La reciente firma del Memorándum de Entendimiento por parte de la administración estadounidense con Irán ha vuelto a encender las alarmas en el aparato de seguridad de Israel. El acuerdo, que levanta sanciones inmediatas y abre los grifos del comercio petrolero a Teherán sin exigir a cambio un desmantelamiento real de su infraestructura nuclear o de su arsenal balístico, no solo altera el equilibrio geopolítico regional. Además, introduce cláusulas de contención que restringen severamente la libertad táctica de las Fuerzas de Defensa de Israel (FDI) para de manera preventiva neutralizar las amenazas en la frontera norte o ejecutar campañas de desmantelamiento total en el frente de Gaza, supeditando el derecho a la legítima defensa al arbitraje y aprobación internacional.
Sin embargo, este escenario restrictivo no es una anomalía coyuntural, sino la continuación de una constante histórica. El pragmatismo de las superpotencias dicta que los Estados no sostienen alianzas inamovibles, sino intereses estratégicos flotantes. Confiar ciegamente en que un tutor externo priorizará la supervivencia de su socio menor por encima de su propia agenda doméstica es sustituir la estrategia militar por un cuento de hadas. Un repaso por la historia diplomática bilateral expone con crudeza cómo, en cada momento crítico, la intervención de Washington ha operado para congelar victorias decisivas de Israel o forzar concesiones territoriales a cambio de promesas de papel.
El Barco Saint Louis y la doctrina de las puertas cerradas (1939)
El antecedente más temprano y descarnado de la desconexión entre la retórica humanitaria norteamericana y las crisis existenciales del pueblo judío ocurrió en mayo de 1939 con el MS Saint Louis. El transatlántico, que transportaba a más de 900 refugiados judíos que escapaban del régimen nazi, fue sistemáticamente rechazado por la administración de Franklin D. Roosevelt bajo tecnicismos de cuotas migratorias y el temor político a irritar al electorado aislacionista. Obligado a regresar a Europa, cientos de sus pasajeros terminaron en los campos de exterminio. El episodio fijó la primera lección: la supervivencia del socio no es una prioridad estratégica cuando colisiona con el cálculo político interno de la Casa Blanca.
La Era de McCarthy (1950): La paranoia anticomunista como mampara del antisemitismo
A principios de la década de 1950, la cruzada del senador Joseph McCarthy desató una histeria colectiva que impactó directamente la percepción del naciente Estado de Israel. Bajo la obsesión de la “caza de brujas” anticomunista, el aparato de seguridad de Washington resucitó viejos prejuicios, asociando deliberadamente a la población judía con tendencias de izquierda tras la ejecución del matrimonio Rosenberg.
Esta paranoia interna se tradujo en una profunda desconfianza hacia Jerusalén. El gobierno laborista de David Ben-Gurión, con sus estructuras socialistas y el colectivismo de los kibutzim, fue visto por el Pentágono y los sectores macartistas no como un aliado estratégico, sino como un potencial “caballo de Troya” de la Unión Soviética en Medio Oriente. El celo ideológico norteamericano sirvió para justificar un recelo institucional que supeditó el reconocimiento y apoyo al nuevo Estado a sus propios delirios domésticos de la Guerra Fría.
La campaña del Sinaí (1956): El ultimátum de Eisenhower
El primer gran choque militar donde la diplomacia estadounidense frustró una victoria decisiva de Israel en el terreno ocurrió tras la nacionalización del Canal de Suez por parte de Gamal Abdel Nasser. En una operación relámpago coordinada con Francia y el Reino Unido, las fuerzas israelíes destruyeron la capacidad operativa egipcia en el Sinaí en cuestión de días.
No obstante, la administración de Dwight D. Eisenhower aplicó una presión asfixiante sobre Jerusalén, amenazando con suspender transferencias financieras y ayuda económica privada. El veto diplomático forzó una retirada total y unilateral del Sinaí sin exigir un tratado de paz duradero, lo que salvó políticamente a Nasser y transformó una derrota militar aplastante en un triunfo político para el panarabismo.
La Guerra de Yom Kipur (1973): El puente aéreo condicionado
Durante el conflicto de 1973, la administración de Richard Nixon y su secretario de Estado, Henry Kissinger, ejecutaron una dosificación milimétrica del reabastecimiento militar mediante la Operación Nickel Grass. La doctrina de Kissinger no buscaba una victoria decisiva de Israel, sino evitar su colapso sin humillar irreversiblemente a los aliados árabes de la órbita soviética.
Cuando el Tercer Ejército egipcio quedó completamente cercado en el Sinaí por las fuerzas de Ariel Sharón, la presión política directa de Washington impidió su destrucción definitiva, imponiendo un alto el fuego que privó a las FDI de un desenlace concluyente en el frente sur.
Los Acuerdos de Camp David (1978): Tierra por promesas
Bajo los auspicios del presidente Jimmy Carter, Israel fue conducido a la firma de los Acuerdos de Camp David. Si bien el tratado neutralizó militarmente el frente sur con Egipto, fijó un precedente diplomático complejo basado en el intercambio de tierra por paz.
Israel entregó la totalidad de la península del Sinaí —perdiendo una enorme barrera geográfica estratégica, zonas petroleras desarrolladas y bases aéreas clave— a cambio de un reconocimiento diplomático y compromisos institucionales que quedaron atados a la estabilidad y voluntad del régimen de turno en El Cairo.
El caso Jonathan Pollard: El “Aliado” tras las rejas (1985)
Ningún hito expone con mayor nitidez la profunda asimetría y el pragmatismo despiadado de la relación como el caso de Jonathan Pollard, el analista de inteligencia de la Armada estadounidense arrestado en 1985 por transmitir información clasificada a Jerusalén. Los datos entregados eran vitales para la seguridad del país —incluyendo información detallada sobre el desarrollo de armas químicas y no convencionales en Irak y Siria que Washington ocultaba deliberadamente a su socio estratégico—. Sin embargo, la respuesta del sistema político y judicial norteamericano fue implacable.
Mientras espías de potencias enemigas directas recibían penas moderadas o entraban en intercambios diplomáticos, Pollard recibió una condena a cadena perpetua, convirtiéndose en el único ciudadano en la historia de EE. UU. en recibir tal castigo por pasar información a una nación aliada. Sucesivas administraciones bloquearon los pedidos de clemencia y utilizaron su encarcelamiento como una herramienta de presión constante durante tres décadas, demostrando que para el aparato de Washington, sus propios protocolos globales se sitúan por encima de las urgencias de su aliado.
Los Acuerdos de Oslo (1993): La legitimación del adversario
El proceso de Oslo, celebrado en los jardines de la Casa Blanca bajo la administración de Bill Clinton, representó el intento más profundo de moldear la estructura interna de la seguridad de Israel bajo premisas occidentales. El acuerdo forzó la legitimación de la Organización para la Liberación de Palestina (OLP) dentro de los territorios de Judea, Samaria y Gaza.
Al abandonar los principales centros de población, las FDI cedieron el control táctico a una entidad que mantuvo una doble agenda, mientras que las operaciones contra las infraestructuras terroristas nacientes quedaron bajo el escrutinio de la diplomacia norteamericana, que exigía preservar a la Autoridad Palestina como “socio para la paz”.
Las doctrinas de Obama y Biden: El suministro militar como bozal político
La manipulación del arsenal y de la asistencia de defensa no comenzó con las presiones de las administraciones republicanas, sino que fue perfeccionada como un mecanismo de chantaje blando bajo los mandatos demócratas recientes. Las administraciones de Barack Obama y Joe Biden institucionalizaron el uso de los suministros de armamento no como un respaldo incondicional a un socio acosado, sino como un freno de mano político destinado a limitar el alcance de las victorias decisivas de Israel:
Obama y el condicionamiento encubierto: Durante las operaciones militares en Gaza, la Casa Blanca de Obama implementó revisiones burocráticas exhaustivas y frenos deliberados a las transferencias de municiones tácticas de precisión y repuestos de aviación. El objetivo subyacente era forzar ceses al fuego prematuros que salvaran la infraestructura de Hamás, todo mientras se tejía a espaldas de Jerusalén el primer pacto nuclear con Irán en 2015.
Biden y el embargo selectivo: Fue bajo la administración de Joe Biden donde la dosificación de la ayuda militar mutó en una coerción abierta en los momentos más críticos del combate urbano moderno. La retención explícita de bombas de precisión y las amenazas públicas de suspender envíos estratégicos si las FDI avanzaban sobre los bastiones terroristas finales buscaron moldear las decisiones operativas del comando militar israelí, supeditando la seguridad de las fronteras locales a los vaivenes electorales del partido gobernante en Washington.
El mito de la reciprocidad: El ensañamiento y la luz verde al enemigo
El último y más descarnado eslabón de esta cadena de desencuentros prescinde de los modales diplomáticos. El exabrupto de Donald Trump al afirmar públicamente que Israel no duraría «ni dos horas» sin el respaldo militar de Washington expone una faceta brutal de la asimetría: la humillación calculada como método de sometimiento político. Al reducir la existencia misma del Estado a una mera variable de la beneficencia estadounidense, la Casa Blanca buscó debilitar el liderazgo interno y enviar un mensaje de subordinación a todo el país.
El ensañamiento público sirve para forzar la aceptación de un pacto con Irán que lesiona gravemente el interés nacional, utilizando la dependencia como un grillete. Sin embargo, el peligro mayor de esta retórica de desprecio no es solo interno: funciona como una explícita luz verde de ataque para todos los enemigos de Israel. Al declarar la supuesta vulnerabilidad del país y exhibir la fractura con su principal aliado, Washington emite una invitación abierta al eje comandado por Teherán, Hamás y Hezbolá, indicándoles que el paraguas protector es condicional y que el margen para la agresión regional está abierto.
En este complejo entramado de sintonías aparentes y recelos estructurales, emerge un dato geopolítico insoslayable que desnuda la verdadera naturaleza de la relación: no es casual que Israel sea el único país de Medio Oriente, entre los aliados históricos de Washington, donde no existen bases militares norteamericanas permanentes sobre el terreno.
Esta ausencia no responde a una falta de interés estratégico, sino a la terca convicción de que la custodia de la soberanía nacional no se terceriza ni se entrega a guarniciones extranjeras cuyo repliegue o inacción dependen de un hilo telefónico con el Pentágono.
La soberanía nacional y la disuasión pierden su credibilidad cuando la iniciativa defensiva se delega en un tercero. En el escenario internacional, los favores de hoy se transforman en las condiciones restrictivas de mañana; la seguridad real no se edifica esperando el milagro de un protector benévolo, sino asumiendo el costo y la autonomía de la propia defensa.
____________________________________________________________________________
Las opiniones, creencias y puntos de vista expresados por el autor o la autora en los artículos de opinión, y los comentarios en los mismos, no reflejan necesariamente la postura o línea editorial de Enlace Judío. Reproducción autorizada con la mención siguiente: © EnlaceJudío