Rubén Kaplan / Protestar en Israel, callar en Irán

En la actual coyuntura, marcada por la confrontación abierta entre Israel e Irán, la participación activa de Hezbollah y ahora también de los hutíes, resulta particularmente significativo que en ciudades como Tel Aviv, Haifa y Jerusalén se hayan registrado protestas la noche del sábado 28 de marzo, exigiendo el fin de la guerra. Cientos de manifestantes salieron a las calles y 21 de ellos fueron detenidos tras la intervención policial, en un contexto en el que las restricciones del Comando del Frente Interno limitan las reuniones públicas por razones de seguridad.

El dato no es menor. Israel se encuentra diariamente bajo ataque directo y sostenido: misiles, drones y amenazas explícitas provenientes de actores que han declarado reiteradamente su intención de destruir al Estado judío. Aun así, sectores de la sociedad —incluyendo grupos de izquierda y representantes árabes, como el legislador Ayman Odeh, presidente de Hadash-Ta’al— ejercen su derecho a manifestarse, incluso en medio de un escenario de guerra.

Entre las consignas, algunas reflejaban un rechazo de carácter ingenuo al conflicto, bajo formulaciones como “primero desarmen a Israel”, que, en el contexto de una amenaza constante por parte de Irán y sus aliados, parecen prescindir de toda consideración sobre el riesgo o la amenaza existencial que enfrenta el país. Otras expresiones provenientes de sectores de la izquierda israelí, que parecen haber olvidado la masacre del 7 de octubre de 2023, plantearon recientemente que la guerra sería aceptable sólo si Israel no la hubiera iniciado, introduciendo una lógica que condiciona la legitimidad de la defensa a la secuencia formal de los acontecimientos, incluso frente a un adversario que durante décadas ha proclamado abiertamente su objetivo de eliminar a Israel.

Más allá de la pertinencia o no de estas posturas, lo verdaderamente relevante es que pueden ser expresadas. La existencia de manifestaciones, la participación de dirigentes políticos, la cobertura de los medios y la continuidad del debate público, incluso bajo condiciones de amenaza existencial, constituyen una característica esencial de una sociedad democrática.

El contraste con Irán es, en este sentido, inevitable. En la República Islámica, las protestas contra el régimen son sofocadas con extrema violencia, con millares de víctimas fatales y detenidos. A ello se suma la reciente intensificación de la represión, con ejecuciones públicas —incluyendo la de jóvenes deportistas— y condenas a muerte dictadas contra numerosos manifestantes. La posibilidad misma de expresar disenso político está severamente restringida, y cualquier cuestionamiento al sistema teocrático puede derivar en encarcelamiento, torturas o la pena capital.

La diferencia entre ambos escenarios no radica en la existencia de conflicto, sino en la naturaleza del sistema político que lo atraviesa. Mientras Israel permite el disenso incluso en tiempos de guerra, Irán lo suprime de manera sistemática. Esta asimetría revela que la libertad de expresión no es una consecuencia automática de la paz, sino una elección estructural del tipo de sociedad que se construye.

En última instancia, la posibilidad de protestar contra una guerra en medio de la misma no constituye una debilidad, sino una manifestación de fortaleza institucional. Es precisamente esa capacidad de tolerar el desacuerdo —incluso cuando resulta incómodo o controversial— la que distingue a una democracia plena de un régimen teocrático y totalitario, que sólo puede sostenerse mediante la imposición del terror.

Rubén Kaplan.

Periodista y escritor
______________________________________________________________________________
Las opiniones, creencias y puntos de vista expresados por el autor o la autora en los artículos de opinión, y los comentarios en los mismos, no reflejan necesariamente la postura o línea editorial de Enlace Judío. Reproducción autorizada con la mención siguiente: © EnlaceJudío
Ruben Kaplan: