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El Shemá y los Rabinos

 

NICK BABANI

El Holocausto del que fueron víctimas los judíos de Europa, provocó que muchos niños judíos fueran adoptados por conventos católicos. No se trataba de una acción misionera, sino que los pobres padres que querían salvar las vidas de sus hijos, elegían a veces este camino. Dejaban entonces bebés y niños en los orfanatos de la Iglesia. Allí estos recibían alimento y protección. Miles de niños se salvaron así de las cámaras de gas.

Concluyó la guerra. Se detuvo la máquina de exterminio nazi. Muchas asociaciones y centros de refugiados, se ocuparon de volver a reunir familias y registrar datos. Mas los desaparecidos, superaban en número, miles de veces a los que eran hallados. Lentamente, comenzaron a llegar noticias sobre los niños que fueron depositados en las iglesias. Se descubrió que gran parte de los chicos que se encontraban allí, no eran reclamados. Fue enviada una comisión integrada por los rabinos Silver y Gurfinkel desde USA y Gran Bretaña para tratar de devolver a estos niños al seno de su Pueblo.

Los rabinos se dirigieron al primer convento y pidieron hablar con la máxima autoridad. “Por supuesto que no nos oponemos que los niños vuelvan a sus hogares, a ver a sus familiares”. ¿Pero… cómo sabrán distinguir cual niño o niña es judío?  Nosotros no acostumbramos a señalar el origen o religión de los chicos.

“Pues la lista de nombres nos ayudará”, contestaron. “La revisaremos y aquellos que suenen como judíos, nos demostrará su origen”.  “No, no, no; ¡no acostumbramos a hacer las cosas así!”, dijo el cura enfurecido. “Tenemos que ser detallistas al máximo. No es posible dejar ni una posibilidad de error. Exijo seguridad y pruebas fehacientes en un cien por cien, no menos. Tomen el ejemplo del apellido Miller. Ustedes dirán que  se trata de alguno de origen judío.

Sin embargo hay cientos de personas que se llaman así y no son judías. El mismo caso es con los Raijman o Daitch. Son apellidos populares de alemanes y polacos. No es posible liberar niños, por el mero sonido de un nombre. Los Rabinos intentaron convencerlo con buenos argumentos, pero él seguía con la suya. “Solo permitiré que se retiren niños con la total seguridad de que son judíos”. ¿Qué hacer? La mayoría de los niños fueron separados de sus familias cuando eran muy pequeños y no podían recordar por sí solos sus orígenes.

¿Documentos? Imposible encontrarlos después de semejante destrucción. Los Rabinos hicieron un nuevo intento para convencer al sacerdote y éste perdió la paciencia. “Lo siento mucho. Ya les di demasiado de mi tiempo. Decidan ya qué hacer. Les otorgo solo tres minutos”.  Parecía que todos los esfuerzos iban a caer en saco roto. El corazón de los Rabinos se partía del dolor. De acuerdo a la información que tenían, decenas de niños judíos se hallaban en este convento, y solo contaban con tres minutos… Los labios murmuraron una pequeña plegaria al Amo del mundo, para que los ilumine con una idea que permita discernir entre cientos de niños y niñas,  que eran Yehudim y sólo en tres minutos, que es lo que tenían permitido.

Sus rezos fueron escuchados. A la mente de uno de los Sabios llegó una increíble idea. “¿Podemos utilizar los tres minutos cuando queramos?” “Si” fue la respuesta. “Entonces, vendremos cuando lo niños se acuesten a dormir”. “A las siete en punto”, fue la respuesta del cura, que no ocultaba su desdén por la testarudez y perseverancia de los Rabinos y esperaba ansiosamente la llegada de la hora señalada, para saber realmente qué es lo que tramaban. ¿Para qué irse y volver? Cuando el reloj dejó oír las siete campanadas, todos los pupilos se encontraban, después de un pesado día, acostados en sus camas, ordenadas una al lado de la otra en el gran salón. Los Rabanim caminaron hacia el centro de la habitación. Uno de ellos se paró sobre un pequeño banquillo y esperó.

Un silencio total reinó allí. De todas partes, pequeños ojitos se dirigían a él. Y así con voz calma, el Rabino  pronunció seis palabras que penetraron en la sala de punta a punta:

“Shemá Israel Hashem Elokenu Hashem Ejad” (Oye Israel, Hashem es nuestro Di-s,  Hashem es uno). En un instante se oyeron murmullos de todos los  extremos del salón. Vocecitas con llantos y palabras entrecortadas:  “Máme”, “Mámele”, “Mamá”. Cada niño en su lengua, buscaba a su madre. A ella, que unos años antes, en el momento de acunarlo y taparlo cada noche antes de dormir, y antes de darle el beso de “buenas noches”, le susurraban al oído estas palabras, que son la base de la Fe judía. Palabras que todo niño judío sabe:

“Shemá Israel Hashem Elokenu Hashem Ejad”.

El sacerdote bajó la vista. Los Rabinos lo lograron. Pudieron liberar a  los niños perdidos. Los pocos segundos que cada madre dedicó noche a noche al acostar a sus niños, fueron los que mantuvieron unidos a su pueblo.

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