Las recientes declaraciones del secretario general de la OTAN, Mark Rutte, respaldando la ofensiva militar liderada por Estados Unidos contra la República Islámica de Irán constituyen un giro significativo en la percepción estratégica del conflicto en Medio Oriente. No se trata únicamente de una toma de posición coyuntural, sino del reconocimiento —tardío pero explícito— de una amenaza cuya dimensión global había sido sistemáticamente subestimada.
“Es crucial que el presidente Trump y Estados Unidos hagan esto para eliminar la capacidad nuclear y la capacidad de misiles balísticos de Irán, porque representan una amenaza”, afirmó Rutte.
En otra intervención fue aún más contundente: la República Islámica constituye “una amenaza existencial para Israel, una amenaza para la región, una amenaza para Europa y para el mundo entero”.
Estas declaraciones implican una ruptura conceptual con la narrativa predominante en amplios sectores de la diplomacia occidental, que durante años interpretaron el expansionismo iraní como un fenómeno regional acotado y gestionable mediante instrumentos políticos convencionales.
Mientras Israel advertía reiteradamente sobre la intención del régimen teocrático de borrarlo del mapa, ante el silencio ominoso de la ONU y la indiferencia de numerosos gobiernos europeos, la acumulación de capacidades militares iraníes avanzaba sin una respuesta proporcional. La confrontación actual ha puesto de manifiesto el costo estratégico de esa inacción.
La decisión estadounidense de actuar con determinación contra la infraestructura nuclear y militar iraní ha generado debate interno, pero también ha comenzado a modificar percepciones dentro de la alianza atlántica. El respaldo contundente del secretario general de la OTAN introduce un elemento de legitimidad estratégica que trasciende la lógica bilateral entre Washington y Jerusalén y proyecta el conflicto hacia el plano de la seguridad internacional. Incluso en Europa comienzan a registrarse señales de un cambio, aunque aún incipiente.
La percepción estratégica del mundo árabe, por el contrario, muestra una claridad mayor. El viceprimer ministro y ministro de Asuntos Exteriores de los Emiratos Árabes Unidos, Abdullah bin Zayed Al Nahyan, declaró el domingo 23 de marzo que su país “nunca se dejará chantajear por terroristas”, en referencia directa a la política agresiva de Irán. La afirmación se produjo en respuesta a críticas provenientes de círculos diplomáticos europeos que cuestionan el fortalecimiento de las alianzas de seguridad con Estados Unidos. El contraste resulta revelador: mientras los Estados del Golfo identifican la amenaza iraní como un pilar estructural de su seguridad, parte de la dirigencia europea continúa interpretando el conflicto como una crisis circunstancial.
La conversación entre Donald Trump y el primer ministro británico Keir Starmer sobre la necesidad de garantizar la reapertura del estrecho de Ormuz, junto con la autorización del Reino Unido para el uso de bases militares británicas en operaciones contra emplazamientos de misiles iraníes utilizados para atacar el tráfico marítimo, sugiere una reconsideración pragmática de los riesgos que plantea la actual escalada.
Las advertencias de Teherán sobre un eventual cierre total del estrecho y su anuncio de atacar intereses económicos occidentales confirman el carácter expansivo del enfrentamiento. La guerra ya no puede interpretarse como una crisis periférica ni como un conflicto indirecto. Se trata de una disputa estructural en la que convergen factores ideológicos, estratégicos y energéticos con consecuencias potencialmente globales.
La OTAN ha comenzado a reconocerlo.
Es menester que Occidente también lo reconozca con premura, antes de que la amenaza iraní se convierta en un hecho consumado.
Rubén Kaplan.
Periodista y escritor.
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