Beatriz W. de Rittigstein / ¡Adiós, adiós! La despedida de Gustavo Petro

El presidente colombiano, Gustavo Petro, se dirige a la 80.ª Asamblea General de las Naciones Unidas en la sede de la ONU en Nueva York, EE. UU., el 23 de septiembre de 2025. (Credito de la foto: REUTERS/EDUARDO MUNOZ)

Muchos perciben semejanzas entre el fascismo y el socialismo; de hecho, el nazismo es nacional socialismo, es decir, en la génesis del nazismo hay elementos propios del socialismo.

Siguiendo el dicho popular: “los extremos se juntan”, vemos que tanto el fascismo como el “socialcomunismo” son ideologías radicales que en sus fases más acentuadas derivan en regímenes totalitarios. Ambas comparten dinámicas y métodos, así como características primordiales: el desprecio por la democracia, el régimen de partido único, control absoluto del Estado sobre la sociedad, centralización de la economía, rechazo al capitalismo, culto al líder, monopolio de los medios y propaganda, supresión de las libertades individuales y uso del terror para anular a la disidencia.

Más aún, con el surgimiento del llamado “socialismo del siglo XXI”, especialmente en países latinoamericanos, ocurrió un fenómeno que, a imitación de la extrema derecha, somos testigos de la germinación del fascismo de la ultraizquierda. De esta manera, a través de la red social X, el aún presidente colombiano Gustavo Petro, sin proponérselo, viene mostrando esta realidad.

De esta manera, tras la invasión y los brutales ataques de Hamas a las poblaciones del sur de Israel, el 7 de octubre de 2023, además de las serias embestidas de amplios sectores intolerantes, hemos visto manifestaciones antisemitas por parte de presidentes, entre ellos, uno de los más furibundos es Gustavo Petro, quien pone de relieve la postura incondicionalmente antiisraelí propia de la ultraizquierda, usando arcaicos libelos nacidos en la Edad Media. No podemos dejar de lado la estrecha relación que existió entre las guerrillas latinoamericanas y los grupos terroristas palestinos; así, quizás Petro haya tenido cercanos contactos con movimientos terroristas palestinos y en estos tiempos esté reviviendo sus seducciones juveniles, tomando en cuenta que la crueldad de las guerrillas colombianas es comparable a la de las bandas terroristas palestinas, ya sean las izquierdistas como el FPLP o peor aún, las tuteladas por el islam radical: yihadistas, genocidas, análogas al nazismo.

En las redes sociales, Petro utiliza la engañosa narrativa de Hamas para desinformar y demonizar al Estado de Israel. Por ejemplo: ha repetido las infladas cifras de muertos palestinos, en las cuales prácticamente sólo cuentan mujeres, aunque los nombres sean masculinos; del mismo modo, ha replicado imposturas como la del presunto uso de fósforo blanco. También ha insistido en contradecir los hechos históricos, recalcando la quimera de un Jesús palestino. En numerosas oportunidades, ha acusado al primer ministro Netanyahu de genocida o, peor aún, “genocida de bebés” a imitación del medieval libelo de sangre; cabe destacar que la Corte Penal Internacional, pese al interés del fiscal Karim Khan por demostrarlo, no ha podido encontrar pruebas de esta calumnia.

Petro niega ser antisemita y sostiene que censura a Israel y al sionismo, no a los judíos. Sin embargo, sus críticas no corresponden a esta afirmación, más bien demuestran un doble rasero contra el Estado judío y resulta obvio que busca deslegitimarlo. Por otro lado, ha agredido a la propia comunidad judía colombiana, recordemos que nombró a un falso rabino, de una corriente forjada, como director de la oficina de libertad de cultos adscrita al Ministerio del Interior; se trata de Richard Gamboa, quien presentó un certificado de rabino conseguido en una página web que los vende por $150. Este personaje es cercano al embajador de Irán y en los medios se le ha destapado su desconocimiento de la religión judía

En estos días, en su cuenta en X, Petro publicó el saludo nazi “Heil Hitler” en una disputa con otro partido político; no obstante, en este caso, el sarcasmo de Petro constituye una banalización del mal, aplicado a la oposición, con lo cual evidencia su nulo nivel democrático.
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