Rubén Kaplan / Jerusalén: el corazón eterno del pueblo judío

El Día de Jerusalén (Yom Yerushalayim), que este año se conmemorará oficialmente el jueves 14 de mayo, correspondiente al 28 de Iyar del calendario hebreo, conmemora la reunificación de la capital histórica y espiritual del pueblo judío tras la Guerra de los Seis Días de 1967. Las celebraciones fueron adelantadas debido a la proximidad del Shabat. Mucho más que una efeméride nacional israelí, la conmemoración remite a una ligazón milenaria, religiosa, histórica y emocional que atraviesa la existencia misma del judaísmo. 

Jerusalén no constituye solamente una capital política. Es el corazón espiritual del pueblo judío desde hace más de tres mil años, desde que el Rey David la convirtió en capital de su reino alrededor del año 1000 AEC. La ciudad es mencionada centenares de veces en la Biblia, mientras que su sinónimo Sion representa desde hace siglos el anhelo de retorno, identidad y continuidad histórica del pueblo judío disperso por el mundo.

Ninguna otra ciudad ocupa un lugar semejante en la memoria, la liturgia y la conciencia colectiva judía. “Si me olvidase de ti, oh Jerusalén, que mi diestra olvide su destreza”, expresa el Salmo 137. A lo largo de siglos de exilio, persecuciones y diáspora, Jerusalén permaneció como eje espiritual de la identidad judía y símbolo permanente de esperanza nacional. El Hatikva (“La Esperanza”), himno nacional del Estado de Israel, refleja precisamente ese vínculo histórico y emocional al expresar la esperanza milenaria de regresar a la tierra de Sión y a Jerusalén.

Sin embargo, la centralidad judía de Jerusalén continúa siendo objeto de una persistente campaña de negación histórica, religiosa y política. Desde hace décadas, dirigentes palestinos, organismos internacionales y sectores islamistas intentan distorsionar o borrar la relación milenaria del pueblo judío con la ciudad, presentando incluso la presencia judía como una supuesta “judaización” de Jerusalén.

La Autoridad Nacional Palestina y distintos líderes religiosos musulmanes han llegado reiteradamente al extremo de negar la existencia histórica de los Templos judíos, pese a la inmensa acumulación de evidencia arqueológica, documental y religiosa. Paralelamente, organismos internacionales como la UNESCO han contribuido en numerosas ocasiones a legitimar narrativas que minimizan o relativizan la ligazón histórica judía con sus lugares sagrados.

No obstante, la historia y la arqueología continúan hablando por sí mismas. Diversas excavaciones realizadas en Jerusalén, entre ellas las impulsadas por la arqueóloga israelí Eilat Mazar, revelaron murallas, estructuras y sellos pertenecientes al período del Primer Templo y a la antigua monarquía israelita. Lejos de tratarse únicamente de tradiciones religiosas o relatos bíblicos, la presencia histórica judía en Jerusalén posee fundamentos arqueológicos y documentales imposibles de borrar mediante propaganda política o revisionismo ideológico.

Contrariamente a las acusaciones permanentes contra Israel, la soberanía israelí sobre Jerusalén ha garantizado como nunca antes la libertad de culto y el acceso a los lugares sagrados de todas las religiones. Entre 1948 y 1967, cuando la parte oriental de Jerusalén estuvo bajo ocupación jordana, los judíos tuvieron prohibido acceder al Kotel HaMaaraví (Muro Occidental), numerosas sinagogas fueron destruidas y el antiguo cementerio judío del Monte de los Olivos sufrió profanaciones y vandalismo. Incluso el acceso al Muro de los Lamentos estaba señalizado con carteles que lo identificaban como “Al-Burak”, el equino con el que, según la tradición islámica, Mahoma habría ascendido a los cielos.

El Día de Jerusalén encuentra este año a Israel atravesado todavía por las consecuencias de la masacre del 7 de octubre de 2023 y por un escenario regional extremadamente inestable, marcado por la amenaza estratégica de Irán, el permanente frente abierto con Hezbollah en el norte y la persistencia del terrorismo islamista en distintos frentes. En ese contexto, la disputa alrededor de Jerusalén adquiere una dimensión todavía más profunda y peligrosa.

La brutalidad de aquella masacre dejó aún más claro que el conflicto no gira exclusivamente alrededor de fronteras o territorios, sino también alrededor de la negación de la legitimidad histórica y espiritual judía. Los mismos movimientos que glorificaron o relativizaron las atrocidades perpetradas contra civiles israelíes continúan negando el vínculo milenario del pueblo judío con Jerusalén.

Paralelamente, la negativa de Hamas a desarmarse y abandonar el control terrorista de Gaza mantiene abierta la posibilidad de una nueva escalada militar. Incluso comienzan a surgir voces dentro de la propia población gazatí que responsabilizan al grupo islamista por la devastación sufrida y consideran indispensable su desarme para evitar nuevas tragedias. La creciente tensión regional y la posibilidad de una confrontación con Irán y sus organizaciones aliadas revelan hasta qué punto Jerusalén continúa siendo también un símbolo central dentro de una disputa ideológica y religiosa mucho más vasta que el conflicto territorial palestino-israelí.

La disputa alrededor de Jerusalén trasciende claramente la política regional. La negación sistemática del vínculo histórico judío con la ciudad se ha convertido también en una de las expresiones contemporáneas del antisemitismo, hoy nuevamente en expansión en numerosos ámbitos académicos, políticos y sociales del mundo occidental.

Como expresó Elie Wiesel, sobreviviente del Holocausto y Premio Nobel de la Paz, Jerusalén está más allá de la política. “Cuando un judío visita Jerusalén por primera vez, es un regreso a casa”. Ninguna campaña de falsificación histórica, ninguna resolución internacional ni ninguna amenaza terrorista podrá alterar una realidad construida a lo largo de más de tres mil años de historia.

Jerusalén seguirá siendo el corazón espiritual del pueblo judío, el alma de su memoria colectiva y el símbolo eterno de su continuidad histórica.

Rubén Kaplan.
Periodista y escritor
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