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Holocausto en la UAM Iztapalapa

BECKY RUBINSTEIN F.

La Universidad Autónoma Metropolitana-Unidad Iztapalapa y el centro cultural “Casa de las Bombas” y Yad Vashem de México recuerdan el Holocausto.

Auschwitz: Holocausto… Pamela Fernández es directora de la “Casa de las Bombas”, de formación psicóloga social, rama de la psicología que surge a raíz de la Segunda Guerra Mundial, de ahí su interés en dar a conocer una de las etapas más vergonzosas del género humano a los habitantes de Iztapalapa y más allá.

Pamela no cejó hasta que Yad Vashem, filial México, envió el testimonio gráfico, acompañado de textos alusivos, para que niños y jóvenes, jóvenes y adultos se enteren de lo que sucedió en Europa, tras el ascenso de Hitler, uno de los grandes tiranos de la humanidad, un Atila más, de quien se afirmó en su tiempo, que donde pisaba su caballo, no volvía a crecer la yerba.

En Europa, en los campos de muerte, ¡qué ironía!, el pasto es escandalosamente verde, nos atrevemos a comentar, gracias a los restos de hombres, mujeres, niños, no todos judíos, no todos asesinados por su condición de judíos: también hubo homosexuales, políticos, intelectuales, religiosos perseguidos y ajusticiados…Su osamenta sirvió de milagroso abono…Basta visitar Majdanek, Treblinka, Sobibor, Bergen Belsen, Auschwitz…para corroborarlo.

Pamela hizo lo justo, lo que se alaba de los justos entre las naciones: como ya se dijo, no cejó hasta traer a la gente de Iztapalapa, la historia que negacionistas sin perdón de Dios, quienes, a través de la mentira, que repetida, como dijo un tal Goebbels, se transforma en certeza, en indiscutible verdad.

Pamela organizó “La Marcha de la Vida” en Iztapalapa: decenas de ojos azorados contemplaban seres que vivieron y murieron hace años, denigrados, cosificados, exterminados, a quienes se les ofrecía “una ducha” para iniciar una vida como “gente decente”. La mentira condujo al Ziklon B a las cámaras de exterminio, donde los gritos cedían al poco tiempo. Las sorprendidas víctimas pasaron a mejor vida, tal vez con el Shemá Israel, con una plegaria en los labios, la mayoría sin el tiempo suficiente para comprender lo que estaba sucediendo con su gente: su familia, su grey, su pueblo.

Pamela hizo lo posible: en suelo mexicano, clavó en la tierra lápidas –las que merece cualquier muerto –judío o no—para ser reconocido, para ser venerado…Un lugar donde llorar, donde colocar flores…Las lápidas no llevan el nombre de los muertos, cosa imposible…Las lápidas marcan de manera integral –por tratarse de un asesinato en masa- a los muertos sin lápida propia: a niños y niñas, a ancianos y a ancianos, a jóvenes…Flores blancas para pilas de muertos… desposeídos de los artículos que los acompañaron en vida y que marcaban los horarios, cual reloj sin mella, tan exacto como la muerte en aquellos parajes. Murieron, como está escrito en el libro de Yom Kippur, El Día del Perdón, por fuego, agua, asfixia… gracias a la industria más “moderna” capaz de desmoronar la creación divina en un tris, de perturbar –valga el juego de palabras- a los sobrevivientes de por vida, quienes no sabían dónde mirar, donde virar: ¿Regresar a “la casa tomada” por algún vecino; ¿Dirigir no sólo su mirada, sino sus pasos a Palestina, la llamada Tierra Prometida? ¿Unirse a los judíos, víctimas de matanzas y pogromos en América? ¿Tal vez optar por lugares, tenidos por inhóspitos, como México, donde imaginaban a sus pobladores adornados con plumas y en estado de barbarie?

Para los negacionistas: un par de lentes nada asombran y para nada aterrorizan; sin embargo, una montaña de anteojos de las víctimas, zarandean al más valiente. Igual sucede con la pila de zapatos, con la pila de joyas… Resulta que hablan, gritan y se desgañitan, aunque se les exija silencio…

¿Qué hacía en aquella pila la sortija de matrimonio que un enamorado entregó el día de su compromiso a su pareja? ¿Qué hacía el reloj que un abuelo orgulloso entregó a su nieto cuando se hizo hombre a los trece años? ¿Qué hacían los libros sagrados, para los criminales tan sólo baratijas, en cambio para los creyentes, una ligazón con su credo, con su fe, con el pacto entre el Dios de Abraham, Isaac y Yakov, y sus seguidores?

Tras la inauguración de la exposición intitulada “Auschwitz y el soldado Tolkatchev a las puertas del Infierno” la escritora Becky Rubinstein, autora de “Una niña en el país del Holocausto”, basado en Dolly Bestandig –según se dice la sobreviviente más joven de la Shoá– texto publicado por la editorial Pearson e ilustrado con maestría por Edmundo Santamaría, quien en la obra mencionada, plasma la tragedia humana animada por víctimas y victimarios en un juego macabro, llamado Shoá…

Pronto en el Centro Cultural “Casa de las Bombas” cambiará de exposición…tal vez exhiban pinturas de artistas de paletas festivamente coloridas …

Las fotografías cada vez más amarillentas, las lápidas sin dueño conocido, las flores secas serán olvidados…Ojalá Pamela y los vecinos de Iztapalapa –de una de las zonas más pobladas y densas zonas de la ciudad—se conviertan en emisarios de paz, de entendimiento entre los hombres a pesar de los terribles vaticinios llegados , por desgracia, de no muy lejos.

En la historia del hombre, el tirano levanta la voz amenazante… En el hombre amante y respetuoso de la vida, está celebrarla con flores de vivos colores, con fotografías de sonrientes y enamorados; con imágenes de pequeños recién nacidos…De niños, que aprenden el alfabeto en escuelas donde reinan conjuntamente la paz y la armonía.

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