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ANGELINA MUÑIZ-HUBERMAN

 

Interludio de un asombro en las afueras

cuando la ciudad no ha sido tomada

y los muros asediados no se desmoronan:

alguien grita paz y no será escuchado

 

Corren las sombras por las alturas

y el ejército en tierra niega el sol

cantimploras derraman agua del deseo

árido desierto promete el amanecer

 

Pero es poca la parsimonia de la palma

y largo el trazo de la olvidada ruta

si hubiera un pasadizo entre la fuente y la tumba

aún podría desmadejarse la esperanza de la vida

 

No queda nada y el camino ha sido trillado

¿cómo, entonces, descreer del fragor de la batalla?

¿qué silencio enunciar en las muertes apisonadas?

¿quién conoce el sonido del cántico arrastrado?

 

Es la hora de la ablución y del rezo alucinante

las blancas túnicas reciben aire candoroso

las manos extendidas abren sus dedos de dos en dos:

que así señalan la gracia del oasis emprendido

 

La alta fortaleza se contempla en sus cisternas

los graneros desbordan trigo y cántaros de miel

abajo, los soldados romanos afilan sus espadas

arriba, los zelotes cuentan con Dios

 

Breve pausa antes del ataque final

momento que divide la línea en sus puntos

no se sabe de la derrota ni del triunfo:

los que van a morir echan a suerte su suerte

 

El punzón marca las letras sobre la tablilla:

no será leído el alfabeto ni desmenuzado

el mensaje de obstinada trasparencia

que ya se anuncia el fin de la tregua

y aún no ha sido cerrado el fin de los tiempos.

 

 

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