Finalmente se conoció el texto completo del Memorando de Entendimiento de 14 puntos firmado entre Estados Unidos e Irán. Durante días, defensores y detractores del acuerdo debatieron sobre borradores, filtraciones y especulaciones. Inicialmente se había informado que la firma tendría lugar el 19 de junio. Sin embargo, ambas partes decidieron adelantarla y el acuerdo entró en vigor el 17 de junio, antes de la fecha prevista, coincidiendo con la reunión del G7 y en medio de crecientes presiones para que se conociera públicamente su contenido.
Ahora que el documento ha salido a la luz, resulta posible analizar no sólo sus objetivos declarados sino también las dudas que suscita.
Los tres primeros puntos establecen el cese de hostilidades entre Estados Unidos e Irán, incluyen expresamente al Líbano dentro del acuerdo y fijan un plazo de sesenta días para negociar un texto definitivo.
Sobre el papel, la propuesta parece razonable. Sin embargo, surge una pregunta elemental: ¿cómo puede garantizarse el fin de las hostilidades en el frente libanés cuando Hezbollah no es firmante del memorando? La organización terrorista ha celebrado públicamente el acuerdo, pero ello no implica necesariamente que renuncie a sus capacidades militares ni a sus objetivos estratégicos frente a Israel.
Los puntos cuarto, quinto y sexto se refieren al Estrecho de Ormuz y a la navegación marítima. Estados Unidos se compromete a levantar el bloqueo y retirar fuerzas de las proximidades iraníes, mientras que Teherán garantiza la libre circulación de buques y participa en futuras discusiones sobre la administración del estrecho.
Aquí aparece una primera observación. Varias de las concesiones son inmediatas, concretas y fácilmente verificables. Al mismo tiempo, algunos críticos señalan la paradoja de presentar como una concesión iraní el respeto de principios de libre navegación que ya forman parte del derecho internacional y cuya alteración contribuyó precisamente a desencadenar la crisis.
Los puntos séptimo, octavo, undécimo y duodécimo constituyen probablemente el núcleo económico del memorando. Allí aparecen un programa de reconstrucción valorado en al menos 300 mil millones de dólares, el levantamiento progresivo de sanciones, la reanudación de las exportaciones petroleras iraníes y la liberación de activos congelados.
Es precisamente esta sección la que concentra gran parte de las críticas. Los beneficios económicos para Teherán aparecen detallados con notable precisión y comienzan a materializarse antes de que se hayan resuelto definitivamente varias de las cuestiones estratégicas que dieron origen al conflicto.
El corazón del acuerdo se encuentra en los puntos noveno y décimo, dedicados al programa nuclear iraní.
Irán, cuya credibilidad en materia nuclear ha sido cuestionada reiteradamente por gobiernos occidentales, organismos internacionales y numerosos especialistas, reafirma que no desarrollará armas nucleares. Sin embargo, el destino definitivo de las reservas de uranio enriquecido, los mecanismos concretos de supervisión, los límites futuros al enriquecimiento y otros aspectos técnicos quedan sujetos a negociaciones posteriores.
Más aún, durante el período de negociación se mantendrá el statu quo nuclear.
Y aquí aparece probablemente el interrogante más importante de todo el memorando.
Si numerosos informes sostenían que Irán se encontraba peligrosamente cerca de alcanzar una capacidad nuclear militar, mantener la situación actual puede interpretarse de dos maneras completamente diferentes: como un congelamiento temporal del problema o como una preservación de capacidades cuya eliminación todavía no ha sido acordada.
El programa misilístico iraní, otro de los motivos centrales de preocupación para Israel, tampoco parece ocupar un lugar destacado dentro del texto difundido. A ello se suman declaraciones de Donald Trump sugiriendo que Irán debería conservar parte de su capacidad misilística, argumentando que otros países también disponen de arsenales similares.
Los puntos decimotercero y decimocuarto establecen mecanismos de supervisión y prevén que el acuerdo definitivo sea aprobado mediante una resolución vinculante del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas.
Sin embargo, tampoco aquí desaparecen las dudas. El texto menciona mecanismos de implementación, pero deja abiertos numerosos interrogantes acerca de los procedimientos concretos de verificación y las consecuencias ante eventuales incumplimientos.
A ello se suma una contradicción difícil de ignorar.
Mientras presenta el memorando como un éxito histórico, Donald Trump continúa advirtiendo que Estados Unidos volverá a bombardear Irán si considera que incumple sus compromisos. La amenaza militar permanece sobre la mesa incluso después de la firma.
Ello conduce a una pregunta inevitable.
Si el acuerdo resuelve los problemas fundamentales, ¿por qué resulta necesario seguir apelando a la amenaza del uso de la fuerza?
Las críticas tampoco se limitan a los medios de comunicación. En Israel, dirigentes políticos, ex responsables de seguridad, especialistas en asuntos estratégicos y numerosos analistas han expresado preocupación por un texto que, a su juicio, concede beneficios económicos inmediatos a Teherán mientras posterga la resolución definitiva de las cuestiones nucleares y misilísticas.
En Estados Unidos, las objeciones tampoco provienen exclusivamente de adversarios políticos de Donald Trump. Diversas figuras del propio Partido Republicano han cuestionado aspectos del memorando, argumentando que podría fortalecer económicamente al régimen iraní antes de verificarse plenamente el cumplimiento de sus compromisos estratégicos.
Los defensores del acuerdo sostienen que se trata de un primer paso destinado a evitar una guerra de consecuencias imprevisibles y crear condiciones favorables para una solución negociada. Esa posición merece ser considerada.
Sin embargo, la lectura de los catorce puntos deja una impresión difícil de disipar.
Los beneficios económicos, diplomáticos y estratégicos para Irán aparecen definidos con relativa claridad.
Las cuestiones nucleares que desencadenaron la crisis permanecen sujetas a futuras conversaciones, mecanismos aún no precisados y promesas cuya eficacia sólo podrá evaluarse con el paso del tiempo.
Quizá por ello la discusión más importante no consista en determinar quién ganó o perdió esta negociación.
El mayor interrogante es si estos catorce puntos representan una solución duradera o simplemente una nueva etapa dentro de un conflicto cuya resolución definitiva continúa pendiente.
Sin embargo, la lectura integral del memorando parece sugerir que, al menos en esta etapa, quien emerge como principal beneficiario es la República Islámica de Irán, mientras Israel observa con creciente preocupación la evolución de un acuerdo que dista mucho de despejar todos los interrogantes.
Rubén Kaplan
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