Rubén Kaplan / De Auschwitz al Parlamento polaco: la banalización del nazismo y el antisemitismo persistente

En una escena tan grotesca como reveladora, el diputado polaco Konrad Berkowicz exhibió en el Parlamento una bandera de Israel reemplazando la Estrella de David por una esvástica nazi, al tiempo que acusaba al Estado judío de ser el “nuevo Tercer Reich”.

El hecho, de por sí indignante, adquiere una dimensión aún más perturbadora por el contexto en el que ocurrió: mientras en Israel y en el mundo judío se conmemoraba Yom HaShoá, y en Polonia sobrevivientes del Holocausto marchaban en los terrenos de Auschwitz.

No se trata simplemente de una provocación política ni de un exabrupto aislado. Lo ocurrido expresa un fenómeno más profundo: la inversión moral del significado del Holocausto, transformado ahora en herramienta de acusación contra los propios judíos.

Comparar a Israel con el nazismo no constituye una crítica, por dura que sea. Es otra cosa. Es la banalización del mal absoluto y su utilización como arma retórica para deslegitimar la existencia misma del Estado judío. En ese desplazamiento, el crimen histórico se diluye y la víctima es convertida en victimario.

Este tipo de distorsión no surge en el vacío. Remite a una memoria incómoda y a tensiones no resueltas en la sociedad polaca. El monumental documental Shoah, de Claude Lanzman, dejó un testimonio inquietante: décadas después del exterminio, muchos polacos entrevistados manifestaban un antisemitismo persistente, a veces explícito, a veces soterrado. Algunos evitaban responder preguntas elementales, temerosos —según se desprendía de los testimonios— de que se reabriera la cuestión de las propiedades judías ocupadas tras la guerra.

Ese trasfondo ayuda a comprender la tensión entre la memoria oficial y la realidad social. En 2018, el gobierno polaco impulsó la denominada Enmienda a la Ley del Instituto de la Memoria Nacional, promovida por el partido Ley y Justicia, que buscaba penalizar a quienes atribuyeran a Polonia responsabilidad en los crímenes nazis. La iniciativa, presentada como una defensa del “buen nombre” nacional, evidenció la sensibilidad extrema en torno al pasado y el intento de controlar su narrativa.

Sin embargo, los hechos recientes sugieren que el problema no se agota en la interpretación histórica. Mientras se protege legalmente la imagen del país frente a su vinculación con el nazismo, emergen expresiones que trivializan ese mismo horror y lo proyectan, de manera grotesca, sobre Israel.

Las reacciones no se hicieron esperar. La Embajada de Israel en Varsovia calificó el episodio como una “atrocidad antisemita” y exhortó a las autoridades polacas a actuar con firmeza, recordando el peso histórico de un país que perdió millones de ciudadanos bajo la ocupación nazi.

Por su parte, el embajador de Estados Unidos en Polonia, Thomas Rose, condenó duramente el hecho y expresó:

“¡Qué vergüenza! Quizás se haya dado cuenta de que a los judíos ya no nos dejamos intimidar tan fácilmente. Nos defendemos con todas nuestras fuerzas sin disculpas”.

También el presidente del Parlamento y miembros de la coalición gobernante repudiaron lo ocurrido y solicitaron la intervención de la Fiscalía para evaluar posibles acciones judiciales contra el legislador.

La paradoja es evidente. En el mismo suelo donde se erigieron los campos de exterminio, y donde aún resuena la memoria de millones de víctimas, un legislador puede invertir el significado del Holocausto y utilizarlo como instrumento de acusación política.

No es un fenómeno exclusivamente polaco. Pero en Polonia adquiere una resonancia particular. Porque allí la historia no es abstracta: está inscrita en la tierra, en las ciudades, en los silencios.

Lo ocurrido en el Parlamento no es, entonces, un episodio menor. Es una señal: el antisemitismo no desaparece, se transforma.

Demuestra que la memoria del Holocausto puede preservarse en los actos conmemorativos, pero al mismo tiempo vaciarse de sentido en el discurso político.

Y que, cuando el nazismo se banaliza y se convierte en una metáfora disponible para cualquier acusación, el pasado deja de iluminar el presente para convertirse en un instrumento de manipulación.

Entre Auschwitz y el Parlamento polaco, la distancia geográfica es mínima.

La distancia moral, en cambio, es abismal.

Rubén Kaplan
Periodista y escritor
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