Durante años, Turquía fue considerada por Occidente un aliado incómodo pero indispensable: miembro de la OTAN, puente entre Europa y Medio Oriente y actor central del equilibrio regional. Sin embargo, bajo el liderazgo de Recep Tayyip Erdogan, el país ha desarrollado una política cada vez más autónoma, nacionalista e influenciada por el radicalismo islámico, cuyos alcances futuros comienzan a generar crecientes preocupaciones.
Dos informaciones recientes refuerzan esas inquietudes. Por un lado, la presentación del misil balístico intercontinental turco Yıldırımhan, con un alcance estimado de 6.000 kilómetros que le permitiría alcanzar objetivos en vastas zonas de Europa, Medio Oriente y Asia. Por otro, las denuncias sobre preparación operativa de miembros de Hamas en territorio turco, incluyendo prácticas con armas ligeras, drones y estructuras de apoyo financiero vinculadas al grupo terrorista.
Analizadas conjuntamente, ambas noticias parecen reflejar un proceso más profundo: la consolidación gradual de Turquía como potencia regional con creciente autonomía militar y vínculos cada vez más estrechos con organizaciones islamistas hostiles a Israel.
La pertenencia de Turquía a la OTAN continúa funcionando, por ahora, como un importante factor de contención. Pero esa misma condición ha contribuido durante años a minimizar transformaciones internas y externas que hoy resultan cada vez más evidentes.
Turquía se ha alejado progresivamente del modelo secular instaurado por Mustafa Kemal Atatürk.
En paralelo, las relaciones con Israel sufrieron un deterioro persistente. El respaldo político brindado por Erdogan a Hamas, la creciente cercanía con la Hermandad Musulmana y las reiteradas declaraciones hostiles hacia Israel marcaron un profundo cambio respecto de la histórica cooperación estratégica que ambos países mantuvieron durante décadas.
Las recientes denuncias sobre actividades de Hamas en Turquía añaden un elemento especialmente delicado. Ya no se trataría solamente de afinidad ideológica o apoyo político, sino de posibles niveles de cooperación operativa, logística y financiera proyectados hacia futuros escenarios de confrontación regional.
A ello se suma el rápido desarrollo de la industria militar turca, especialmente en materia de drones, misiles y tecnología estratégica, reflejando el objetivo de Ankara de consolidarse como actor militar autónomo de primer orden.
El problema para Israel no reside únicamente en la Turquía actual, sino en la que podría emerger en el futuro si continúan profundizándose estas tendencias. La combinación entre capacidad militar creciente, extremismo islámico y respaldo a actores hostiles podría transformar gradualmente a Turquía en un desafío mucho más complejo de lo que hoy muchos se animan a admitir.
Israel enfrenta amenazas inmediatas provenientes de Irán, Hezbollah y Hamas. Pero los procesos geopolíticos de largo plazo obligan también a observar otros actores regionales que podrían modificar significativamente el equilibrio de Medio Oriente en los próximos años.
A veces, los riesgos más significativos no son los que irrumpen abruptamente, sino aquellos que crecen lentamente mientras gran parte del mundo continúa observándolos con indiferencia.
Rubén Kaplan
Periodista y escritor
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