La renuncia de Joe Kent como responsable de la política antiterrorista en la administración Trump no es un episodio menor dentro de las tensiones internas de Washington. Es la expresión de un fenómeno más inquietante: la reaparición del antisemitismo en clave geopolítica, ahora dirigido contra el Estado de Israel.
Kent justificó su dimisión afirmando que la confrontación con Irán no respondía a intereses estratégicos estadounidenses, sino a presiones israelíes y al poder de su lobby. No se trata de una tesis novedosa. Es la reformulación contemporánea de un argumento histórico persistente: la idea de que los judíos, o ahora Israel, manipulan a las grandes potencias para provocar guerras.
Este discurso ha ganado terreno en sectores influyentes del conservadurismo norteamericano. Tucker Carlson, uno de los comentaristas políticos más influyentes de la derecha mediática estadounidense y referente del aislacionismo contemporáneo, ha convertido esta narrativa en eje de su discurso, presentando a Israel como factor de arrastre hacia conflictos innecesarios. Candace Owens, activista y comentarista política vinculada a los sectores más radicales del populismo conservador, ha formulado críticas aún más directas, reproduciendo bajo formas actuales viejos estereotipos antijudíos. En el plano político institucional, figuras como el senador J.D. Vance han expresado posiciones que reflejan una creciente tendencia dentro del trumpismo a cuestionar el compromiso estratégico de Estados Unidos con la seguridad israelí.
Lo verdaderamente significativo es la convergencia que se produce entre discursos ideológicos aparentemente opuestos. Parte de la izquierda radical continúa interpretando a Israel como instrumento del imperialismo occidental, mientras una nueva derecha nacionalista lo describe como agente de desestabilización global. El resultado es una coincidencia funcional: Israel vuelve a convertirse en chivo expiatorio.
La acusación de que Washington habría actuado contra Irán bajo presión del Estado judío, ignora deliberadamente la naturaleza del desafío estratégico que representa Teherán. Su expansión regional, su red de milicias terroristas y su programa nuclear constituyen factores objetivos de inestabilidad internacional. Reducir esa realidad a una supuesta manipulación israelí implica sustituir el análisis por la consigna.
Lo que emerge no es un debate legítimo sobre política exterior, sino la persistencia de un patrón discursivo conocido. Durante siglos, los judíos fueron responsabilizados de crisis y conflictos que excedían su influencia real. Hoy el mecanismo es idéntico, aunque el sujeto haya cambiado: ya no se acusa al judío individual, sino al Estado que encarna su soberanía.
La figura de Kent debe entenderse en ese contexto. No es solo la voz de un funcionario disidente, sino el síntoma de una corriente que encuentra en la demonización de Israel una explicación simplificada para tensiones complejas. En tiempos de incertidumbre global, la tentación de atribuir responsabilidades a un actor singular resulta políticamente eficaz, pero intelectualmente fraudulenta.
El antisemitismo contemporáneo rara vez adopta las formas del pasado. Se disfraza de realismo estratégico, de crítica geopolítica o de análisis de intereses. Sin embargo, su núcleo permanece intacto: la atribución de un poder desproporcionado y maligno a una entidad judía. La polémica en torno a Irán demuestra que ese mecanismo sigue operando con plena vigencia.
Rubén Kaplan
Periodista y escritor
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