Rubén Kaplan / ¿Ahmadinejad y el Mossad? La implacable lógica de los servicios de inteligencia

Una investigación publicada por The New York Times afirmó que el expresidente iraní Mahmoud Ahmadinejad habría mantenido varios encuentros con el ex director del Mossad, David Barnea, dentro de un supuesto proyecto destinado a convertirlo en una figura de transición para un Irán posterior al régimen de los ayatolás, normalizar las relaciones con Israel e incorporar al país a los Acuerdos de Abraham.

La información carece, hasta el momento, de confirmación oficial y debe ser considerada como una hipótesis periodística. Pero aun cuando nunca llegara a corroborarse, plantea una cuestión mucho más profunda: comprender cómo funcionan realmente los grandes servicios de inteligencia.

¿Puede un dirigente que durante años negó el Holocausto y convirtió la desaparición de Israel en una de las principales banderas de su discurso político haber mantenido reuniones con el director del Mossad?

La pregunta parece inverosímil.

La política, la diplomacia e incluso la opinión pública suelen analizar los acontecimientos desde parámetros ideológicos, morales o emocionales.

El espionaje responde a una lógica completamente distinta.

Los grandes servicios de inteligencia —el Mossad israelí, la CIA estadounidense, el antiguo KGB soviético, hoy sucedido por el FSB ruso, el MI6 británico, la DGSE francesa, el MSS chino y otros organismos equivalentes— no administran amistades permanentes ni enemistades eternas. Priorizan los intereses nacionales.

Mientras la política divide el mundo entre aliados y enemigos, los servicios de inteligencia distinguen entre activos útiles y objetivos a neutralizar.

Cuando consideran que un antiguo adversario puede contribuir a un objetivo estratégico superior, el pasado deja de constituir el principal criterio de evaluación.

La historia ofrece numerosos ejemplos.

Al concluir la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos puso en marcha la Operación Paperclip para incorporar científicos alemanes que habían trabajado para el Tercer Reich. La Unión Soviética desarrolló una política similar para fortalecer sus propios programas militares, nucleares y espaciales.

Israel tampoco permaneció ajeno a esa lógica.

Uno de los casos más sorprendentes fue el de Otto Skorzeny, el legendario teniente coronel de las SS que dirigió el rescate de Benito Mussolini y que, años más tarde, terminó colaborando con el Mossad aportando información sobre científicos alemanes que desarrollaban misiles para Egipto.

No existió afinidad ideológica, sino utilidad estratégica.

La razón de Estado prevaleció sobre toda otra consideración.

El accionar del Mossad está jalonado por operaciones que desafiaron toda lógica aparente.

La captura de Adolf Eichmann en la Argentina, la persecución mundial de los responsables de la masacre de los Juegos Olímpicos de Múnich, la extracción clandestina del archivo nuclear iraní desde el corazón de Teherán en 2018 y la extraordinaria infiltración de Eli Cohen en las más altas esferas del poder sirio son algunos ejemplos de una organización acostumbrada a concebir y ejecutar operaciones que parecían imposibles.

La reciente guerra desarrollada conjuntamente por Israel y Estados Unidos contra Irán volvió a demostrar esa capacidad.

La localización y eliminación del líder supremo, el ayatolá Ali Jamenei, junto con altos mandos de la Guardia Revolucionaria, responsables militares y científicos vinculados al programa nuclear, reveló un grado de penetración de las estructuras del régimen que sorprendió incluso a numerosos especialistas.

Aquellos resultados no fueron únicamente consecuencia de la superioridad tecnológica.

Fueron la culminación de años de infiltración, reclutamiento de fuentes humanas, inteligencia electrónica, operaciones cibernéticas y construcción paciente de redes clandestinas dentro del propio territorio iraní.

La ofensiva militar fue visible.

El verdadero trabajo había comenzado mucho antes, silenciosamente, en las sombras.

En ese contexto, la hipótesis sobre Ahmadinejad deja de parecer completamente absurda.

No porque existan pruebas concluyentes de que haya ocurrido, sino porque encaja dentro de una lógica que los grandes servicios de inteligencia han aplicado reiteradamente a lo largo de la historia.

Ellos no reclutan amigos, sino personas útiles.

No premian trayectorias políticas.

Evalúan conocimientos, influencia, ambiciones personales, rivalidades internas y la posibilidad concreta de modificar una situación estratégica.

Hace más de un siglo y medio, el estadista británico Lord Palmerston formuló una máxima que conserva plena vigencia en las relaciones internacionales: los Estados no tienen amigos permanentes ni enemigos permanentes; tienen intereses permanentes.

Parafraseando esa idea, podría afirmarse que los principales servicios de inteligencia tampoco tienen amigos permanentes ni enemigos permanentes: tienen intereses permanentes.

Esa lógica explica la Operación Paperclip, la colaboración de Otto Skorzeny con el Mossad, la infiltración de Eli Cohen, las deserciones promovidas durante décadas por la CIA, el KGB, el MI6 y otros servicios de inteligencia. También permitiría comprender por qué, si la investigación publicada por The New York Times terminara confirmándose, un dirigente que durante años hizo del odio hacia Israel una bandera política pudo haber sido considerado, circunstancialmente, una pieza útil para intentar modificar el futuro de Irán.

Porque el espionaje no premia ni castiga el pasado.

Evalúa, exclusivamente y sin escrúpulos, la utilidad de las personas para los intereses permanentes del Estado.

Rubén Kaplan
Periodista y escritor
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