En momentos de crisis internacionales aparecen convergencias inesperadas. Eso está ocurriendo en Estados Unidos a raíz de la guerra contra Irán emprendida conjuntamente por Israel y Washington.
Las protestas no tardaron en aparecer. Miles de manifestantes se congregaron recientemente en la capital estadounidense para oponerse a la operación. Según una investigación publicada por Calcalist y citada por The Jerusalem Post, las movilizaciones fueron impulsadas por las mismas organizaciones que en los últimos años han liderado las protestas contra Israel, entre ellas CodePink, la Coalición ANSWER y el Partido por el Socialismo y la Liberación.
El informe señala además la posible existencia de una red de financiación y coordinación vinculada al empresario estadounidense radicado en Shanghái Neville Roy Singham, un personaje que ya ha sido objeto de escrutinio en el Congreso de Estados Unidos por su apoyo a organizaciones radicales de izquierda y por sus presuntos vínculos con estructuras cercanas al Partido Comunista chino.
El fenómeno, sin embargo, no se limita a sectores de la izquierda radical. En los últimos días también han circulado afirmaciones provenientes de ciertos sectores de la derecha estadounidense que reproducen un relato sorprendentemente similar a la propaganda tradicional del islamismo político.
Entre quienes han contribuido a difundir esa narrativa se encuentra el comentarista estadounidense Tucker Carlson, conocido por sus reiteradas críticas a Israel y por una retórica que en más de una ocasión ha rozado abiertamente el antisemitismo. En una publicación reciente sostuvo que la ofensiva militar contra Irán formaría parte de un supuesto plan impulsado por círculos religiosos judíos —llegando incluso a mencionar al movimiento Jabad Lubavitch— para provocar una guerra religiosa destinada a destruir la mezquita de Al-Aqsa y la Cúpula de la Roca en Jerusalén con el objetivo de reconstruir el Tercer Templo judío. Más allá de su extravagancia, esa afirmación delirante reproduce casi literalmente una vieja pieza de propaganda difundida durante décadas por sectores islamistas, la misma que ha sido utilizada repetidamente para incitar la violencia contra judíos.
La acusación no sólo carece de fundamento, sino que reproduce uno de los mitos políticos más peligrosos del conflicto de Medio Oriente: la idea de que los judíos planean destruir los lugares sagrados musulmanes en Jerusalén.
Esta narrativa no es nueva. Fue utilizada ya en la década de 1920 por el Gran Muftí de Jerusalén, Hajj Amin al-Husseini, para movilizar a la población árabe contra el movimiento sionista. En 1929, esa misma acusación desencadenó disturbios violentos que culminaron en masacres de comunidades judías en Hebrón y otras localidades del Mandato británico de Palestina. Décadas más tarde, el mismo argumento reapareció durante la llamada “Intifada de Al-Aqsa” y sigue siendo hoy un elemento central de la propaganda de organizaciones como Hamas.
Lo preocupante es que este relato, nacido en el contexto de la agitación religiosa en el Medio Oriente, esté siendo reproducido ahora desde polos ideológicos opuestos del debate político occidental.
Por un lado, sectores de la izquierda radical presentan a Israel como una potencia colonial responsable de desestabilizar la región. Por otro lado, algunas voces de la derecha conspirativa sostienen que Israel manipula la política exterior estadounidense y arrastra a Washington a guerras ajenas a sus intereses. Aunque parten de premisas ideológicas distintas, ambos discursos terminan convergiendo en una misma acusación histórica dirigida contra el Estado judío. Es un fenómeno conocido en la historia política: los extremos del espectro ideológico, pese a sus profundas diferencias, terminan coincidiendo en determinadas narraciones.
Las consecuencias de esa convergencia no son meramente retóricas. La difusión de teorías conspirativas que vinculan a instituciones judías con supuestos planes de guerra religiosa no sólo distorsiona el debate político; también puede alimentar hostilidad contra comunidades judías reales. No es casual que organizaciones como Jabad Lubavitch hayan sido, en diversas ocasiones, blanco de ataques antisemitas en distintas partes del mundo.
La historia demuestra que los mitos políticos construidos en torno a Jerusalén pueden tener consecuencias explosivas. Cuando esas fabulaciones se trasladan al debate público en Occidente y comienzan a ser repetidas desde extremos ideológicos opuestos, el riesgo es que viejas acusaciones resurjan bajo nuevas formas.
Y cuando eso ocurre, los antecedentes demuestran que esas narrativas no son meras palabras: suelen convertirse en el preludio de la violencia explícita.
Rubén Kaplan.
Periodista y escritor.
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