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ANDRÉS ORTEGA/EL PAÍS

Frente al crecimiento de los islamismos, Occidente está perdiendo pie e influencia en Oriente Próximo y el mundo árabe en general, y entre los occidentales, los europeos mucho más que Estados Unidos.

La Asamblea General de Naciones Unidas ha aprobado acoger a la Autoridad Palestina como “Estado no miembro observador” a pesar de la oposición de EE UU (y no digamos de Israel). Ha sido un paso importante para Palestina, no sólo por sus efectos simbólicos y prácticos, sino también porque en el camino se ha cobrado una pieza importante: la Unión Europea. No es que hubiera que esperar una unanimidad imposible entre los 27 dadas sus diferentes historias e intereses. Alemania, que en razón del Holocausto, nunca hubiera votado en contra de Israel, esta vez se ha abstenido. Y solo han votado en contra los checos. En general, esta vez ha habido más unidad europea, pero sin consecuencias. Y con todo esto, ¿dónde ha quedado el Cuarteto (EE UU, Rusia, la UE y la ONU)?

Occidente no está sabiendo situarse bien ante un convulso mundo musulmán, y más específicamente árabe. Nunca ha sabido como tratar el islamismo, o los islamismos, pues son varios. Aunque España sí tuvo entonces una actitud dialogante, los europeos no supieron hacerlo en la Argelia de finales de los 80 ante el experimento del Frente Islámico de Salvación que acabó con el golpe de Estado de 1991 apoyado por Francia, que llevó a una guerra civil. Ni ante la victoria de Hamás en Gaza en 2006. Y ahora tampoco frente a la ola islamista en Túnez, Egipto y otros países encuentra una posición, quizás porque su capacidad de influencia es baja, a pesar del dinero que recibe Egipto de EE UU. A los europeos les incomoda la Turquía musulmana –a la que la UE cierra su puerta- y el islamismo democrático de Erdogan. El triunfo islamista en tantos países del norte de África no llegó, sin embargo, como una sorpresa para muchos gobiernos. Era lo esperable. Y aunque hacen movimientos más que preocupantes, como en el caso del presidente egipcio, Mohamed Morsi, frente al salafismo los Hermanos Musulmanes se presentan como los moderados. Morsi lucha por el islamismo contra el laicismo (que tuvo una fuerza considerable en las urnas aunque no se tradujera en escaños ni en posibilidades presidenciales). Pero también lucha contra el antiguo régimen de Mubarak que aún conserva muchos resortes de poder. En todo caso hay que recordar que la unión de dos vocablos como “democracia” y “cristiana” tardó siglos en fraguarse en nuestra Europa.

El auge de los Hermanos Musulmanes también trastoca los cálculos de Occidente que ve con satisfacción como la influencia chií del islamismo iraní está retrocediendo en la zona con la crisis de Siria y los problemas de Hezbolá, pero para dar paso a un islamismo suní (siempre presente en el Golfo y especialmente en Arabia Saudí), que no solo Occidente no controla, sino que se puede volver antioccidental. Cuando caiga, el régimen de El Asad puede verse remplazado por uno islamista suní. Ya, ni amigos ni enemigos, con un Catar que defiende un régimen cerrado a base de inversiones en el exterior –ahí está, en las camisetas del Barça- y Al Jazira. No obstante, como ha demostrado el decisivo impulso de Morsi , y la secretaria de Estado de EE UU, Hillary Clinton, para un alto el fuego entre Israel y Hamás, la cooperación es posible.

No hay que tenerle miedo al islamismo político, sino aprender tratar con él a la vez que se apoya a los movimientos laicos. Que no se repita el error que se cometió con Argelia dos décadas atrás.

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