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Los judíos no existen

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YEHUDIT LEV PARA ENLACE JUDÍO

Enlace Judío México | “Para mí esto es como un exorcismo,” dice una amiga. “Mis abuelos inmigrantes huyeron de aquí porque sus vecinos consideraban que convertir judíos era camino para asegurarse un lugar en el cielo”. En su regreso a Guadalajara, ella aprecia la ironía de que, en esta ciudad tan católica, momentáneamente se encuentre insertada la cultura israelí y judía en la semana de la Feria Internacional del Libro.

Nunca antes la FIL había impuesto tales medidas de seguridad y eso provoca y aviva desconfianza y desagrado existentes. Guadalajara recibe a Israel con mezcla de emociones. Por un lado, curiosidad por la riqueza cultural, admiración por una nación que sesenta años atrás emerge de las cenizas y hoy se encuentra entre las primeras en importantes rubros como la ciencia, educación, creación y economía.

También evoca la comparación, envidia y resentimiento ante la exclusión. Son murmullos de oscuridad pasada y presente, cuentas pendientes que encuentran cauce en la coyuntura de la Feria.

En conferencias y presentaciones, en las colas para entrar, en los corredores y los pasillos, afuera del recinto en protestas, se señala el papel de Israel en el conflicto con los palestinos. Debajo de este contemporáneo reclamo, se recuerda que los judíos son aliados de Estados Unidos, dueños de todo, hijos favoritos de un Dios que aparentemente dotó la primogenitura a este pueblo fundador de la cultura occidental.

Israel no ha podido respirar ni un día en su búsqueda de lugar seguro para existir. Ha tenido que luchar por algo que otras naciones dan por sentado como derecho humano. No era el deseo del pueblo judío oprimir a otro al re-establecer su presencia en la tierra de Israel. Ese es resultado del vals de la geopolítica internacional, un conjunto de factores que creó las terribles circunstancias que hoy viven los palestinos, con todo y su responsabilidad en este violento encuentro.

No se puede hablar de ‘los Judíos’, porque estamos por todos lados y formamos una gama de pensamiento y economías, desde la más profunda izquierda radical (Jesucristo y Marx) hasta la más profunda derecha capitalista (Rothschild y todos los banqueros que te vengan a la mente). Nuestra piel refleja todos los colores, desde el blanco ruso hasta el negro etíope.

Y somos más que esto. La sangre judía corre en las venas de más personas de las que te imaginas. El judío es uno de los pocos pueblos que ha penetrado profundamente a través del amor. Porque a pesar de los dictámenes sociales, familiares y de las comunidades oficiales, los judíos siempre se han emparejado con los locales y generado hijos producto de ambas culturas.

Somos parte de las naciones, hemos formado amistades, somos maestros y alumnos mutuos, somos socios en negocios y creamos arte y cultura en conjunción con nuestros vecinos. Nuestras asociaciones a veces son desagradables y se pintan de los conflictos humanos universales. Somos tan fallidos y tan acertados y tan malditos y tan benditos como todos los demás. Amamos y odiamos con la misma intensidad

Los judíos no existen. Existen 15 millones de personas cuya única característica en común es girar en torno de un libro que nos acompaña desde tiempo inmemorial. Somos energía vibrante, a veces discordante – atractiva y repulsiva a la vez. La presencia del judío desafía, puede chocar con la cultura local; en otra dimensión, Israel es judío en la compañía de otras naciones. La presencia del judío exige, mueve de lugar, saca de la comodidad. Somos factor de cambio, gente en búsqueda, curiosa y amante del mundo.

Los judíos pueden ser o no ser. Lo interesante para ti, lector, es, ¿Cómo vives este tema? ¿Qué te produce en tus tripas? ¿Qué realmente sientes más allá de las apariencias de civilidad? Eso que sientes no tiene que ver con los judíos, ni con Israel sino contigo, con tus fallas o tus aciertos. Lo que admiras de ‘los judíos’ son cualidades tuyas que no has desarrollado. Lo que te irrita, son faltas tuyas que no has reconocido. Como enseña el Talmud: No vemos el mundo como es, lo vemos como somos.

Al final del día, la sangre de todos nosotros es mezcla cósmica, compartimos 99 por ciento del lenguaje humano, el DNA. Las diferencias las marcan nuestras ideologías y nuestra manera excluyente de pensar. Y la manera de pensar y entender las cosas cambia: esa es la llave de la evolución que puede transformar el infierno que ahora atravesamos a un paraíso donde todos tenemos un buen lugar.

*Yehudit Lev es el nombre hebreo de Jessica Kreimerman Lew, periodista, escritora, terapeuta psico-corporal, ciudadana del mundo.

1 Comment

  1. Joseph Saba dice:

    Me encantó esta reflexión. Me sorprendió un poco que una mujer use un seudónimo masculino. Las mujeres, bien se sabe, son mejores para escribir que los hombres, y el premio nobel de literatura y el reciente Cervantes a Elena Póniatowska son muestra de ello

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