Rabino Yerahmiel Barylka / Parashat Vayikrá

La primera sidrá del tercer libro de la Torá no comienza con el término “Vayidaber” (“A. habló”) ni con “Vayomer” (“A. dijo”), tan comunes en el lenguaje bíblico, sino con “Vayikrá”, que significa “y Él llamó”, cuya última letra es una pequeña alef.

Desde entonces, .A. nos ha estado llamando.

El Zohar nos enseña que el casi silencio de esa alef es para mostrarnos lo que necesitamos para conectarnos con Él: un espacio tranquilo para escuchar, sentir y percibir Su Presencia.

El rav Shlomo Wolbe (1914–2005) destaca la importancia de la humildad en nuestra relación con A. Así como la alef es pequeña y discreta, también nosotros debemos acercarnos a Él con humildad y con un sentido de asombro.

Mientras Moshé escuchó la llamada de A., Rashí explica que otras personas que estaban cerca no la percibieron. No podían comprender lo que oían: escuchaban otros ruidos. Mientras Él nos llamaba a estar cerca de Él.

Al reducir el ruido distractor que llena nuestro mundo, al calmar nuestras propias voces y predicciones negativas, y al afinar nuestras antenas espirituales, podemos escuchar la voz de A. que nos llama continuamente.

Imagina si lo escucháramos con la misma frecuencia con la que Él nos llama. Ese es el valor del silencio en la “oración personal en soledad”, la autoseclusión, como el Rebe Najman de Breslav denomina a la hitbodedut, considerada la virtud más alta y profunda de toda práctica espiritual.

¿Cómo podemos lograrlo hoy? Simplemente ampliando y abrazando ese espacio tranquilo —la pequeña alef— que permite que la “suave y pequeña voz” de A. sea escuchada, vista y sentida, excluyendo todo otro ruido.

Esa es la enseñanza fundamental de Vayikrá: la comunicación, la cercanía genuina entre una persona y otra, y, en consecuencia, con el mismo .A..

En la parashá aprendemos sobre los diversos tipos de ofrendas que se traían al Tabernáculo y, más tarde, al Templo que se presentaban por distintas razones: expresar gratitud, buscar perdón o cumplir promesas.

Desde una perspectiva psicológica, el acto de traer una ofrenda puede verse como una forma de externalizar nuestro estado interno.

Al presentar una ofrenda en el Tabernáculo o en el Templo, la persona podía expresar sus emociones e intenciones de una manera profundamente tangible.

Esto puede ser una herramienta poderosa para la regulación emocional y puede ayudar a las personas a procesar y manejar emociones difíciles, conectando con su yo interior y con A.

Rav Elyashiv enfatiza la importancia de acercarse a la Torá con una comprensión de su significado espiritual, y no solo centrarse en los detalles físicos. Al hacerlo, profundizamos nuestra conexión con A. y vivimos una vida más significativa y plena, dedicándonos a servir sin reservar ninguna parte de nosotros.

Al reconocer y aceptar los propios errores, y al pedir perdón mediante la entrega de una ofrenda, la persona se capacita mejor para avanzar y reparar cualquier daño causado. La palabra hebrea para sacrificio, “qorbán”, está relacionada con “qarov”, que significa acercarse. La esencia del sacrificio se revela, así como un acto de aproximación espiritual: la intención y la devoción con las que uno se presenta ante A. son el corazón del proceso.

El Rav Wolbe explica que los distintos sacrificios de la parashá representan aspectos de la naturaleza humana que requieren refinamiento. La “olá”, consumida por completo en el altar, simboliza la necesidad de rendir el ego y los deseos ante A. La “minjá”, hecha de grano y aceite, representa la humildad y la gratitud frente a la abundancia. Las ofrendas de “jatat” y “asham”, traídas por transgresiones involuntarias o deliberadas, enseñan la importancia de asumir responsabilidad y buscar perdón.

Rav Meir Soloveitchik señala que quien ofrecía un sacrificio debía realizar una profunda introspección, examinar sus motivaciones y acciones, y esforzarse por mejorar su relación con A.

El Jatam Sofer, en los siglos XVIII y XIX, también subraya la centralidad de la intención. El acto físico no basta: solo con la devoción adecuada el sacrificio es aceptado por A. Esto se aplica a toda la vida religiosa: la intención y la entrega interior son componentes esenciales de la práctica auténtica.

Maimónides sostiene en su Guía de los Perplejos que los sacrificios fueron una concesión histórica, un paso intermedio para alejar al pueblo de la idolatría en una época en la que el culto sacrificial era universal. La Torá redirigió esa práctica hacia el servicio a .A., purificándola y dotándola de un sentido ético. Si viviera hoy, coincidiría en que debemos reproducir en nuestras plegarias —individuales y colectivas— la intención profunda que la Torá exige.

En nuestros días, tras casi dos milenios sin el espacio físico donde nuestros antepasados ofrecían sus sacrificios, podemos aprender de la intención que implicaba el acto mismo de acercarse al Templo, y de la devoción necesaria para la plegaria. Y no menos importante: aprender de la palabra Vayikrá, de la pequeña alef, la necesidad de la humildad al presentarnos ante A. con nuestras súplicas.

La “oración personal en soledad”, la auto-seclusión de la que habla el Rebe Najman, requiere pasar desapercibidos incluso cuando a nuestro alrededor hay quienes se mueven sin contención, elevan la voz como si .A. fuera sordo o alargan las plegarias creyendo que eso les otorga mérito, aun cuando dificultan que la comunidad mantenga su propio ritmo. Eso puede ser válido para la plegaria individual, si así se desea, pero no para la colectiva.

La enseñanza profunda de Vayikrá es que la cercanía con A. no nace del ruido, ni del gesto grandilocuente, ni del sacrificio físico, sino de la intención, la humildad y la capacidad de crear un espacio interior donde la voz suave y pequeña de A. inconmensurable infinita pueda ser escuchada.

Hoy, sin Templo y sin ofrendas, nuestro “qorbán” es la calidad de nuestra presencia, la verdad de nuestras palabras y la pureza de nuestro corazón. Ese es el camino para acercarnos a Él.
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Yerahmiel Barylka: "Después de liderar el movimiento juvenil Ezra, a los diecisiete años de edad se inició en la educación formal, dirigiendo la Escuela Religiosa Israelita Heijal Hatorá, en Buenos Aires, luego de lo cual fue profesor del Instituto de Superior de Estudios Judaicos (Majón Lelimudey Haiadut) y dirigió las escuelas Talpiot y José Caro en Buenos Aires. Durante 11 años fue el director de la Agrupación Juvenil Ramah de la Congregación Israelita de la República Argentina en la que centenares de jóvenes tuvieron sus primeras vivencias religiosas y participaron en sus actividades educativas. Se desempeñó como Capellán de los Institutos Penales de Buenos Aires, entre 1960 y 1976, asistiendo a los internos de religión judía en sus necesidades espirituales personales y espirituales. Se trasladó a México en el año 1976 convocado para dirigir la escuela Yavne y durante su larga estadía en ese país, dirigió el Seminario de Maestros Hebreos que luego se convirtió en la Universidad Hebraica, el Centro de Estudios Judaicos (CEJ), la representación en México del Instituto Weizmann de Ciencias de Rehovot, Israel, y fue Asesor de Presidencia de la Comunidad Maguen David. Actualmente se desempeña como asesor de comunidades judías latinoamericanas y como Director General de Otot -Servicio de consultoría educativa y comunitaria especializado en las comunidades judías de habla española."