Bryan Acuña / Evolución conceptual de la Nakba palestina

La Nakba (“catástrofe” en árabe) no nació como un concepto homogéneo, nacionalmente estructurado y central en la identidad política palestina. Evolucionó durante décadas. Su significado actual es el resultado de transformaciones históricas, disputas ideológicas, construcción nacional palestina, instrumentalización regional y reconfiguración del conflicto árabe-israelí. 

El término fue utilizado inicialmente por el intelectual sirio Constantin Zureiq en el año 1948, tras la derrota árabe frente al naciente Estado de Israel. Pero la “Nakba” de Zureiq no era todavía una narrativa exclusivamente palestina. Era, sobre todo, una crítica al fracaso del mundo árabe. Su libro Ma’na al-Nakba (“El significado de la catástrofe”) describía el colapso militar, político y civilizacional árabe frente al sionismo. El énfasis estaba menos en la experiencia específica palestina y más en la decadencia estructural árabe.

Durante los años 50 y parte de los 60, la cuestión palestina quedó relativamente subordinada al panarabismo de Gamal Abdel Nasser y a las rivalidades interestatales árabes. Los refugiados palestinos existían como realidad humana y política, pero todavía no se había consolidado una narrativa nacional palestina autónoma como la actual. La causa palestina era presentada más como una herida árabe colectiva que como un proyecto nacional diferenciado.

En esa etapa, incluso muchos gobiernos árabes instrumentalizaron el problema de los refugiados, por esto decidieron mantenerlos en campamentos y limitar su integración en sus países, lo cual servía políticamente para sostener presión sobre Israel y preservar el conflicto como elemento movilizador regional. Países como Líbano restringieron severamente derechos laborales y civiles palestinos durante décadas. La “causa” era útil, pero no necesariamente acompañada de integración o solución, sino por el contrario, para “lucrar” con la causa y perpetuarla mientras existiera el Estado de Israel.

La transformación clave ocurre tras el año 1967. La derrota árabe en la Guerra de los Seis Días destruyó gran parte del prestigio del panarabismo clásico y abrió espacio para el nacionalismo palestino autónomo. Ahí emergen con fuerza organizaciones como la Organización para la Liberación de Palestina (fundada por el panarabismo en 1964) y figuras como Yasser Arafat.

En ese contexto, la Nakba deja de ser únicamente una “tragedia árabe” y se convierte progresivamente en el eje fundacional de la identidad nacional palestina moderna. El desplazamiento de 1948 pasa a interpretarse no solo como consecuencia de una guerra regional, sino como el momento constitutivo del despojo palestino.

A partir de los años 70 y especialmente desde los años 80, ocurre otro cambio importante: la internacionalización discursiva. La narrativa palestina comienza a adoptar lenguajes universales de descolonización, derechos humanos, memoria histórica y victimización nacional. La Nakba empieza a compararse con experiencias coloniales, apartheid, limpieza étnica y posteriormente incluso a usar términos como genocidio, aunque esas equivalencias son extremadamente discutidas desde el punto de vista histórico y jurídico, por lo que aparece una fuerte batalla narrativa.

Desde la narrativa israelí tradicional, el año 1948 fue principalmente una guerra existencial. La interpretación dominante sostiene que los refugiados palestinos fueron producto de una guerra iniciada por estados árabes que rechazaron el plan de partición de la Organización de las Naciones Unidas en 1947 y buscaron destruir al nuevo Estado judío. Bajo esa lógica, la responsabilidad principal del éxodo recaería en la guerra misma y en decisiones árabes, no en un plan centralizado de expulsión total.

Sin embargo, desde los años 80 surgieron los llamados “nuevos historiadores” israelíes como Benny Morris o Ilan Pappé, quienes revisaron archivos militares y cuestionaron partes de la narrativa israelí clásica. Morris documentó expulsiones, asesinatos masivos a población árabe local y desplazamientos forzados en ciertos sectores, aunque sin aceptar necesariamente la tesis de un plan genocida o de limpieza étnica total preconcebida, mientras que Ilan Pappé sí avanzó hacia interpretaciones mucho más radicales, como una posición minoritaria e invalidada con el tiempo por el análisis de historiadores de mayor trayectoria.

El problema fundamental es que la Nakba contemporánea ya no opera únicamente como categoría histórica sino como instrumento identitario, diplomático y político. Por ejemplo, desde sectores palestinos y activistas internacionales, la Nakba dejó de limitarse al año 1948 y pasó a concebirse como un proceso continuo de ocupación, asentamientos, bloqueos, desplazamientos y operaciones militares, las cuales serían expresiones de una “Nakba permanente”. Expandiendo enormemente el concepto.

Por otro lado, actores regionales han utilizado la Nakba según conveniencia estratégica. Durante décadas, distintos gobiernos árabes invocaron la causa palestina para legitimar autoritarismo interno, distraer tensiones domésticas o competir por liderazgo regional sin necesariamente priorizar una solución efectiva. Incluso hoy, estados que retóricamente apoyan la causa palestina mantienen intereses geopolíticos propios que muchas veces prevalecen sobre el bienestar palestino real.

Hubo además una instrumentalización desde organizaciones armadas, grupos como Hamás reinterpretaron la Nakba dentro de marcos islamistas y de resistencia armada permanente, donde el discurso deja de ser solamente nacionalista y adquiere dimensiones religiosas y civilizacionales.

Occidente también transformó el concepto. En universidades, ONGs y espacios activistas, especialmente desde los 2000, la Nakba comenzó a integrarse a marcos poscoloniales globales. El conflicto pasó a leerse muchas veces bajo esquemas simplificados de “colono vs indígena”, “opresor vs oprimido”, que a menudo reducen la complejidad histórica del conflicto, la dimensión regional árabe, el contexto de guerras interestatales y la expulsión simultánea de comunidades judías de países árabes tras el año 1948.

Esto último suele omitirse en muchos discursos contemporáneos, entre el año 1948 y los años 70, cientos de miles de judíos abandonaron o fueron expulsados de países árabes como Irak, Yemen, Egipto o Marruecos. La memoria regional quedó profundamente fragmentada y politizada.

Hoy la Nakba cumple varias funciones simultáneas:

  • Memoria histórica real de desplazamiento y trauma palestino.
  • Pilar fundacional de identidad nacional palestina.
  • Herramienta diplomática internacional.
  • Instrumento de movilización política y activismo.
  • Marco ideológico para reinterpretar todo el conflicto.
  • Elemento de guerra narrativa global.

Si se reduce a “propaganda inventada” sería incorrecto históricamente. Pero presentar la Nakba actual como si hubiera existido desde el año 1948 exactamente bajo los mismos significados políticos, jurídicos y discursivos también es falso. El concepto mutó profundamente según las necesidades políticas, ideológicas y estratégicas de cada etapa del conflicto, lo que no la hace menos válida como eje fundador de la identidad palestina, pero sí quita un poco de romanticismo que algunas esferas; principalmente occidentales, han buscado asignarle de modo innecesario.

M.Sc. Bryan Acuña Obando
Consultor Internacional.
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