TRANSICIÓN DEL DESTINO A LA FE
Nuestra parashá se lee después de Purim y proyecta un estado de ánimo bastante diferente del que vivimos en la festividad. Qui Tisá comienza con la obligación anual, que recae sobre ricos y pobres, de donar un medio shekel para el mantenimiento del Templo y sus ceremonias. Prosigue subrayando la centralidad de la observancia del Shabat:
“Los israelitas y sus descendientes observarán el Shabat como señal de alianza eterna…’ (Éxodo 31:16).
Los eventos principales de la parashá son preocupantes: El pueblo peca, adora al Becerro de Oro y baila alrededor de él. Moshé contempla esta escena vergonzosa y se enfurece. Lanza las tablas de sus manos, rompiéndolas. Él les dijo:
“Así ha dicho el Señor, el Dios de Israel: Que cada uno se ciña su espada al muslo, recorra el campamento y vaya de puerta en puerta matando a los culpables sin tener en cuenta si es su hermano, su amigo o su vecino” (Ibíd, 33:27).
Pero, salimos del drama.
LA IMPOSTURA
Quizás el vínculo entre la lectura de la Torá y Purim sea tan significativo, porque nos pone frente al espejo en el que nos vemos ocultos por las máscaras que llevamos, las fachadas que mantenemos y el papel del impostor en medio de nosotros que de tanto tenerlo frente ya no nos es posible descubrir su impostura. Nos disfrazamos, pretendiendo ser lo opuesto de lo que realmente somos.
Sin embargo, irónicamente, la mayoría de nosotros fingimos ser «lo contrario de lo que realmente somos», no solo en Purim, sino durante todo el año. Ocultamos nuestro verdadero yo a quienes nos rodean; llevamos máscaras y disfraces. Puede que revelemos nuestro verdadero rostro a quienes nos son cercanos, pero cuando estamos «ahí fuera», en público, interpretamos los papeles que creemos que la sociedad espera de nosotros. Presentamos al mundo una fachada engañosa, una imagen que esperamos nos reporte admiración, aprobación y éxito material.
LA MÁSCARA DE MOSHÉ
Ahora estamos preparados para discernir el vínculo con Purim en la parashá de esta semana.
Cuando descendió del Sinaí con el segundo juego de tablas, tras haber roto las primeras por su propia mano, leemos:
«… Cuando Moshé bajó de la montaña… no se dio cuenta de que la piel de su rostro estaba radiante… Aarón y todos los israelitas… se apartaron de él. Pero Moshé los llamó… y les instruyó sobre todo lo que el Señor le había impartido en el monte Sinaí. Y cuando Moshé terminó de hablar con ellos, se cubrió el rostro con un velo» (Éxodo 34:19-33).
Moshé no llevaba la máscara cuando estaba en contacto directo con el pueblo: cuando les hablaba, les aconsejaba, les enseñaba. Tampoco la llevaba cuando dialogaba con el Todopoderoso. En todos los demás momentos tenía la máscara, o un velo, a mano.
Moshé protege al pueblo de una intensidad espiritual que no estaban preparados para recibir. Se cubre el rostro porque la santidad sin límites puede abrumar. El liderazgo requiere sensibilidad. La grandeza debe ser canalizada, no desbordada. Moshé usaba su velo con un único propósito: asegurar que los demás no se acobardaran ante su presencia, garantizar que los demás no lo evitaran debido a su resplandor aterrador.
Moshé sabía cuándo afirmarse públicamente con todo el resplandor de su personalidad y cuándo retirarse a la soledad y la modestia.
Al principio de la parashá leemos sobre el misterioso encuentro entre Moshé y el Todopoderoso: «Dios le permite a Moshé ver Su “espalda”, no Su “rostro”. Porque el ser humano no puede comprender la totalidad de lo divino, aunque puede percibir sus huellas, su paso, su presencia indirecta. Muchas veces no entendemos lo que ocurre mientras ocurre; solo vemos el sentido después, cuando ya ha pasado. La escena enseña que la intimidad con Dios no es un espectáculo, sino un encuentro en el que no hay truenos ni relámpagos. No hay milagros visibles. Hay una hendidura, una mano que cubre, un paso silencioso. Es una espiritualidad de cercanía, no de grandiosidad” (Éxodo 33:21-22).
El rabino Shapiro señaló que todos los líderes se enfrentan a este dilema: ¿Cuándo debo afirmarme pública y valientemente con todo mi ser, y cuándo debo retirarme a mi propio espacio, con humildad? La respuesta, sugirió, se encuentra en el versículo mencionado anteriormente: Cuando estés en «un lugar cerca de mí», cuando se trate de una cuestión que implique promulgar mi voluntad divina, entonces «ponte sobre la roca». Entonces no puede haber máscaras, ni ocultar tus talentos personales y tu resplandor. Pero, «cuando pase mi presencia», cuando los asuntos no sean ni sublimes ni espirituales, tu lugar está «en la hendidura de la roca», en la intimidad, la modestia y el aislamiento ocasional.
Debemos limitar el uso de fachadas exclusivamente para la fiesta de Purim, que se celebra un día al año. Pero si queremos que nuestros encuentros con los demás y con el Todopoderoso sean significativos, debemos despojarnos de nuestras máscaras y actuar con valiente autenticidad.
La narrativa de la ruptura de las tablas por Moshé tras el pecado del becerro de oro refleja una crisis en la relación entre Dios e Israel. Sin embargo, la creación de un segundo conjunto de tablas, que simboliza el perdón divino, introduce el concepto de arrepentimiento y redención en la tradición judía.
EL PASO DEL PAGANISMO AL MONOTEÍSMO FUE UNA TRANSICIÓN CUYO DESTINO FUE LA FE
La segunda entrega de las tablas, que son talladas por Moshé, representa la intervención humana en el proceso divino. Esto sugiere que la imperfección humana puede ser un vehículo para la grandeza y la esperanza, enseñando sobre la capacidad moral del ser humano y la posibilidad de cambio.
¿POR QUÉ LAS SEGUNDAS TABLAS, AUNQUE “INFERIORES”, SE CONSIDERAN MÁS VALIOSAS?
Porque representan la relación restaurada, no la ideal. Las primeras tablas representan la relación “perfecta”, casi utópica, entre Dios y el pueblo. Las segundas representan algo más profundo: la relación que sobrevive al fracaso. En la vida humana, lo que realmente demuestra la fuerza de un vínculo no es la perfección inicial, sino la capacidad de reconstruirse después de una caída. Lo que el ser humano construye con lucha, arrepentimiento y trabajo tiene un valor espiritual mayor que lo que recibe sin esfuerzo.
Las segundas tablas nacen del arrepentimiento del pueblo y de la intercesión de Moshé. En su misma imperfección, estas tablas nos encarnan; como símbolos de la posibilidad de mejora, los defectos de las tablas creadas por el hombre encarnan la esperanza misma. Las tablas, en otras palabras, son lo que podemos llegar a ser. Enseñan a la humanidad a ver nuestra propia capacidad moral. Su imperfección es, por tanto, la fuente de su grandeza.
El judaísmo no enaltece la perfección; idealiza la superación.
La historia de Moshé discutiendo con Dios sobre el perdón ilustra la importancia del arrepentimiento, destacando que el cambio es posible y necesario.
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