnitud del horror”, explicó.
La ceremonia concluyó reafirmando que el recuerdo de las víctimas del Holocausto es un homenaje al pasado, pero también una promesa hacia el futuro que implica no normalizar el odio, no guardar silencio frente a la injusticia y defender la vida, la dignidad y la esperanza.
Porque “Nunca más” no es una consigna vacía, es una responsabilidad compartida.
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