Las flamantes declaraciones del presidente turco, Recep Tayyip Erdoğan, han vuelto a colocar a Turquía en el centro de la preocupación estratégica israelí. En un tono cada vez menos ambiguo, el mandatario no solo reiteró sus habituales acusaciones contra Israel —al que ha comparado en distintas ocasiones con el nazismo, acusándolo de terrorismo de Estado y de cometer genocidio, llegando incluso a invocar castigos divinos en su contra—, sino que además insinuó la posibilidad de una acción militar contra el Estado judío. “Debemos ser fuertes para impedir que Israel le haga esto a Palestina”, afirmó, evocando precedentes de intervención turca en otros escenarios y sugiriendo que Ankara podría actuar de manera similar frente a Israel.
Desde Israel, la reacción no se hizo esperar. El ministro de Patrimonio, Amichai Eliyahu, anunció que impulsará una moción para romper relaciones diplomáticas con Turquía. Al mismo tiempo, cuestionó con dureza la postura de Ankara, señalando la hipocresía de un país que pretende erigirse en defensor de los palestinos mientras arrastra su propio historial de acciones militares en la región, incluidas intervenciones en Chipre, y cuya negativa a reconocer el genocidio armenio sigue siendo motivo de condena internacional. En esa línea, describió a Erdoğan como un dictador megalómano con ambiciones imperialistas, y recordó su trato hacia las minorías, en particular la represión sistemática contra la población kurda.
Sin embargo, lo que hoy aparece como una escalada inquietante no constituye un giro inesperado, sino la manifestación visible de un proceso que lleva más de dos décadas desarrollándose.
Durante años, Turquía fue percibida como un aliado estratégico de Israel y como un modelo singular dentro del mundo musulmán: un Estado formalmente laico, integrado a la OTAN y orientado hacia Europa. Esa relación no era meramente declarativa: ambos países mantuvieron una estrecha cooperación militar, incluyendo ejercicios conjuntos, intercambio de inteligencia y acuerdos estratégicos que reflejaban una convergencia de intereses en la región.
Esa imagen, sin embargo, comenzó a resquebrajarse con la llegada al poder de Recep Tayyip Erdoğan en 2003.
Desde entonces, el liderazgo turco impulsó una transformación progresiva pero constante. Bajo una apariencia de continuidad institucional, Turquía inició un desplazamiento hacia una reafirmación de su identidad islámica, alejándose gradualmente de los parámetros políticos y culturales de Occidente. Este proceso no fue abrupto, sino deliberado: una evolución sostenida que muchos prefirieron minimizar o ignorar.
Las señales fueron múltiples y persistentes. A lo largo de los años, el discurso de Erdoğan fue escalando en agresividad: llegó a afirmar que Israel “se autodestruirá” y que sería “castigado por Alá”; acusó reiteradamente al Estado judío de cometer “terrorismo de Estado”; cuestionó su legitimidad en foros internacionales y sostuvo que Hamas no es una organización terrorista. Estas declaraciones, lejos de ser exabruptos aislados, conforman un patrón coherente con una visión ideológica consolidada.
El episodio de la denominada “Flotilla de la Libertad” —Mavi Marmara— en 2010, concebido como una provocación política contra Israel, marcó un punto de inflexión en la relación bilateral, pero no fue un hecho aislado, sino parte de una dinámica más amplia. A partir de entonces, la confrontación dejó de ser episódica para adquirir un carácter más estructural.
Al mismo tiempo, Turquía comenzó a proyectarse como un actor con ambiciones regionales más definidas, aspirando a ejercer liderazgo en el mundo musulmán. En ese marco, la confrontación con Israel pasó a ocupar un lugar funcional dentro de una estrategia más amplia de posicionamiento geopolítico.
La diferencia con otros actores hostiles a Israel es significativa. A desemejanza de organizaciones como Hamas o Hezbollah, o incluso del propio Irán, Turquía es un Estado con instituciones consolidadas, capacidades militares relevantes y pertenencia a estructuras occidentales como la OTAN. Esa condición le otorga un nivel de legitimidad y de proyección internacional que amplifica el alcance de sus decisiones.
Por eso, la actual retórica amenazante no debe ser interpretada como un fenómeno coyuntural, sino como la consecuencia lógica de una trayectoria política e ideológica sostenida en el tiempo.
Durante años, se prefirió sostener la idea de una Turquía anclada en Occidente, minimizando las evidencias que indicaban un cambio de rumbo. Hoy, esa percepción resulta cada vez más difícil de sostener.
Israel enfrenta múltiples amenazas en su entorno. Pero la eventual consolidación de Turquía como un actor abiertamente hostil introduce una variable cualitativamente distinta: la de un antiguo aliado que, en el curso de una transformación gradual, redefine su lugar en la región.
Más que una sorpresa, se trata de la evidencia de un proceso.
Y como toda verificación tardía, plantea cómo debe prepararse ahora Israel frente a un adversario que ya no disimula su verdadera posición.
Rubén Kaplan
Periodista y escritor
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