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Cuando se trata de inculcar valores, lo que cuenta son las cosas pequeñas.

SLOVIE JUNGREIS WOLFF

¿Cómo conviertes a una “buena familia” en una “familia grandiosa”?

Muchos de nosotros esperamos ese GRAN MOMENTO; tú sabes el momento al que me refiero. Al que hará una impresión increíble en las almas de nuestros hijos y los transformará en caballeros para toda la vida. Mientras esperamos esas lecciones que cambian la vida, perdemos los pequeños momentos que pasan, los encuentros pequeños e insignificantes que parecen perderse por siempre en las páginas de nuestro día.

Marzo significa escuela. Y escuela significa cuadernos, insumos y calzados nuevos. Así que aquí estoy, comprando zapatos para mi hija. Sacamos un número y esperamos pacientemente por nuestro turno. Caminamos hacia una banca y nos dicen que tomemos asiento. Pero éste es el problema: la madre que acaba de irse con sus hijos y pilas de cajas de zapatos olvidó algo. ¿O debería decir “algunas cosas”? En nuestro camino hay un pegajoso chupetín a medio terminar junto con papas fritas aplastadas y con pañuelos sucios. Mi hija hace muecas cuando pisa la gaseosa desparramada que fue absorbida por la alfombra.

Yo estoy asombrada. El vendedor trata valientemente de quitar todas las cosas del medio, pero uno debería preguntarse: ¿Quién dejó todo este lío aquí?

“¿No te enojas con todo esto?”, le pregunto yo al vendedor.

“No tiene sentido”, me contesta él. “Trato de hablar con los padres pero no puedo competir con sus celulares y con sus mensajes de texto. Soy feliz si me dan unos pocos minutos y finalmente deciden comprar algo”.

Nuestros hijos miran la forma en que dejamos nuestras mesas en la pizzería.

Aquí es donde todo comienza. Estos son los encuentros cotidianos que no deben ser pasados por alto. Estos son los momentos a los que se les resta importancia, pero que increíblemente hacen toda la diferencia del mundo. Nuestros hijos absorben la forma en que tratamos a la gente que nos ayuda en la vida. El vendedor de zapatos, el cajero, el conductor de autobús, la secretaria de la escuela, y la lista sigue y sigue.

Nuestros hijos ven la forma en que dejamos nuestras mesas en la pizzería. Hay bandejas repletas de salsa de tomates, con pedazos a medio comer y con servilletas estrujadas apiladas formando una montaña. Ellos internalizan la lección y ahora entienden que “está bien dejar la basura detrás de mí”; “siempre habrá alguien que limpiará detrás de mí”.

Una mujer que conozco invitó a una familia a pasar el fin de semana con la suya. Después que se fueron, descubrió las camas rotas de tanto saltar sobre ellas. Había pañales sucios junto con toallas húmedas esparcidas por todos lados.

Pensemos ahora sobre los “momentos insignificantes” y démonos cuenta de que podemos ayudar a moldear caballeros si trabajamos duro con los pequeños detalles. Los niños a los que se les enseña a ser considerados no sólo con sus cosas sino también con las cosas de los demás, crecen siendo respetuosos con su mundo y con sus habitantes.

“¿Qué Pasó con el Respeto?”

Una oscura noche de diciembre, un grupo de más de 30 adolescentes y jóvenes adultos destruyeron una granja histórica que perteneció al poeta Robert Frost. The New York Times describe el daño.

Hubo ventanas, platos y antigüedades rotas. Las sillas habían sido destruidas, los extintores de fuego pulverizados. Cerveza y vómito cubrían el interior de la casa. La gente del pueblo se preguntaba cómo podía haber ocurrido esto y se preguntaban “¿Qué pasó con el respeto?”.

Un sargento de policía comentó que después de fotografiar y tomar muestras de impresiones digitales de más de dos docenas de jóvenes, en particular no podía superar la indiferencia de uno de los adolescentes que le preguntó si podía utilizar la foto policial en su página de Facebook.

El GPS de la Torá

Necesitamos dirección mientras criamos a nuestros hijos. ¿Cómo podemos saber cuál es el mejor camino para inculcar esta semilla de respeto en los corazones de nuestros hijos?

La Torá es nuestro sistema de GPS incorporado, nos brinda sabiduría para la vida diaria. Mientras sigamos su guía, obtendremos valores y características personales tanto para nosotros como para nuestros hijos. La Torá y sus mitzvot nos proveen soluciones para vivir.

‘Baal Tashjit’ es una mitzvá que significa ‘no destruyas’. Viviendo en una sociedad de abundancia, es fácil destruir innecesariamente y ser derrochador. En el judaísmo, esto no sólo es considerado un rasgo personal deficiente, sino que también es considerado un pecado.

Los niños necesitan saber que dejan una impresión espiritual en todos los lugares adonde van.

Nuestros sabios nos enseñan que somos moldeados por nuestras acciones. Si arrasamos con el mundo que nos rodea, arruinamos más que sólo un jardín de flores o una cama. Extinguimos una fuerza interior que nos alienta a ser arquitectos de este universo.

Si queremos que nuestros hijos aprecien este mundo y que valoren sus posesiones, deben aprender a convertir esta mitzvá de baal tashjit en un principio esencial en sus vidas.

Encuentros Diarios

Hay ocasiones en las que podemos abrir los ojos de nuestros hijos a este principio fundamental de baal tashjit. La próxima vez que te sientes en un restaurante y esperes a que llegue tu orden, no permitas que tu hijo vacíe sobres de sal y de azúcar. Derramar comida sin razón alguna es baal tashjit. También lo es desmenuzar un pan en un millón de pedazos pequeños y, de paso, hacer mezclas de bebidas.

Decirles a nuestros hijos que hay “niños hambrientos en África que amarían su comida” no es una solución. Esto nunca funcionó contigo y no funcionará con tus hijos. Nuestros hijos necesitan adquirir un entendimiento más allá de las frases superficiales.

Nuestros hijos, la próxima generación, son los cuidadores de este universo y de todo lo que hay en él – desde los árboles y las flores hasta los bancos en los que se sientan. Cuando inculcamos en nuestros hijos una actitud de cuidado por el mundo desde que son pequeños, les mostramos que son responsables por sus acciones. Tienen la habilidad de preservar y mantener; están aquí para construir, no para destruir. Los niños necesitan saber que dejan una impresión espiritual en todos los lugares adonde van. Es una firma invisible que deberían firmar orgullosamente: Yo estuve aquí y marqué una diferencia. Y fue una diferencia positiva.

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