Las recientes declaraciones atribuidas al rabino Dov Lando generaron polémica tanto en Israel como en el extranjero. Diversos medios resumieron su intervención bajo titulares que sugerían que el líder haredí había afirmado que “los soldados religiosos cometen asesinatos al servir en el ejército”, una formulación que provocó reacciones diversas al respecto. Sin embargo, al analizar con mayor detenimiento el contenido de sus palabras y el contexto doctrinal en el que fueron pronunciadas, resulta evidente que la discusión era considerablemente más compleja que la imagen proyectada por buena parte de la cobertura periodística.
Antes considero importante hacer una aclaración metodológica necesaria. No soy rabino ni experto en Halajá, ni pretendo serlo por supuesto. Mi formación pertenece al campo de las Relaciones Internacionales y el análisis político. Sin embargo, precisamente por esa formación, procuro acercarme a los temas complejos desde el contraste de fuentes, la reconstrucción de argumentos y el reconocimiento de que las tradiciones intelectuales, incluida la judía, rara vez son homogéneas.
La Halajá no es un cuerpo monolítico donde todos los rabinos interpretan idénticamente los mismos textos. Como ocurre en el derecho comparado o en la teoría política, existen escuelas, precedentes, corrientes hermenéuticas y desacuerdos que enriquecen el debate incluso dentro de los sectores más observantes del judaísmo. Dicho esto continúo evaluando lo relativo a las declaraciones del Rav. Dov Lando de la comunidad haredí lituana.
Este episodio constituye un ejemplo ilustrativo de un fenómeno cada vez más frecuente en el tratamiento mediático de asuntos religiosos, la traducción de debates jurídicos y teológicos altamente especializados al lenguaje de los titulares. El problema no radica únicamente en la necesidad de sintetizar información compleja, algo inevitable en el periodismo, sino en que esa simplificación puede terminar modificando el objeto mismo de la discusión. Cuando ello ocurre, el público deja de debatir el argumento original para reaccionar frente a una versión reducida que, aunque llamativa, ya no representa con fidelidad el razonamiento expuesto.
En este caso, la controversia no parecía girar alrededor del servicio militar en sí mismo ni constituir una condena indiscriminada contra quienes integran las Fuerzas de Defensa de Israel (FDI). El núcleo de la discusión se situaba en una cuestión mucho más antigua y profundamente arraigada en la tradición de la ley judía, la Halajá:
¿Bajo qué circunstancias una guerra puede considerarse moral y jurídicamente legítima?
La diferencia puede parecer sutil desde una perspectiva política, pero resulta determinante dentro del pensamiento jurídico judío.
La Halajá distingue desde hace siglos entre milḥemet mitzvá (guerra obligatoria) y milḥemet reshut (guerra discrecional). La primera hace referencia, en términos generales, a conflictos vinculados con la defensa inmediata del pueblo judío o con mandatos específicos recogidos en las fuentes clásicas. La segunda comprende aquellas guerras cuya justificación depende de circunstancias políticas o estratégicas y que históricamente estuvieron sometidas a condiciones mucho más restrictivas. Esta clasificación demuestra que el judaísmo nunca entendió toda guerra como automáticamente legítima, sino que desarrolló criterios para evaluar cuándo el uso de la fuerza resultaba compatible con la ética y el derecho religioso.
Dentro de ese marco parece situarse el razonamiento atribuido a Rav. Dov Lando. Su preocupación no estaría dirigida contra la existencia del ejército ni contra quienes sirven en él, sino contra aquellas decisiones políticas que, desde su interpretación, podrían convertir el prestigio del Estado o sus intereses estratégicos en fundamento suficiente para iniciar un conflicto armado. En otras palabras, la crítica estaría orientada hacia la legitimidad de determinadas guerras y no hacia la condición moral de todos los soldados que participan en ellas.
Esta distinción resulta esencial porque modifica completamente el sentido de la polémica, ya que no es lo mismo afirmar que un soldado incurre necesariamente en asesinato por el simple hecho de vestir un uniforme que sostener que una autoridad política puede incurrir en responsabilidad moral cuando inicia una guerra que no satisface los criterios establecidos por la Halajá. Ambas afirmaciones producen efectos públicos radicalmente distintos, pero buena parte de la cobertura mediática terminó presentándolas como si fueran equivalentes.
El trasfondo doctrinal de esta posición se encuentra en el principio de pikuaj nefesh, según el cual la preservación de la vida humana constituye uno de los valores superiores dentro del derecho judío. Desde esta perspectiva, la guerra nunca representa un bien en sí misma. Solo adquiere legitimidad cuando constituye el medio necesario para proteger vidas. Si un conflicto responde a objetivos distintos, la evaluación halájica cambia sustancialmente. Ese es precisamente el tipo de razonamiento que históricamente ha desarrollado el mundo haredí lituano, al cual pertenece Rav. Lando.
La tradición representada por figuras como Rav. Jaim de Volozhin, el Jazón Ish o Rav. Elazar Shach ha mantenido una actitud de cautela frente a la soberanía política. Para esta escuela, el Estado constituye una realidad con la que es necesario convivir, pero no adquiere automáticamente un significado religioso ni modifica por sí mismo los principios permanentes de la Halajá. El estudio de la Torá continúa siendo el eje central sobre el cual deben juzgarse las decisiones del poder político, incluidas aquellas relacionadas con la guerra.
Frente a esta visión se encuentra el sionismo religioso, inspirado en gran medida por Rav. Abraham Isaac Kook. Aunque Rav. Kook falleció antes de la creación del Estado de Israel, desarrolló una filosofía según la cual el retorno del pueblo judío a su tierra forma parte de un proceso histórico con significado espiritual. Desde esta perspectiva, la defensa del Estado podría adquirir una dimensión religiosa porque contribuye a preservar la continuidad del pueblo judío en su tierra ancestral.
Lo relevante es que ambas corrientes parten de las mismas fuentes tradicionales y reconocen la autoridad de la Halajá, pero organizan esos principios de manera distinta. El desacuerdo no enfrenta a religiosos contra secularistas, ni a observantes contra no observantes. Se trata de dos interpretaciones ortodoxas sobre la relación entre la soberanía política, la historia y la responsabilidad religiosa. Reducir este debate a una confrontación ideológica entre grupos a favor o en contra del ejército implica desconocer siglos de desarrollo jurídico dentro del judaísmo.
La cobertura periodística de esta controversia ilustra una dificultad habitual cuando se informa sobre cuestiones religiosas. Conceptos técnicos como milḥemet mitzvá, milḥemet reshut o pikuaj nefesh poseen un significado preciso dentro de la Halajá, pero suelen traducirse al lenguaje común mediante expresiones que pierden buena parte de su contenido jurídico. El resultado es que una discusión sofisticada sobre la legitimidad de la guerra desde las fuentes religiosas termina convertida en un titular que sugiere una condena absoluta del servicio militar.
Naturalmente, ello no significa que la posición de Rav. Lando esté exenta de críticas. También dentro del judaísmo ortodoxo existen objeciones importantes a su interpretación. El sionismo religioso sostiene que la defensa de la población constituye precisamente una expresión del principio de preservación de la vida y que, en un entorno estratégico como el de Israel, muchas operaciones militares no pueden evaluarse únicamente desde la lógica de la respuesta inmediata a una agresión consumada. Frente a las amenazas contemporáneas (misiles, terrorismo, organizaciones armadas no estatales o programas nucleares) se obliga a reconsiderar cómo aplicar categorías formuladas en contextos históricos muy distintos.
Por esa razón, el verdadero debate no consiste en determinar si Rav. Lando “estaba contra el ejército” o si sus críticos “defienden cualquier guerra”. La cuestión de fondo es cómo debe interpretarse la Halajá frente a un Estado judío moderno que posee instituciones democráticas, fuerzas armadas permanentes y responsabilidades de seguridad que no existían durante los siglos de la diáspora. Esa discusión permanece abierta y continúa siendo objeto de intenso debate entre algunas de las principales autoridades rabínicas del judaísmo contemporáneo.
Este episodio deja además una enseñanza metodológica que trasciende el caso concreto. Antes de aceptar o rechazar una declaración ampliamente difundida conviene preguntarse si el titular refleja realmente el argumento original o si constituye una simplificación destinada a facilitar su circulación pública. En materias tan complejas como la religión, el derecho o la filosofía política, reconstruir el contexto no representa un ejercicio de indulgencia hacia quien habla, sino un requisito indispensable para comprender aquello que realmente se está discutiendo.
La polémica en torno a Rav. Dov Lando demuestra que la Halajá continúa siendo una tradición viva, caracterizada por la existencia de escuelas interpretativas diversas que dialogan con problemas contemporáneos desde perspectivas diferentes. Comprender esa pluralidad no obliga a compartir ninguna de sus conclusiones. Simplemente permite sustituir la caricatura por el análisis y recordar que, en ocasiones, la discusión más importante no es la que aparece en el titular, sino la que permanece oculta detrás de él.
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