Hace algunos años, en una reunión ciudadana, una señora levantó la mano con desesperación y dijo:
“¿De verdad sirve participar? Porque ya nadie cree en nada…”
La recuerdo perfectamente.
No estaba enojada.
Estaba cansada.
Cansada de promesas.
Cansada de divisiones.
Cansada de escuchar todos los días que todo estaba mal, que nada servía y que no había esperanza.
El problema es que cuando una sociedad comienza a repetir constantemente que todo está perdido… poco a poco empieza a actuar como si realmente lo estuviera.
Y ahí comienza uno de los fenómenos más peligrosos para cualquier país, comunidad o generación:
El rechazo hacia lo propio.
La pérdida de identidad.
La vergüenza colectiva.
El desprecio automático hacia nuestra propia sociedad.
Eso tiene nombre: oikofobia.
Y cuidado.
Porque una sociedad no se destruye únicamente por violencia, crisis económicas o amenazas externas.
Muchas veces se destruye cuando deja de creer en sí misma.
Y algo todavía más delicado:
La oikofobia ha sido utilizada históricamente por extremistas religiosos y por extremistas de ciertas ideologías para debilitar sociedades desde adentro.
¿Cómo?
Destruyendo confianza.
Ridiculizando valores.
Dividiendo generaciones.
Convenciendo a las personas de que su historia, cultura, instituciones y comunidad no merecen ser defendidas.
Porque cuando una sociedad pierde identidad…
pierde cohesión.
Y cuando pierde cohesión…
se vuelve vulnerable a la manipulación.
Lo he visto muchas veces.
Lo vi en colonias donde los vecinos dejaron de participar porque pensaban que denunciar no servía.
Lo vi en jóvenes convencidos de que la corrupción era “normal” y que intentar hacer las cosas bien era perder el tiempo.
Lo vi en personas buenas que comenzaron a callarse porque sentían que ya nadie valoraba el esfuerzo, la honestidad o el compromiso.
Pero también vi exactamente lo contrario.
Y eso cambió mi manera de entender la ciudadanía.
Recuerdo perfectamente cuando comenzamos a impulsar modelos de participación ciudadana donde la gente no solamente protestaba… sino proponía y actuaba.
Al principio muchos dudaban.
Decían:
“No va a funcionar”.
“La gente no participa”.
“Nadie confía”.
“Todo está roto”.
Pero poco a poco ocurrió algo extraordinario.
Los ciudadanos comenzaron a denunciar.
Las autoridades comenzaron a escuchar más.
La sociedad comenzó a organizarse.
La gente empezó a sentirse acompañada.
Y algo todavía más importante:
La ciudadanía comenzó a recuperar confianza en sí misma.
Ahí entendí algo fundamental:
No se nace ciudadano.
Se hace ciudadano.
Y hacerse ciudadano requiere voluntad, disciplina, educación, empatía y responsabilidad.
Porque es muy fácil destruir.
Muy fácil criticar.
Muy fácil burlarse de todo.
Lo difícil es construir.
Hoy vivimos tiempos donde muchas personas creen que despreciar todo lo propio es sinónimo de inteligencia o modernidad.
Pero no lo es.
La crítica inteligente busca mejorar.
La destrucción permanente solo genera parálisis social.
Veamos algunos ejemplos históricos.
Después de la Segunda Guerra Mundial, países completamente destruidos como Japón y Alemania tuvieron dos opciones:
seguir atrapados en la humillación…
o reconstruir confianza colectiva.
Decidieron reconstruir.
No negaron sus errores.
Los enfrentaron.
Aprendieron.
Corrigieron.
Trabajaron.
Educaron generaciones completas bajo principios de disciplina, educación, responsabilidad y orgullo por reconstruir su sociedad.
Y décadas después se convirtieron en referentes mundiales.
Otro ejemplo extraordinario fue el trabajo de Antanas Mockus, a quien tengo el honor de considerar mi profesor.
Mientras muchos creían que la única manera de cambiar conductas era con castigos o fuerza, él demostró algo revolucionario:
Que la cultura ciudadana podía transformar una sociedad.
Logró que miles de personas comenzaran a respetar reglas no por miedo… sino por conciencia colectiva.
Eso no ocurrió por casualidad.
Ocurrió porque entendió algo esencial:
cuando una sociedad recupera dignidad y participación, comienza a cambiar su comportamiento.
Y eso aplica para todo.
Para la seguridad.
Para la economía.
Para la convivencia.
Para las familias.
Para las empresas.
Y para el futuro de un país.
Por eso hoy quiero hacer varios llamados muy claros.
Primero:
No alimentemos el derrotismo permanente.
Sí, hay problemas.
Sí, hay abusos.
Sí, hay errores.
Pero también hay millones de personas buenas trabajando todos los días para sacar adelante a sus familias y comunidades.
Segundo:
No normalicemos el cinismo.
Cuando una generación deja de creer en valores, reglas y participación… otros ocuparán ese vacío.
Tercero:
Participemos.
Desde algo tan sencillo como respetar reglas, denunciar, ayudar a otros, involucrarse en la comunidad o educar con el ejemplo.
Las sociedades fuertes no aparecen por magia.
Se construyen.
Cuarto:
Aprendamos a reconocer ejemplos positivos.
Porque sí existen.
Existen ciudadanos ejemplares.
Empresarios responsables.
Jóvenes brillantes.
Policías honestos.
Maestros extraordinarios.
Servidores públicos comprometidos.
El problema es que muchas veces hacemos más ruido alrededor de lo negativo que de lo constructivo.
Y finalmente:
No permitamos que nos roben la esperanza.
Porque cuando una sociedad pierde esperanza, pierde energía.
Pierde voluntad.
Pierde confianza.
Y termina perdiendo futuro.
Pero cuando una sociedad recupera confianza en sí misma, ocurre algo poderoso:
La gente vuelve a participar.
Vuelve a cuidarse.
Vuelve a construir.
Vuelve a creer.
Y cuando una sociedad vuelve a creer en sí misma…
se vuelve mucho más difícil derrotarla.
“Hacer el bien, haciéndolo bien”.
Por Luis Wertman Zaslav
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