AURORA MÍNGUEZ/EL CONFIDENCIAL

En los patios de las escuelas alemanas se oye “Du, Jude” (tú, judío) como un insulto habitual entre los chavales. En los campos de fútbol de las ligas regionales no es extraño escuchar “a los judíos hay que enviarlos de nuevo a las cámaras de gas”, “Auschwitz se reabre” o “las sinagogas tienen que arder de nuevo”. Parecen exageraciones pero son informaciones que han publicado todos los medios de comunicación de la República Federal en estos últimos días coincidiendo con el Día Mundial en recuerdo de las Víctimas del Holocausto, el 27 de enero. La misma fecha en la que en 1945 el Ejército Rojo liberó el campo de exterminio de Auschwitz.

También ha recogido la prensa alemana los datos de la última encuesta de la empresa Forsa según los cuales el 21% de los jóvenes menores de 30 años que viven en la República Federal no saben explicar qué significa o qué hay detrás de la palabra “Auschwitz”. Sólo uno de cada tres adultos alemanes sabe que ese campo de exterminio se encontraba en el sur de Polonia. Y la mitad de los encuestados admitía que nunca ha visitado un campo de concentración.

En un veinte por ciento de la población alemana se puede constatar que hay un sentimiento antisemita latente, según denuncia un informe oficial presentado la semana pasada en el Bundestag o Parlamento alemán. Y no es esto lo peor: ese mismo informe sobre el antisemitismo en Alemania subraya que ese sentimiento negativo está ya en el centro de la sociedad germana, en todas las capas sociales, y que se mantiene en niveles igualmente altos en España, Portugal, Polonia y Hungría. Además, internet se ha convertido en la mejor autopista de información e intercambio de todo tipo de manifiestos racistas, extremistas y xenófobos, de los cuales hacen también uso los jóvenes de origen árabe y los simpatizantes islamistas que conviven con nosotros en Europa.

Ciegos del ojo derecho

La reacción del Gobierno alemán ha sido muy, muy discreta. Abochornados deben estar aún ante el hecho de que un grupo de tres neonazis de la localidad oriental de Zwickau haya estado matando impunemente durante los pasados diez años a más de una docena de personas (entre ellos varios inmigrantes turcos) en varios puntos del país sin que la policía atara cabos. Más bien se tiene la impresión de que contaron con la protección de miembros de las fuerzas de seguridad en su ‘caza humana’. La canciller y su más que mejorable ministra de Familia y Asuntos Sociales, Christina Schröder, parecen no querer hacer distingos entre el extremismo de derechas y de izquierdas, ignorando el hecho de que desde que cayó el Muro, hace 21 años, y según datos oficiales, 160 personas han muerto a manos de radicales de derecha en este país y sólo una a manos de un seguidor de la ya desaparecida RAF (Rote Armee Fraktion, la Fracción del Ejército Rojo). La ministra Schröder, en una mezcla de candidez o de ceguera, ha llegado a afirmar que el antisemitismo existe fundamentalmente en el Partido de la Izquierda y que hay también extremistas de izquierda en los márgenes del SPD, es decir, de los socialdemócratas. Tal vez por eso los neonazis se manifiestan de vez en cuando protegidos por la policía.

Ese 27 de enero, el Día Mundial en memoria de las Víctimas del Holocausto, fue la fecha elegida por una Asociación de Estudiantes y Académicos vieneses de tendencia ultraconservadora para celebrar un gran baile de sociedad en el Hofburg, el Palacio Imperial de Viena. ¿Casualidad? Ninguna. El baile se celebra todos los años, y se podía haber cambiado el día para no coincidir con esa conmemoración. Además, en esta ocasión se había invitado –¡¡ sorpresa!!- a Marine Le Pen y a otros destacados dirigentes de la extrema derecha europea. Todos ellos fueron saludados cordialmente por el líder del Partido Liberal, Heinz Christian Strache (el sucesor de Jörg Haider) y la policía vienesa protegió a los asistentes desplegando mano dura contra los cinco mil manifestantes que protestaban en las puertas de Palacio y en la Heldenplatz. Hubo, por cierto, 20 detenciones y 9 personas heridas. Y Strache dijo a los asistentes del baile, refiriéndose a los manifestantes: “Somos los nuevos judíos” y “las protestas contra este baile son como la Noche de Cristal”.

En España se puede negar el Holocausto

Algo muy insano está pasando en Europa, subvertidos y olvidados casi todos los valores por la crisis, cuando nadie lanza un grito de alarma contra estos hechos. Cuando nadie –y tampoco Bruselas- toma medidas enérgicas ante la deriva nacionalista y antisemita en Hungría, donde los neonazis y sus compañeros de viaje –el partido Jobbik, socio del gobierno de Viktor Orban- llaman a su capital “Judapest” y afirman que el país está siendo dominado por el FMI, los Estados Unidos e Israel. Y cuando este gobierno persigue a los gitanos y a aquellos de sus ciudadanos que no tienen suficiente sentimiento ‘nacional’.

También en España existe un antisemitismo residual, que se mezcla y se confunde con las críticas al Estado de Israel y a sus gobiernos y que vincula conceptos distintos en el tiempo y las circunstancias. Una cosa es el Holocausto, un hecho único en la Historia de la Humanidad, y otra muy diferente el trato que Israel da a la población palestina en los territorios ocupados que es, por supuesto, criticable. Pero falta -parece mentira- información y datos históricos claves al respecto y sobran los estereotipos.

Además, en nuestro país hay otro problema que puede alimentar el antisemitismo local. Como consecuencia de una sentencia del Tribunal Constitucional del 7 de noviembre del 2007, en España se puede negar el Holocausto pero no justificarlo. Es decir, el negar la Shoà se considera parte de la libertad de expresión y no implica una adhesión al neo nazismo, según nuestro más alto Tribunal.

Algo de lo que se aprovechan, naturalmente, quienes ofrecen y divulgan propaganda revisionista en librerías y en mensajes distribuidos por internet en toda el área de lengua hispana. Mensajes cargados de violencia y desprecio al género humano que a veces se traducen en asesinatos o matanzas. Tal vez ha llegado el momento de tomarse el antisemitismo un poco más en serio.