Cuando las personas ocupan puestos de autoridad, esperamos que se comporten en consecuencia, y con ello nos referimos a que actúen de forma ética; y nos sentimos especialmente decepcionados con ellas cuando no lo hacen.
Sin embargo, existe un dilema ético en esa expectativa: quienes no ocupamos ese alto cargo podríamos llegar a considerar que nuestro propio comportamiento es menos significativo. Podríamos incluso decir que no pasa nada si infringimos una ley, en comparación con lo que ocurre si lo hace el cohen, el primer ministro o el alcalde.
La tradición judía enseña lo contrario.
La parashá Emor comienza con una serie de mandamientos relativos a los cohanim y su conducta: «lo ytamá beamav», es decir, «y diles que no se contaminen … en su pueblo». (Vayikrá-Lev. 21.1)
Los cohanim, deben estar a la altura de las expectativas que conlleva su cargo.
Cuando actuamos de forma poco ética cada uno de nosotros puede mancillar no solo a sí mismo, sino a nuestro pueblo. Eso le quita el corazón a la comunidad y, lenta pero seguramente, esa comunidad cae en el cinismo y pierde sus valores.
Cuando el Imperio Romano destruyó el Templo de Jerusalén, los jajamim buscaron formas de mantener relevantes nuestras tradiciones incluso sin las instituciones en las que se habían basado y de las que habían surgido.
En lugar de renunciar a las instituciones que sustentan nuestros actos y enseñanzas, las interpretaron de forma brillante:
¿No más sacrificios? Los rabinos enseñaron que Dios acogía el «servicio del corazón», y que nuestra obediencia a las enseñanzas éticas de nuestra tradición sería una ofrenda igual de aceptable —como un regalo de acción de gracias por el don de la vida, o como una ofrenda de expiación.
¿Ya no hay altar en el Templo? Las mesas de nuestros hogares se convertirán en nuestro altar, dijeron, y cada uno de nuestros hogares en un mikdash me’at, un «pequeño santuario». Nuestras moradas deben hacer eco y reforzar nuestra ética.
¿Ya no hay un servicio de cohanim? Los jajamim señalaron que Dios declara en la Torá que «todos vosotros me seréis un reino de sacerdotes, y gente santa». (Shemot-Éxodo 19:6) Sin una institución judía central, dependía —y depende— de cada uno de nosotros mantener los estándares éticos que debían defender los cohanim.
Está claro que debemos considerar los mandamientos éticos del judaísmo como una obligación que nos incumbe a todos por igual. Y estas mitzvot son las que nos impedirán «contaminarnos moralmente». Pero, ¿cómo llevar un registro de todos los detalles de la forma en que debemos comportarnos, no solo juzgando a los demás sino también a nosotros mismos, en una vida tan llena de distracciones? ¿Cómo, tal y como dice la Torá y repetimos a diario, seguir el camino «con todo tu corazón»?
El propio texto de la parashá Emor nos ofrece una forma de hacerlo: «Contaréis siete semanas. Deben ser completas» (Vaykrá-Lev. 23:15).
La tradición ha desarrollado contar nuestros días —todos nuestros días, no solo estos 49 entre Pésaj y Shavuot—. Estas siete semanas se han convertido para nosotros en un tiempo para profundizar en cualquier práctica que tengamos para prestar atención a nuestros días, para no dejar que pasen sin examinarlos en absoluto.
Lo vemos con claridad cuando nos tomamos tiempo cada fecha para reflexionar, y los días en sí se vuelven más plenos para nosotros, más ricos —y somos más capaces de ser actores éticos conscientes en nuestras vidas, en lugar de ser arrastrados impotentes de un lugar a otro, de un compromiso a otro.
Entonces somos más capaces de actuar con todo el corazón. Y eso es lo que hace que cada día, y cada semana, sean «completos» en el sentido de la frase de la Torá.
A lo largo de los siglos XVII y XVIII, el mandamiento adquirió especial importancia debido a la influencia del círculo cabalístico de la ciudad de Tzfat. Como resultado, se añadieron nuevos elementos a las oraciones recitadas durante el Conteo del Omer, añadidos que se centraban en los significados místicos atribuidos al ciclo de siete semanas de siete días cada una.
Uno de los conceptos centrales que surgieron es el de Tikún: la capacidad de una persona, mediante acciones realizadas con intenciones especiales, para lograr la armonía en los reinos celestiales. Las oraciones especiales del Conteo del Omer contemplan siete sefirot internas dentro de las siete sefirot inferiores, de modo que cada semana se dedica al Tikún de una sefirá, mientras que cada día de la semana se dedica al Tikún de una sefirá interna.
Mediante la realización de esta mitzvá, aparentemente menor, los fieles no solo podían purificarse y santificarse, sino que también tenían la oportunidad de contribuir al advenimiento de la Era Mesiánica y a la redención de todo el cosmos.
Que felices que somos al pertenecer a un grupo que establece los principios como base de su existencia y su esperanza de pronta y total redención.
Shabat Shalom,
Yerahmiel
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