Las recientes afirmaciones del comunicador estadounidense Tucker Carlson contra Israel y el pueblo judío no constituyen episodios aislados ni meras polémicas mediáticas. Forman parte de un fenómeno más amplio y profundamente inquietante: la utilización sistemática de la desinformación como herramienta de demonización política y cultural del Estado judío.
La falsa acusación según la cual el presidente de Israel, Isaac Herzog, había visitado la isla de Jeffrey Epstein —posteriormente desmentida incluso por quienes la difundieron, reconociendo haber replicado contenido generado por inteligencia artificial sin verificación— expone con crudeza el nivel de irresponsabilidad informativa que domina amplios sectores del ecosistema mediático contemporáneo. No se trató simplemente de un error periodístico, sino de la reproducción acrítica de una narrativa diseñada para erosionar la legitimidad moral de Israel.
Del mismo modo, Carlson afirmó haber sido “detenido” en el aeropuerto Ben Gurion, versión rápidamente refutada por autoridades israelíes y por la propia embajada estadounidense, que confirmó que el episodio no fue más que un procedimiento rutinario aplicado a miles de viajeros. Sin embargo, aún desmentida, la falsedad continuó circulando en redes sociales, consolidando la imagen ficticia de Israel como un Estado represivo y hostil.
Este mecanismo no es nuevo. Desde hace décadas, Israel no sólo debe defenderse de amenazas militares sino también de una persistente guerra de narrativas destinada a invertir los roles entre agresor y víctima. La difusión de acusaciones falsas sobre el supuesto maltrato a cristianos en Israel —cuando precisamente es el único país de Medio Oriente donde la población cristiana crece y goza de plena libertad religiosa— constituye otro ejemplo de esa distorsión deliberada.
Más preocupante aún resulta la reiteración de antiguos estereotipos antisemitas reciclados bajo lenguaje político contemporáneo. Las insinuaciones acerca de un supuesto control judío sobre Estados Unidos o la presentación de los judíos como manipuladores de la política occidental reproducen, con terminología moderna, conspiraciones que remiten directamente a libelos históricos como Los Protocolos de los Sabios de Sion, aún hoy difundidos como verdades en numerosos países.
La estrategia es conocida: repetir la mentira hasta convertirla en percepción colectiva. Durante siglos se acusó a los judíos de provocar pestes, conspirar contra las naciones o asesinar niños para rituales religiosos —el infame libelo de sangre que todavía circula en ciertos ámbitos donde se afirma absurdamente que la matzá judía se elabora con sangre infantil—. Hoy esas falsedades adoptan nuevas formas mediáticas amplificadas por redes sociales capaces de alcanzar millones de personas en segundos.
No menos grave es la legitimación indirecta del antisemitismo mediante la concesión de amplias plataformas a negacionistas del Holocausto, extremistas o propagandistas del islamismo radical bajo el pretexto de “hacer preguntas”. Presentar el odio como debate intelectual no constituye periodismo ni búsqueda de la verdad: equivale a normalizar la difamación.
Israel libra así una batalla simultánea en múltiples frentes. Mientras enfrenta organizaciones terroristas que buscan su destrucción física, debe también confrontar una campaña global orientada a erosionar su legitimidad moral y política. Tal como advirtiera Shimon Peres, las guerras del siglo XXI ya no se combaten únicamente con ejércitos, sino también con información, economía y propaganda.
En el siglo XXI, la ofensiva contra Israel no se limita al campo de batalla. Se despliega en redacciones, universidades y plataformas digitales donde la mentira sistemática intenta convertir al agredido en culpable y al terrorismo en causa justificable. La historia enseña que cuando la difamación contra los judíos se vuelve aceptable, la violencia suele seguirle inevitablemente. Defender la verdad frente a esa maquinaria de falsificación ya no es sólo un acto de esclarecimiento intelectual: es una necesidad moral impostergable.
Por: Rubén Kaplan
Periodista y escritor.
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