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Por José Emilio Amores

Antes que el pan y el vino es la fe. El hombre y la mujer necesitan creer en su destino. Y el destino no se piensa, se siente.

Es como ir de menos a más.

Recuerdo aquel pueblo de gente laboriosa que vivía alegremente sus faenas y gozaba por igual sus estancias caseras. Gente que gustaba de  la música y la poesía. Su fervor por las cadencias hincaba en el pueblo llano y en sus gobernantes. Hubo quien fuera buen músico, audaz guerrero y adúltero de ocasión –en las batallas y en la cama se lucha cuerpo a cuerpo por igual. Cuando niño mató a pedradas a un gigante. Tuvieron, también,  un jefe señalado por cantar del amor todos los cantares. Siendo hombre de buen gusto su voz iba más a las mujeres que a la guerra; amaba a todas sin distinción de raza, color o proveniencia; era un rey en el trono y un demócrata en la alcoba. Rey sabio, dicen.

Las gentes del pueblo hacendoso prodigaban sus afectos entre ellos. Con igual fervor rehusaban tener contacto con los pueblos vecinos, los del oriente y del sur. Fue precisamente su trato con los de lengua distinta a la suya lo que labró pesar en sus corazones.

– ¿Cómo es posible que los extraños vivan entre dos inmensos caudales de agua y nosotros apenas cerca de un mínimo arroyo?, ¡Vean! En el espacio limitado por los ríos la gente dispone de agua en abundancia. Dulces tierras que se visten de hortalizas, granos y praderas. Los habitantes del suelo fértil se bañan en agua perfumada de flores, saborean duraznos y beben jugos de cítricos con ciruelas. Nosotros, en cambio sólo de tarde en tarde podemos gustar la más grata de las bebidas: miel y leche, leche de sus senos, miel de su boca.

Además – prolongaban las lamentaciones – los pueblos situados entre los ríos pueden asir el fango, moldearlo con sus dedos y, ya cocido, usarlo como ladrillos para edificar sus casas con dos pisos de alto, lejos de humedades y alimañas. Como si jugaran al caserío las ponen alrededor de un altar a cielo abierto de amplia base y esbelta cúspide. En cambio nosotros, escasos de bienes, metidos tierra adentro, usamos pesadas piedras para levantar muros de poca altura: vecindades, templo y murallas.

Los del pueblo de las fatigas tenían razón. La tierra era avara, apenas suficiente para unos torcidos árboles productores de aceitunas, vides trepadoras cuajadas de pesados racimos y yerbajos mustios, pastizales de ovejas, cabras y vacas.

Curiosamente, a pesar del alimento magro, la gente del pueblo castigado alegraba las horas con sus cantos y alabanzas a la vida, el acto más hermoso de todos los días. El origen de la felicidad anida en saberse  vivo.

Aun así, no todo era bueno, algo les corroía por dentro: la imagen del otro. Veían a los pueblos de lengua ajena y con ellos se comparaban. De mirarlos y alternarse se sentían imperfectos. Perdían la estimación en sus personas. Humillaban su alma.

– No somos nadie.

Hacia el sur de su tierra existía un reino magnífico. Su existencia era increíble. A mitad de un desierto sin horizontes, un río lujurioso separaba arenas de un solo tajo. El agua – decían los de mayor edad – viene de las montañas donde moran dioses. Se hallan distantes para que ningún hombre las profane. En cambio las tierras planas a los lados del río son buenas para los hombres; doradas por el sol son pródigas en sembradíos verdes y  en vacas gordas. Además, a veinte pasos del agua está la dádiva de las palmeras, la fresca sombra y los dátiles de miel.

Fue el agua la que inició el coqueteo.

Hacia el desierto fertilizado por el enorme río se fueron las gentes del pueblo de los esfuerzos; sabían trabajar y con su labor, daban por seguro, serían bien recibidos. Lo cual fue cierto unos años. La justa recompensa y la buena vida les acomodaron en sus brazos. Se trocaron en personas de sueño largo y vientre amplio. Cuando hicieron costumbre la de convivir con el pueblo del gran río, ya mansos y conformes, fueron convertidos en esclavos. A su infortunio del pasado se sumó verse disminuidos a calidad de bestias de puja y carga. La gente del pueblo bueno sufría. Se sabía menos que los demás. Le envolvía la oscuridad de la autoestima negada.

– No somos nadie.

El Líder los escuchaba. Habrá que hacer algo por este pueblo. El hombre debe creer en sí mismo. La mujer debe creer en ella. Antes que el pan y el vino es la fe. El líder amaba al pueblo bueno. Decidió lo inevitable

– ¡Despierten! – Voz gruesa como el trueno y  recia como lanza de fierro – vengo a decirles  que el Dios mío es también el Dios de ustedes. Nuestro Dios está por encima de todos los dioses, es Único, Uno, Verdadero. Vengo a anunciarles que para Dios ustedes son su pueblo preferido.  Lo son porque cantan, danzan y enaltecen el prodigio de la vida. Ustedes saben que no hay muerte donde la vida reina. Dios los ama y los reclama. Serán, ya son, el pueblo superior sobre todas las razas. Dios los enaltece. Nada se opone a la voluntad de Dios

El pueblo de faenas prolongadas escuchó pasmado la recia voz.  Fascinado contempló al macizo hombre capaz de lanzarla sin trompetas.

¿Quién es? Su voz parece una montaña al desgajarse.

– Soy quien habrá de guiarlos a la tierra por Dios elegida para hogar de ustedes. Dios se las otorga en reconocimiento a su piedad.

Al escuchar al Líder el pueblo de trabajos rudos cayó de rodillas y después de bendecir el suelo se levantó para seguirlo a la tierra donde prodigar su familia. A ellos y solo a ellos Dios les confiaba una misión, poblar la tierra con una descendencia más numerosa que las arenas del mar. Por deseo supremo serían reyes de sí mismos y de los demás. Serían dueños de los dominios de todos los pueblos. Tenían fe.

Esa es la historia de Dios.

Dios nacido en el pueblo de Israel.

26 de septiembre de 2009

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