CLOSURE
Este lunes pasado estábamos a bordo de un vuelo de El Al rumbo a Milán, Italia, desde donde debíamos tomar un vuelo de regreso a Nueva York. Nuestro vuelo directo de Delta desde Tel Aviv había sido cancelado. El avión acababa de despegar del aeropuerto Ben Gurión y, por unos minutos más, todavía era posible recibir mensajes de WhatsApp. Justo antes de que se desconectara internet, mi esposa Coty recibió un extraordinario mensaje: BREAKING NEWS. El cuerpo del último soldado israelí que permanecía retenido deliberadamente en Gaza, Ran Gvili, había sido recuperado y sería enterrado con todos los honores que se le deben a un héroe nacional.
Cuando escuché el mensaje, me quebré y lloré de emoción. Mi esposa se lo mostró a una azafata, quien de inmediato informó al piloto. Segundos después, el comandante lo anunció por el altoparlante del avión: lo que siguió fue un estallido de alegría, orgullo y agradecimiento a Dios. La pesadilla de los “rehenes secuestrados” había terminado. El cuerpo del último judío en manos de Hamás había sido rescatado por el ejército de Israel.
¿QUIÉN ERA RAN GVILI?
Ran Gvili era oficial de la Policía de Israel. Vivía en Mevaseret Zion, cerca de Jerusalem. La mañana del 7 de octubre de 2023, al enterarse del ataque masivo de Hamás, acudió voluntariamente al sur del país. Lo hizo porque entendió —como tantos otros ese día— que Hamás estaba masacrando a civiles judíos indefensos y que se necesitaba protección inmediata.
Por razones que aún deben ser investigadas, mientras los terroristas mataban, robaban y violaban, ninguna unidad militar oficial respondió. En ese vacío inicial, cientos de civiles con entrenamiento militar llegaron por sus propios medios a la zona de combate, sin haber sido convocados, dispuestos a arriesgar sus vidas para salvar a otros. Muchos de ellos murieron. Según los expertos, esa reacción espontánea evitó que la tragedia hubiese sido aún mayor.
Ran fue uno de esos héroes que dio su vida por los demás y evitó una masacre aún más grande. Su cuerpo fue secuestrado por Hamás. Cuando el lunes finalmente regresó a Israel, el primer ministro Benjamín Netanyahu pronunció una frase tan precisa como dolorosa:
“Ran fue el primero en llegar y el último en regresar.”
¿CÓMO FUE LA OPERACIÓN DE RESCATE?
La operación para recuperar el cuerpo de Ran fue extremadamente compleja. En primer lugar, no fue “devuelto” por Hamás, como ocurrió con casi todos los demás rehenes. Se trató de una operación de rescate, en zona de combate activo.
Más de 700 soldados israelíes, con tanques, tractores y equipo especial, ingresaron varios kilómetros dentro de Gaza, en una zona altamente peligrosa, expuestos a riesgos constantes: túneles, explosivos, emboscadas y enfrentamientos.
La misión consistió en exhumar una enorme fosa común mediante maquinaria pesada. Unos 350 cuerpos fueron desenterrados y examinados durante la noche entre el domingo y el lunes en un laboratorio militar de campaña establecido especialmente para este fin. Un equipo especializado de 30 médicos y odontólogos forenses trabajó durante horas hasta lograr la identificación inicial.
Luego, el cuerpo fue trasladado a Israel para la confirmación final por ADN. Recién entonces se informó a la familia y, posteriormente, a la nación. Misión cumplida. Después de más de dos años, Ran está en casa.
EL EXCEPCIONALISMO DE ISRAEL
Nunca se había realizado una operación semejante en la historia militar. Jamás un ejército invirtió tantos recursos, esfuerzo y riesgo, ni siquiera para rescatar a un soldado vivo de zona enemiga. Y mucho menos para recuperar el cuerpo sin vida de un compatriota.
Recuperar el cuerpo de Ran no significó solamente concederle a su familia un cierre a una angustia y a un duelo interminables. El “rescate de Ran” fue un evento nacional. Cumplir con la promesa asumida por el Ejército de Israel de no dejar atrás a ningún Yehudí, vivo o muerto. El impacto es moralmente enorme: profundamente positivo para Israel y devastador para Hamás.
Me explico. Hace varios meses —o incluso un año, cuando Donald Trump comenzaba su campaña presidencial y todavía quedaban unos 20 rehenes israelíes vivos y otros 20 sin vida— el primer ministro de Israel, Benjamín Netanyahu, repetía una y otra vez que:
“uno de los objetivos de la guerra era la recuperación de TODOS los rehenes israelíes en manos de Hamás, vivos y muertos”.
Lo que más me perturbaba era que Netanyahu dijera “TODOS”. Yo no le creí. Me pareció imposible. Utópico.
¿De dónde venía mi escepticismo? En primer lugar, del caos y la incertidumbre que reinaban en ese momento. Nadie podía visualizar de qué manera los rehenes podían ser liberados.
Porque para los terroristas islamistas de Hamás, los soldados israelíes —vivos o muertos— son fichas de negociación para liberar terroristas y, al mismo tiempo, “trofeos de guerra” y símbolos de una imaginaria “victoria”.
Si Israel recupera a todos sus rehenes, Hamás se queda sin sus trofeos y, de manera profundamente simbólica, admite la derrota.
El cuerpo de Ran Gvili era el último símbolo de su triunfo autoatribuido. El símbolo de la supuesta derrota de Israel. En su lógica diabólica, retener aunque fuera un solo cuerpo judío indicaba que Netanyahu no se había salido con la suya.
Es la misma lógica que se repite cuando Hamás (o Hezbolá) acepta un cese al fuego y, llegado el momento, lanza un cohete minutos después de la hora señalada, como para declarar victoria: “Aquí mandamos nosotros.”
Por esa razón, Hamás deliberadamente no devolvía el último cuerpo. Lo ocultó en una fosa común junto a cientos de cadáveres palestinos. Nunca imaginó que Israel monitorearía el cuerpo de Ran con radares y llevaría a cabo una operación militar de tal magnitud para rescatar su cuerpo y devolverlo a Israel para su entierro.
¿Quién hace eso?
Solo el pueblo judío.
¿Y por qué?
RAN GVILI Y YOSEF HATSADIK
En la parashá de esta semana leemos el precedente histórico de lo ocurrido con Ran. Al salir de Egipto, Moshé se ocupó de rescatar los restos del cuerpo de Yosef, cumpliendo un compromiso nacional: no dejar su cuerpo sin vida en Egipto.
Según el Midrash, tras la muerte de Yosef y el ascenso de un nuevo faraón que “no reconocía a Yosef”, su cuerpo fue introducido en un cajón metálico y arrojado deliberadamente al fondo del Nilo, como un acto de desprecio, con el objetivo de borrar su memoria y dificultar la salida de los judíos de Egipto, quienes habían asumido el compromiso de llevar sus restos a Kever Israel, un cementerio judío, mediante una ceremonia judía (levayá).
Con asistencia divina y gracias a la información transmitida por Seraj bat Asher —quien durante años monitoreó el destino del cuerpo de Yosef—, Moshé logró rescatarlo. La operación se llevó a cabo en una zona hostil, inestable y peligrosa.
El entierro de Yosef, relatado en los últimos versículos del libro de Yehoshúa, no fue inmediato. El pueblo judío cargó con sus restos durante cuarenta años en el desierto y durante los años que duró la conquista militar de la Tierra Prometida. Recién cuando la tierra estuvo efectivamente conquistada y dividida entre las tribus, Yosef fue enterrado en Shejem, marcando la finalización de la conquista de la Tierra Prometida y el triunfo frente a los cananeos.
En el entierro de Yosef —al igual que en el de Ran, en la ciudad de Meitar— participaron miles de judíos.
El entierro de Ran constituyó un acto de cierre de la pesadilla de los rehenes del 7 de octubre, expresando que Israel venció a sus enemigos y no permitió que quedara en manos del adversario ningún judío como trofeo de guerra.
Yosef HaTsadik y Ran Gvili fueron rescatados para cumplir un compromiso nacional con nuestros héroes, vivos o muertos.
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