Zack Polanski es el líder del Partido Verde en el Reino Unido y una figura en ascenso dentro de la política británica. En el marco de la actual escalada en Medio Oriente, ha acusado a Israel de cometer “genocidio”, ha propuesto cortar relaciones diplomáticas y comerciales, impulsar sanciones más duras e incluso impedir el uso del espacio aéreo británico por parte de Estados Unidos en operaciones vinculadas al conflicto y exhortando a poner fin a los ataques contra Irán, un régimen que desde hace décadas sostiene abiertamente la eliminación del Estado de Israel.
Nada de esto sería particularmente novedoso en ciertos sectores de la izquierda europea si no fuera por un elemento central: Polanski es judío y reivindica esa identidad como fundamento de su posición. Afirma que su crítica a Israel nace de su judaísmo, de su memoria histórica y de su interpretación del “Nunca Más”. Y es precisamente en ese punto donde el fenómeno adquiere una dimensión distinta.
El “Nunca Más”, que surgió como expresión de la memoria del Holocausto y como advertencia frente a la aniquilación del pueblo judío, es resignificado aquí como un principio universal que, en lugar de reforzar la legitimidad de la existencia de Israel, se vuelve contra él. La memoria deja de ser un elemento de defensa para convertirse en una herramienta de acusación.
Este desplazamiento no es menor. Supone una reinterpretación del pasado que altera su sentido original. La historia deja de ser un anclaje identitario para transformarse en un instrumento moral utilizado selectivamente. El “Nunca Más” deja de ser una advertencia frente al antisemitismo para convertirse en un argumento contra el propio Estado judío.
En este proceso, la identidad cumple un papel central. No se trata simplemente de una crítica externa, sino de una legitimación interna. La condición judía funciona como escudo discursivo, como garantía moral, como prueba de que la acusación no puede ser descalificada como antisemitismo. Es, en ese sentido, una forma particularmente eficaz de deslegitimación.
Polanski no es un caso aislado. Su pertenencia a organizaciones como Na’amod y su influencia de grupos como Breaking the Silence muestran que se inscribe en una corriente más amplia, estructurada y activa, que busca redefinir la relación entre judaísmo, memoria y política.
Este fenómeno se desarrolla, además, en un contexto europeo marcado por profundas transformaciones. En el Reino Unido, pero también en países como Francia, Alemania o España, se observa una creciente convergencia entre sectores de la izquierda radical y corrientes vinculadas al islam político. No se trata de una alianza formal, sino de una coincidencia de agendas que encuentra en la cuestión israelí un punto de encuentro.
En ese marco, la irrupción de fuerzas como el Partido Verde no es un dato menor. En el Reino Unido, su crecimiento se alimenta en buena medida del desgaste del Partido Laborista y del voto de protesta de sectores desencantados. Pero ese crecimiento no es ideológicamente neutro: viene acompañado de una radicalización del discurso en temas como Israel, donde posiciones antes marginales comienzan a adquirir visibilidad y legitimidad política.
Figuras como Polanski funcionan, en este contexto, como articuladores de esa nueva sensibilidad. No actúan en el vacío, sino dentro de un espacio político en expansión, donde la combinación de activismo, discurso moral e identidad produce un efecto amplificador. Y en esa combinación, el hecho de hablar desde dentro del judaísmo adquiere un valor estratégico.
En ese plano, la utilización del “Nunca Más” adquiere un carácter particularmente problemático. Porque implica invertir el sentido de una memoria que no solo pertenece al pueblo judío, sino que forma parte de la conciencia moral de Occidente. Convertirla en un instrumento contra Israel no es una evolución del principio, sino su distorsión.
Lo que está en juego no es únicamente la posición de un dirigente político ni el resultado de una elección local. Es la forma en que se interpretan la historia, la identidad y la memoria en una Europa en transformación.
Cuando el “Nunca Más” deja de ser una advertencia frente a la destrucción del pueblo judío y se convierte en un argumento contra el Estado que surgió, en gran medida, como respuesta a esa historia, el problema deja de ser político.
Pasa a ser conceptual. Y en ese terreno, las consecuencias suelen ser más profundas y duraderas.
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