Hace apenas unos días, numerosos analistas aseguraban que la confrontación entre Estados Unidos, Israel e Irán se encaminaba hacia una etapa de distensión. Las negociaciones parecían avanzar, el presidente Donald Trump pedía moderación a Israel y diversos observadores interpretaban la tregua como el comienzo de una nueva etapa de paz regional.
Sin embargo, Medio Oriente posee una extraordinaria capacidad para desmentir pronósticos prematuros.
El derribo de un helicóptero Apache norteamericano cerca del estrecho de Ormuz y la posterior represalia estadounidense contra instalaciones vinculadas a sistemas de vigilancia y defensa iraníes volvieron a demostrar la fragilidad de la situación. A ello se sumaron las flamantes declaraciones de Trump, advirtiendo que Irán deberá “pagar el precio” por haber prolongado excesivamente las negociaciones, junto con informaciones sobre posibles nuevas acciones militares contra objetivos estratégicos iraníes, incluidos sistemas eléctricos e infraestructuras viales.
Todo ello puso nuevamente de manifiesto una realidad que muchos observadores parecen olvidar con frecuencia: una tregua no equivale necesariamente al fin de una guerra.
Quizá por eso resulte apropiada la imagen del péndulo de Foucault. Así como aquel experimento demostró visualmente el movimiento permanente de la Tierra, la política de Trump respecto de Irán parece oscilar constantemente entre la negociación y la presión, la diplomacia y la amenaza, así como una búsqueda denodada de un acuerdo y la disposición a recurrir a la fuerza cuando considera que las conversaciones no producen resultados.
Muchos críticos interpretan estas oscilaciones como señales de incoherencia. Otros las consideran parte de una estrategia deliberada destinada a maximizar la incertidumbre del adversario. Sea cual fuere la explicación correcta, lo cierto es que la sucesión de acontecimientos recientes demuestra que resulta arriesgado extraer conclusiones definitivas a partir de episodios aislados.
Hace apenas unos días se discutía si Trump estaba limitando la libertad de acción de Israel. Ahora el debate gira alrededor de la posibilidad de nuevos ataques estadounidenses contra objetivos iraníes. Ayer se hablaba de un acuerdo inminente. Hoy reaparecen los enfrentamientos, las amenazas militares y las advertencias de represalias.
La rapidez con que cambian los acontecimientos debería servir como advertencia para quienes proclaman victorias o derrotas definitivas antes de tiempo.
Pero persiste una cuestión vital.
Las posiciones fundamentales de los protagonistas permanecen prácticamente inalteradas. Irán continúa intentando preservar capacidades estratégicas y resguardar a Hezbollah, que Estados Unidos e Israel consideran inaceptables. Washington insiste en impedir que el régimen de los ayatolás se convierta en una potencia nuclear militar. Israel sigue observando el programa nuclear iraní como una amenaza existencial.
Mientras esos objetivos continúen siendo incompatibles, cualquier tregua será necesariamente frágil.
Por eso quizá el yerro no consiste en sobreestimar o subestimar a Trump. La falla radica en confundir pausas tácticas con soluciones estratégicas.
Las guerras pueden interrumpirse. Las negociaciones pueden avanzar o fracasar. Los altos el fuego pueden prolongarse durante semanas o meses. Pero los conflictos sólo concluyen cuando desaparecen las causas que los originaron.
Y hasta el presente nada de eso ha ocurrido todavía.
Rubén Kaplan
Periodista y escritor
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