La eliminación del líder supremo iraní, el ayatolá Ali Khamenei y también la del ex presidente persa Mahmoud Ahmadinejad en el marco de las operaciones conjuntas lanzadas por Estado Unidos e Israel, marca el cierre de una de las etapas más confrontativas de la República Islámica.
Si Khamenei representaba el vértice teocrático del poder, Ahmadinejad fue durante años su rostro político más estridente ante el mundo.
Presidente entre 2005 y 2013, convirtió el desafío nuclear iraní y la confrontación con Occidente en instrumentos centrales de legitimación interna. Su notoriedad internacional no se debió únicamente al programa atómico iraní, sino a un discurso sistemático de negación del Holocausto y a reiteradas amenazas contra la existencia del Estado de Israel. Fue durante su presidencia cuando se popularizó internacionalmente la consigna atribuida al régimen iraní de “borrar a Israel del mapa”, expresión que sintetizó el espíritu de confrontación absoluta promovido desde Teherán.
Bajo su mandato, el negacionismo dejó de ser marginal para adquirir carácter institucional. Conferencias internacionales destinadas a relativizar o cuestionar el exterminio judío europeo fueron organizadas en Irán, mientras el apoyo a organizaciones armadas hostiles a Israel se consolidaba como política regional.
Frente a esas declaraciones, la reacción de la ONU fue, en el mejor de los casos, retórica y episódica. Condenó formalmente algunos excesos verbales, pero evitó adoptar medidas significativas frente a un régimen cuyo discurso implicaba la desaparición de un Estado miembro. Mientras Israel continúa siendo objeto recurrente de resoluciones condenatorias en diversos foros internacionales, el régimen iraní pudo durante años promover negacionismo y amenazas explícitas sin enfrentar consecuencias proporcionales. Ese doble estándar contribuyó a consolidar la percepción de un sesgo persistente que debilita la credibilidad del organismo internacional.
La reelección de Ahmadinejad en 2009 desencadenó el llamado Movimiento Verde, la mayor protesta interna contra el régimen desde 1979. Millones de iraníes denunciaron fraude electoral; la represión posterior dejó muertos, encarcelados y una sociedad profundamente fracturada.
En sus últimos años, Ahmadinejad terminó enfrentado con parte de la élite clerical y fue descalificado reiteradamente por el Consejo de Guardianes cuando intentó regresar a la presidencia. Sin embargo, su prédica ideológica contra Israel y su negacionismo no cesaron tras dejar el cargo. Continuó siendo una voz activa, reafirmando el mismo marco ideológico que había marcado su presidencia.
La desaparición simultánea de Khamenei y Ahmadinejad posee un valor simbólico evidente. Se extinguen al mismo tiempo el arquitecto espiritual del régimen y el dirigente que proyectó internacionalmente su retórica más radical.
La República Islámica no desaparece con ellos. Pero el régimen pierde a dos de sus figuras más emblemáticas, aquellas que durante años personificaron la amenaza declarada contra Israel y la negación de su legitimidad histórica.
La historia dirá si esta doble eliminación marca el comienzo de una transformación interna o simplemente una mutación del poder en Teherán. Lo que sí resulta claro es que se cierra un ciclo en el que la amenaza abierta de borrar a Israel del mapa formaba parte del discurso oficial de uno de los principales actores del Medio Oriente.
Rubén Kaplan.
Periodista y escritor
______________________________________________________________________________
Las opiniones, creencias y puntos de vista expresados por el autor o la autora en los artículos de opinión, y los comentarios en los mismos, no reflejan necesariamente la postura o línea editorial de Enlace Judío. Reproducción autorizada con la mención siguiente: © EnlaceJudío