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IRVING GATELL PARA AGENCIA DE NOTICIAS ENLACE JUDÍO MÉXICO – A menudo me preguntan cuál es la “base bíblica” para celebrar el Año Nuevo en el mes de Tishrei, si en Éxodo se dice que “el mes de Aviv nos será el primero de los meses”. Es una buena pregunta. Nos lleva directo hacia un asunto que a pocas personas les resulta cómodo, y es que la Biblia no necesariamente nos dice todo lo que –aparentemente– nos debería decir.

Empecemos por algo muy evidente: la orden de ubicar al mes de Nisán como el primero del año tiene una razón de sobra evidente. Está en directa relación con la liberación de Israel de Egipto, y no tiene nada que ver con la idea de “la Creación”. Es decir: nunca se dice que Nisán sea el primer mes del año porque en ese mes haya sido creado el mundo, el universo o el ser humano. Entonces, en principio, celebrar el aniversario de la Creación en Tishrei no contradice en ningún momento la orden de considera a Nisán como el primer mes.

A favor de Tishrei, hay ciertos detalles que lo hacen muy significativo: es el único mes en el que se debe celebrar una “santa convocación” en su primer día (Yom Teruah, según el texto bíblico). También es el único mes cuyo inicio es llamado “mes poderoso” o “fuerte” (en I Reyes 8:2 se menciona que Salomón se reunió con los varones de Israel en el día de la “fiesta solemne” del Yeraj Haeitanim, que se traduce como “mes poderoso”). Además, el hecho de que sea el mes en el que se celebra Yom Kippur (la festividad en la que se declara el perdón de los pecados del pueblo y que, por lo tanto, implica un juicio por parte de D-os) demuestra que con esto se marca el final de un ciclo y el inicio de uno nuevo.

Hasta este punto, no hemos expuesto ningún argumento explícito a favor de celebrar el aniversario de la Creación en Tishrei, pero hemos señalado que eso no contraviene la identificación de Nisán como primer mes del año por su vínculo con el Éxodo, y que hay evidencia suficiente para señalar que Tishrei es un mes especial; incluso, que su primer día es especial en un sentido que ningún otro primer día de mes lo es.

En este punto suelen ponerme una objeción: ¿por qué llamarle Tishrei? El argumento en contra –y que suele usarse para acusarnos a los judíos de “paganizar” nuestra cultura al someterla a las creencias babilónicas– es que ese era el nombre del mes en el Calendario Babilónico, y que la Biblia Hebrea sólo menciona a los meses por su numeral: Primer mes, Segundo mes, Tercer mes, etcétera. Incluso, me señalan que es incorrecto llamar Nisán al mes de Aviv, porque “el nombre bíblico” es este último.

Semejante argumento es terriblemente impreciso.

Empecemos con el asunto de Aviv: ese nombre es el de la temporada (primavera), no el del mes. Luego, es falso que la Biblia Hebrea sólo mencione a los meses por su numeral. En los textos escritos después del exilio en Babilonia, se mencionan los nombres babilónicos de siete meses:

1. Nisán es mencionado en Nehemías 2:1 y Ester 3:7.
2. Siván es mencionado en Ester 8:9.
3. Elul es mencionado en Nehemías 6:15.
4. Kislev es mencionado en Zacarías 7:1.
5. Tevet es mencionado en Ester 2:16.
6. Shevat es mencionado en Zacarías 1:7.
7. Adar es mencionado en Esdras 6:15; Ester 3:7, 13; 8:12; 9:1, 15, 17, 19, 21.

Está claro que los autores bíblicos tardíos no tuvieron ningún problema en usar los nombres babilónicos de los meses, y eso derrumba la objeción contra la nomenclatura del Calendario Hebreo.

El argumento pretende basarse en que “la Biblia dice” que los meses no tienen nombres, sino sólo el numeral, y que por ello “no debe usarse un nombre pagano”. Bien: ya demostramos el error, porque la Biblia sí menciona los nombres babilónicos de siete meses sin ningún problema, por lo que usar esta nomenclatura “es bíblico”, si nos atenemos a este tipo de criterios irracionales y de tufo fundamentalista.

Llegado el caso, este tipo de personas tampoco deberían decir que estamos en Enero, Febrero, o cualquier otro de los meses del Calendario Gregoriano. Aunque se supone que este es un “año cristiano”, los nombres de cinco meses se derivan de los nombres de dioses paganos:

1. Enero proviene del nombre del dios Jano, protector de las puertas y de las entradas (por eso es el primer mes, la entrada del año; su etimología se hace más presente en su nombre en inglés; January).
2. Febrero proviene del nombre con el que los romanos antiguos conocían a Plutón (Hades, para los griegos): Februo.
3. Marzo proviene del nombre del dios de la guerra: Marte.
4. Abril proviene de la palabra griega afros, la espuma de la que surgió Venus y símbolo pagano de la fertilidad (por ejemplo, de allí la palabra “afrodisíaco”).
5. Mayo se deriva del nombre de la diosa Maya, esposa de Vulcano.

Junio, Julio y Agosto no derivan sus nombres de ninguna deidad. Junio proviene del la palabra latina junior, literalmente “joven”, y Julio y Agosto fueron llamados así en honor a Julio César y a César Augusto. Por su parte, Septiembre, Octubre, Noviembre y Diciembre son numerales. Literalmente, signfician “séptimo”, “octavo”, “noveno” y “décimo”. Se aplican a los meses 9, 10, 11 y 12 porque originalmente el calendario romano sólo tenía diez meses. Numa Pompilio, segundo rey de Roma (715-672 AEC) agregó dos más para ajustar el calendario a los ciclos solares.

El asunto no tiene nada de misterioso: para los judíos posteriores al siglo V AEC, llamar a los meses con los nombres babilónicos fue tan natural como para nosotros llamarlos con los nombres romanos. Babilonia era la máxima potencia militar y política, pero también cultural, y por ello impuso varias de sus costumbres en los pueblos que dominó. Algo que sucede siempre en la Historia cuando hablamos de potencias imperiales y pueblos sojuzgados.

Con esto empieza a aflorar una penosa ignorancia en materia de Historia por parte de quienes se obsesionan en cuestionar la nomenclatura de los meses.

En realidad, los judíos asimilamos otras cosas babilónicas por la sencilla razón de que representaban un paso hacia adelante en nuestra evolución cultural.

Por ejemplo, los judíos aprendimos de los babilonios su ciencia astronómica (y eso está en relación directa con los nombres de los meses). En esa época, Babilonia era acaso el principal centro de conocimiento en Astronomía, y asimilar de ellos muchos conocimientos fue benéfico para el Judaísmo, porque el conocimiento siempre beneficia.

El sistema de organización del Calendario Hebreo demuestra un nivel de conocimientos astronómicos impresionante; se trata de un calendario sorprendentemente preciso (mucho más que el Gregoriano).

De los babilonios también asimilamos el tipo de letra “cuadrada” que caracteriza al idioma Hebreo desde entonces.

Los obsesionados con que todo “tiene que ser bíblico” generalmente no saben que el Hebreo original (el idioma de la Biblia) no usaba el tipo de letras que usamos el día de hoy. El llamado Paleo-Hebreo usaba carácteres prácticamente idénticos a los del alfabeto fenicio, y era más que evidente que se derivaban del alfabeto Acadio.

Se trata de letras muy rudimentarias, propias de un lenguaje que generalmente se escribe sobre arcilla o piedra. Es decir, para escritura de tipo cuneiforme (hecha con cuñas).

¿Por qué dejamos que los babilonios influyeran en nuestro modo de escribir? Porque en la época del exilio y los siglos siguientes, se dio la gran revolución que cambió los hábitos de escritura en Medio Oriente: se empezó a generalizar el uso del papel (pergamino o papiro) y de la tinta. En este material, el uso de los trazos propios de una escritura cuneiforme no tiene sentido. Por ello, el Judaísmo no tuvo ningún inconveniente en adoptar el sistema de “letras cuadradas” propio del idioma Arameo, el que hablaban los babilonios.

Toda la Biblia Hebrea, a partir de ese momento y hasta la fecha, se escribe con letras cuadradas. Son las letras hebreas, y el idioma es el Hebreo, pero el tipo de letra (el diseño o lo que hoy llamaríamos “la fuente”) es aramea. Aportación babilónica.

Como puede verse, la Biblia es la obra de gente que nunca tuvo miedo de aprovechar las cosas buenas de otras culturas, y apropiarlas. Al final de cuentas es un fenómeno profundamente humano: nos retroalimentamos todo el tiempo. Esa perspectiva extrema e irracional que quiera ver a lo israelita antiguo como algo “tan santo que no interactúa con su entorno” carece de fundamentos, y la propia Biblia lo demuestra: usa nombres de meses babilónicos sin ningún recato, y está escrita desde hace 2600 años con letras hebreas pero de forma aramea.

Bueno. Todo esto está muy bien, pero todavía no hemos ofrecido evidencia de que el mes de Tishrei deba ser definido como “el mes de la Creación”.

Aquí otra vez hay que recurrir a la Historia, y volverá a hacerse evidente la ignorancia de quienes cuestionan gratuitamente al Judaísmo.

Todas las culturas de la zona –incluyendo la cultura israelita antigua– tuvieron un bagaje en común. No eran pueblos aislados. La zona es muy pequeña, y el contacto entre unos y otros fue permanente, intenso y enriquecedor todo el tiempo.

Por ejemplo: el relato del Diluvio se encuentra en todas las culturas de la zona, y es muy similar. El Diluvio de la Biblia –literariamente hablando– no tiene nada de especial. Es, simplemente, un típico relato semítico de la antigüedad. Otro ejemplo: el concepto de año dividido en doce meses, vinculados todos ellos con el Zodíaco, es otro elemento común a todas esas culturas (y que incluso se impuso también en Egipto y luego en Grecia). La cultura Hebrea quedó fuertemente impregnada de eso; no es coincidencia que las tribus de Israel hayan sido doce, como los meses del año y como los signos del Zodíaco.

¿Cuál fue el origen común de este bagaje cultural?

Es un dato que suele no gustarle a los fundamentalistas, pero el trasfondo cultural común a todos los pueblos semíticos antiguos fue la cultura Acadia.

Los acadios empezaron a hacerse presentes en la Historia desde los tiempos de los Sumerios. Si Sumeria puede considerarse “la primera cultura en la Historia”, los Acadios son sus continuadores directos. A partir del siglo XXIV y hasta el XXII AEC (es decir, entre 700 y 500 años antes de Abraham el patriarca, según varios especialistas), forjaron el primer Imperio de la Historia, y extendieron sus conquistas desde el Golfo Pérsico hasta la salida al Mar Mediterráneo de lo que hoy es Siria (al norte del Líbano).

El hecho de que el idioma acadio se convirtiera en la lengua de un vasto imperio, permitió que evolucionara de un modo sorprendente para la época. Usaba los trazos cuneiformes del sumerio, y su practicidad fue tal que incluso los Hurritas (también llamados Mitanios) y los Elamitas lo incorporaron a su uso cotidiano.

El idioma acadio es la lengua madre de lo que hoy conocemos como Lenguas Semíticas y Lenguas Cananeas.

Dicho en otras palabras: académicamente hablando, el Hebreo se deriva del Acadio (en la perspectiva tradicionalista judía, en realidad el Hebreo sería la preservación de los elementos más puros del Acadio y, por lo tanto, la “lengua original” del ser humano; analizar esa postura no es el objeto de esta nota).

Bien. Sensacional. El Hebreo está vinculado con el Acadio. ¿Qué tiene que ver eso con el mes de Tishrei y su supuesto vínculo con el aniversario de la Creación?

Que la raíz etimológica de Tishrei es la palabra tasritu, que en Acadio significa “comienzo”.

Por eso, en todas las culturas semíticas de la zona el mes que en Hebreo se llama Tishrei siempre fue aquel en el que se celebraba el aniversario de la Creación.

¿Por qué la Biblia Hebrea no menciona a la Creación en relación al mes de Tishrei? Porque ese era un dato que TODOS los semitas de la zona conocían. Era parte del bagaje cultural de todos los pueblos desde Egipto hasta el actual Irán, y eso desde unos mil doscientos años antes de Moisés y el Éxodo. Por eso, cuando Moisés estableció que debía haber una “santa convocación” en el día primero del Mes Séptimo (luego llamado Tishrei por razones más que obvias), cualquiera entendía que era la conmemoración de la Creación. Así es como lo entendían todos los pueblos semitas desde más de mil años antes.

Ese vínculo etimológico está perfectamente claro en la Biblia: en Génesis 1:1, las palabras “en el principio…” se dicen en Hebreo Bereshit bará. Bien: las letras de Tishrei (Tav, Shin, Resh, Yud) están presentes en la palabra Bereshit (Bet, Resh, Alef, Shin, Yud, Tav).

Esto tiene una connotación cabalística en la que se puede aplicar la técnica del anágrama (cambiar el orden de las letras para decir algo diferente pero complementario). Un ejemplo clásico es que la palabra Sefarad (España) puede ser entendida también como Pardés (Paraíso; la primera se escribe SFRD, la segunda PRDS; recuérdese que en Hebreo, las letras F y P son la misma); a ello se le puede agregar la técnica del acróstico, y cada letra pasa a representar un nivel de entendimiento del texto bíblico: Peshat, Remez, Derash y Sod; es decir, el sentido literal, el sentido alegórico, el sentido analógico y aplicado, y el sentido oculto, respectivamente).

Entonces, la frase be-reshit puede ser leída en esta técnica cabalística como be-tishrei, y el significado pasa de ser “en el principio fueron creados…” a ser “en Tishrei fueron creados…”.

La guematría (valor numérico de las palabras; recuérdese que en el Hebreo cada letra tiene un valor numérico) lo demuestra: Bereshit se escribe con Bet, Resh, Alef, Shin, Yud y Tav; pero recuérdese que en este caso la Bet es lo que se traduce como “en el”. La palabra “principio” en Hebreo sólo es Resh, Alef, Shin, Yud, Tav. Sus valores numéricos respectivos son 200, 1, 300, 10 y 400; sumados, nos dan como resultado 911. Pero según los diccionarios hebreo-español, también existe la variante ortográfica en la que no se usa la Alef (porque, en estricto, es innecesaria). Es decir, reshit también se puede escribir Resh, Shin, Yud y Tav, cuyos valores numéricos son 200, 300, 10 y 400. Nos da un total de 910.

Tishrei se escribe Tav, Shin, Resh y Yud. Ni siquiera se tiene que hacer una nueva suma. Son exactamente las mismas letras (y, por lo tanto, los mismos valores numéricos) que en RESHIT en la segunda posibilidad ortográfica que mencionamos.

Es decir: Reshit (el principio de la Creación) y Tishrei son lo mismo. Y eso lo sabían las culturas semíticas desde 1200 años antes de que Moisés lo escribiera en la Torá.

Así que, en plena armonía con todo lo que enseña el texto bíblico, usted –querido lector– puede unirse a nosotros y decir “… porque un día como hoy, fue hecha la Creación”.

¡Shaná Tová Umetuka!

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1 COMENTARIO

  1. Como siempre muy interesante el artículo de Irving Gatel y como siempre metodológicamente incorrecto al no citar fuentes diversas restándole validez

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