ANTOINE VITKINE/ ELCULTURAL.es

12 de julio 2011- En 2008, Antoine Vitkine realizó un documental televisivo en el que demostraba que toda la política de terror, expansión y limpieza étnica de Hitler ya estaba recogida en ‘Mein Kampf’ antes de llegar al poder. En este libro, el francés complementa ese trabajo con la historia del bestseller de Hitler desde que fue escrito hasta el presente y alerta de la buena acogida que tiene actualmente en los países árabes por su contenido antisemita. A continuación ofrecemos un fragmento.

La génesis de ‘Mein Kampf’

Múnich, capital de Baviera. Aunque devastada por los bombardeos de la guerra, subsiste en ella un centro urbano histórico. A la vuelta de una calle peatonal, la cervecería Hofbräuhaus todavía existe. Una verdadera institución. Fundada a comienzos del siglo xx y destruida durante la guerra, fue reconstruida exactamente como era. El mismo nombre, la misma fachada, tal como era en la década de 1920, cuando en la cervecería tenían lugar las reuniones políticas de los numerosos grupos y asociaciones que pululaban en una República de Weimar en ebullición. Dentro, la decoración es típicamente bávara. A ambos lados de largas mesas, consumidores en atuendo tradicional bávaro con inimitables sombreros de plumas, entre los que se mezclan turistas. Los camareros se abren paso con grandes jarras de cerveza que mantienen precariamente en las manos, en medio de conversaciones, risas y gritos. Cuesta creer que en esta cervecería Hitler llegara a ser Hitler y que, en esta misma cervecería, tuviera origen Mein Kampf.

En el otoño de 1919, Adolf Hitler, por entonces un joven cabo desmovilizado, sin fortuna, sin familia y sin trabajo, arrastra sus penas por las calles de Múnich, de taberna en taberna, de cervecería en cervecería. En el fondo, añora la guerra y las trincheras. A este pintor austríaco fracasado, a este marginal vagabundo que busca infructuosamente dar un sentido a su vida, la Primera Guerra Mundial le había ofrecido una experiencia apasionante. “La época más inolvidable y más sublime de mi existencia terrenal”, escribe en Mein Kampf. Gracias a la guerra, Hitler el austríaco se ha convertido en ardiente defensor de la nación alemana, tras haber probado ese poderoso y venenoso elixir que es el nacionalismo. En la posguerra, con el fin de continuar su labor en este sentido, el ex cabo ofrece sus servicios a los oficiales de información de la Reichswehr, el ejército alemán. “Cuando lo vi por primera vez, me dio la impresión de un perro vagabundo en busca de un amo”, cuenta más tarde el capitán Karl Mayr, que le ordena espiar los ambientes ultranacionalistas. El ejército quiere saber qué se trama en ellos y, eventualmente, utilizar esas nuevas facciones.

Es así como, en 1919, Hitler conoce al DAP, el Deutsche Arbeiterpartei, el Partido de los Trabajadores Alemanes. Es un grupúsculo de extrema derecha que se acaba de crear y cuya fama apenas traspasa los límites de la ciudad. Un partido entre una gran cantidad de grupúsculos que preconizan un racismo y un nacionalismo exacerbados. Hitler, en cumplimiento de la orden recibida, se afilia a él para servir a los intereses políticos del ejército. Su tarjeta de afiliado lleva el numero 555. Sin embargo, muy pronto, el agente infiltrado toma conciencia de que las ideas y los discursos del DAP son la expresión verbal de lo que él piensa sin haberlo sabido formular hasta entonces. Un día, en el curso de una reunión, desde el fondo de una sala, se atreve a hacer uso de la palabra. Descubre entonces su talento y su vocación de orador.

24 de febrero de 1920. Esa noche, el Deutsche Arbeiterpartei celebra una reunión política en la cervecería Hofbräuhaus. Hay dos mil personas reunidas, atraídas por una intensa campaña de carteles. Descubren a un desconocido: Adolf Hitler, de treinta años de edad. Aún se encuentra a la sombra de los fundadores, el antiguo cerrajero Drexler y su amigo Harrer, pero cuando toma la palabra, el joven Hitler se destaca de inmediato por su poderoso talento de orador, que cautiva instantáneamente a los oyentes. Agita también al auditorio por la violencia de sus opiniones, particularmente contra los judíos. Y proclama: “Para poder gobernarnos por nosotros mismos hay que expulsar a los judíos. Nuestras palabras sólo deben tener una utilidad, un único fin: la lucha.” Esa noche, según los testigos, Hitler enardece a su auditorio. “Seguiremos imperturbablemente nuestro camino hasta la victoria”, proclama con una fuerza de convicción que estremece a los militantes más curtidos.

Hay que imaginarse a Hitler con camisa oscura, encaramado a un estrado improvisado. Arenga a un público heteróclito, militares que no están en activo y cobran la mitad del sueldo y simples ciudadanos que padecen de manera violenta las repercusiones de los acontecimientos de los años anteriores: la derrota de 1918, el humillante Tratado de Versalles, que impone reparaciones y pérdida de territorios, el cambio de régimen, por el que se pasa de una monarquía autoritaria a una democracia parlamentaria, la crisis económica, la inflación, los comunistas que se movilizan, los partidos que se destripan entre sí, los artistas decadentes y provocadores. El ambiente del momento alimenta su indignación y su odio. Y además esos judíos, otrora discriminados y sometidos a rigurosos numerus clausus que les impedían el acceso a muchas profesiones, están en ese momento, según los agitadores antisemitas, en todas partes, incluso en el gobierno. Por todas estas razones, los partidarios de la reacción, el autoritarismo o el xenófobo repliegue sobre sí mismos encuentran una audiencia en constante crecimiento.

Ese 24 de febrero de 1920 se ha encargado a Hitler que lea el programa del partido. En veinticinco puntos, este programa exige una Gran Alemania, que se reserve únicamente para alemanes el acceso a la ciudadanía, con exclusión expresa de los judíos, que se dejen sin vigor los tratados de armisticio y que se adopten medidas anticapitalistas. En resumen, un programa a la vez nacionalista y socialista. Ésta es, por otra parte, la razón por la cual se anuncia al final de la reunión que el DAP cambia de nombre: en adelante se llamará NSDAP: Partido Nacionalsocialista de los Trabajadores Alemanes.

El éxito de Hitler esa noche en la Hofbräuhaus tendrá sus consecuencias. En julio de 1921 se convierte en jefe del NSDAP, en el “Führer”, por encima de otros más curtidos y con más galones que él. Un ascenso indudablemente rápido, si se piensa que el hombre ha llegado al NSDAP-DAP en calidad de joven chivato al servicio del ejército. Pero su vocación de orador le permite sortear las dificultades. “La gran masa de un pueblo no está compuesta por profesores ni por diplomáticos. Es poco accesible a las ideas abstractas. Por el contrario, será más fácil dominarlo en el terreno de los sentimientos y es allí donde se encuentra la secreta energía de sus reacciones”, teoriza en Mein Kampf.

Llega 1923, un año difícil para Alemania. El Tratado de Versalles ha condenado al país a indemnizar con 269.000 millones de marcos a los vencedores de la Gran Guerra, lo que la economía alemana, en mala situación, no está en condiciones de satisfacer. Entonces, en enero, para resarcirse, las tropas francesas y belgas ocupan la cuenca del Ruhr, corazón industrial del país. La humillación es insoportable. En Alemania se protesta más o menos por doquier, se declaran huelgas. Se multiplican los despidos, los precios se disparan, el marco se hunde. La inestabilidad política es máxima. El 26 de septiembre, en Berlín, el presidente de la República, Ebert, decreta el estado de emergencia.

Hitler y los suyos tienen la impresión de que la República de Weimar se ha puesto de rodillas. ¿Ha llegado la hora de actuar? ¿Acaso el año anterior un tal Benito Mussolini, del otro lado de los Alpes, no había conseguido derrocar la democracia italiana con una espectacular marcha sobre Roma? ¿Por qué eso no iba a ser posible en Alemania?

Orador arrebatado que en las cervecerías sabe hablar a las masas en nombre del NSDAP, Hitler no es menos capaz de adoptar buenas maneras cuando quiere hacerse aceptar en los círculos burgueses reaccionarios de Múnich. También ésta es una de sus fuerzas y una de las razones de su fulgurante ascenso. De esa manera, el joven cabecilla del nuevo partido laborista convence al prestigioso general Ludendorff, ex jefe del estado mayor del káiser, de que se asocie con él, a fin de dar un golpe de fuerza.

El 8 de noviembre de 1923, la Historia se decide en otra cervecería de Múnich. La Bürgerbräukeller. Los principales gobernantes bávaros celebran allí una reunión pública ante tres mil personas, principalmente burgueses inquietos por la situación. Descontenta de la política del poder central, Baviera amenaza efectivamente con separarse y ha decretado su propio estado de emergencia. De pronto, un grupo de hombres irrumpe en el lugar: es Hitler flanqueado por militantes del NSDAP y de la SA en uniformes pardos reunidos a toda prisa, entre los que se halla un héroe de la aviación, Hermann Göring. Luego llega el general Ludendorff, aureolado de su gran prestigio. Hitler sube al estrado, revólver en mano, y se lleva a los dirigentes bávaros a la sala de atrás.

Allí exige que se le entregue el poder.

Para salir de esa difícil situación, los políticos ofrecen vagas garantías y abandonan rápidamente las instalaciones. Hitler comprende poco a poco que el poder que espera no es más que una promesa sin intención de cumplimiento. Al amanecer, Hitler y los suyos deciden apoderarse del Ministerio del Interior de Baviera. Con Baviera en su poder, piensan, tomarán luego la capital, Berlín. La reducida tropa desembarca en la gran plaza de Múnich, la Feldherrnhalle. Un hombre joven lleva la bandera del NSDAP. Se llama Heinrich Himmler. Frente a ellos, un centenar de policías, prevenidos del intento de golpe de Estado, los espera fuertemente armado. Tras un breve cara a cara, resuenan los tiros. Se cuentan dieciséis bajas mortales del lado nazi y cuatro del de las fuerzas del orden. El propio Hitler queda ligeramente herido en un hombro. Más tarde, dedicará Mein Kampf a los dieciséis muertos de la Feldherrnhalle. La propaganda nazi convertirá ese golpe frustrado, ese lamentable fracaso, en la escena inaugural de la epopeya hitleriana.

De momento, los amotinados se dispersan y el Führer se refugia en la casa de su amigo Ernst Hanfstaengl, propietario de una hermosa villa en los suburbios. Es allí donde, dos días después, la policía lo encuentra postrado, abatido. Persuadido de que está acabado, redacta su testamento político.

Fortalecido por una fe inquebrantable en su estrella, Adolf Hitler se recupera y abriga ciertas esperanzas. En el furgón celular que circula por las pequeñas carreteras de Baviera, sabe que en adelante, gracias al “golpe de la cervecería”, que fue titular de primera página, toda Alemania conoce su nombre. Derrotado y famoso a la vez. ¿Resistirá esta repentina celebridad en el encarcelamiento que le espera en esta ciudad, Landsberg? ¿Se detendrá su destino político en el momento en que se cierre la pesada puerta de la fortaleza?

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