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¿Habrá mi abuelo judío saboteado aviones nazis?

EDUARDO HALFON

León Tenenbaum estuvo prisionero en varios campos de concentración. Hizo trabajos forzados en una fábrica militar alemana y pudo haber ayudado a que maquinaria de guerra saliera defectuosa.

Estaba yo en Berlín sólo unos días, camino a Polonia, a Lodz, cuando una amiga ofreció acompañarme a visitar Sachsenhausen, uno de los campos de concentración donde mi abuelo polaco había sido prisionero durante la guerra. Pero rápido le dije a mi amiga que no quería o que no podía o quizás le dije que no me interesaba. Ya había visto demasiado en Alemania. Ya no quería saber ni recordar más.

Antes de Berlín había estado unos días en Colonia, para dar una conferencia en la universidad, y descubriendo por toda la ciudad pequeñas placas de bronce: placas y más placas de bronce incrustadas en el suelo, entre las piedras mismas de la acera, cada una de diez centímetros por diez centímetros y grabada con el nombre y la fecha de la persona judía que había vivido ahí, en esa residencia de Colonia, antes de ser capturada y asesinada por los nazis. Como pequeñas lápidas de bronce, se me ocurrió, para todos los judíos de Colonia que habían muerto sin jamás tener una lápida propia, una lápida digna. Stolperstein, se llaman estas placas, me explicaron en la universidad. Que la palabra en alemán quiere decir algo así como piedra para tropezarse, me explicaron que el origen de ese nombre, al menos en parte, viene de un antiguo dicho que los alemanes solían decir cuando se tropezaban en la calle: Hier könnte ein Jude begraben sein. Aquí debe estar enterrado un judío (quizás en referencia a la tradición hebrea de poner piedras sobre las tumbas).

Y antes de Berlín también había estado unos días en Frankfurt, también invitado a dar una conferencia en la universidad, en el campus central de la Universidad Goethe de Frankfurt: un inmenso y hermoso edificio construido en 1930 como la sede de IG Farben, en aquel entonces la empresa de químicos más grande del mundo, me explicaron en la universidad, y el fabricante principal para los nazi del gas Zyklon B (previo a la construcción del edificio en 1930, me explicaron, había habido ahí un manicomio, dato que me pareció históricamente lógico). IG Farben, originalmente especializada en la erradicación de plagas de insectos, me explicaron, se convirtió en un cartel controlado por el Tercer Reich, y sus pesticidas, creados para combatir plagas, fueron desviados para el exterminio de lo que ellos consideraban una plaga mayor. Y mientras yo daba mi conferencia en un ostentoso y antiguo salón, no pude dejar de pensar que ahí mismo, en ese mismo edificio que ahora era una gran universidad, se habían trabajado y elaborado los cilindros de gas que mataron al hermano de mi abuelo (Zalman), a las hermanas de mi abuelo (Rachel y Raizel), a los padres de mi abuelo (Shmuel y Masha).

Intenté decirle a mi amiga de Berlín que ya había visto demasiado en mi viaje por Alemania, que empezaba a perder la dimensión de la tragedia, que no me interesaba visitar campos de concentración, que ni siquiera uno de aquellos donde había sido prisionero mi abuelo, que para mí todo campo de concentración no era más que un parque turístico dedicado a lucrar con el sufrimiento humano. Pero finalmente accedí. En parte porque soy un timorato y me cuesta decirle que no a las mujeres. En parte porque todo ese viaje era una especie de tributo a mi abuelo polaco, quien había llegado a Guatemala a finales de 1945, tras sobrevivir seis años —la guerra entera— como prisionero en distintos campos de concentración.

Sabíamos poco o casi nada de su experiencia durante la guerra, más allá de que unos soldados alemanes lo habían capturado frente al apartamento de su familia en Lodz en noviembre de 1939, cuando él tenía veinte años, mientras jugaba con unos amigos y primos una partida de dominó. Mi abuelo nunca hablaba de aquellos seis años, ni de los campos, ni de las muertes de sus hermanos y padres. De niño, me decía que el número tatuado en su antebrazo izquierdo (69752) era su número de teléfono, y que se lo había tatuado ahí para no olvidarlo. Y de niño yo le creía, por supuesto. En los años setenta, todos los números telefónicos del país eran de cinco dígitos.

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La mañana siguiente tomamos con mi amiga un tren que, en menos de una hora, nos dejó en la estación de un pueblo llamado Oranienburg, y de ahí un taxista malhumorado nos llevó hasta la entrada de reja negra del campo de concentración. Así de sencillo, así de rápido.

El día estaba fresco y nublado y yo me quedé viendo no la entrada del campo de concentración ante mí, sino el viejo vecindario residencial justo del otro lado de la calle. Una niña de tres o cuatro años montaba un triciclo rojo. Una señora mayor con guantes amarillos estaba acuclillada y hacía jardinería alrededor de un rosal. Unos adolescentes caminaban en la acera, tomados de la mano y dándose pequeños besos. Y a mí se me ocurrió que exactamente así —una niña jugando, una señora mayor podando sus rosas, una pareja enamorándose— se habría visto ese vecindario, hacía setenta años, durante la guerra. Siempre me ha espantado más la desidia del hombre ante el horror que el horror mismo.

Recorrimos de prisa todo el campo, todo su perímetro, cuya forma original fui descubriendo con asombro mientras caminábamos, era la de un triángulo equilátero. Mi amiga intentaba mostrarme o explicarme algunas cosas y yo sólo le decía o suplicaba que siguiéramos adelante. La verdad es que no quería saber nada de ese lugar, no quería estar ahí, sólo quería apurar el paso y terminar la visita en cuanto antes y salir a tomarnos una cerveza en cualquier taberna del pueblo.

Pero mi amiga sólo continuó caminando entre los demás turistas. Vimos entonces las antiguas barracas de prisioneros. Vimos la casa del director, la enfermería, las torres de vigilancia. Vimos un objeto de tortura conocido como El Caballete, quizás exactamente el mismo sobre el cual mi abuelo, tras ser descubierto con una moneda de veinte dólares en oro, recibió no sé cuántos golpes en el coxis con una varilla de madera o de hierro, hasta perder el conocimiento. Vimos la Estación Z, un espacio construido para asesinar a prisioneros, y conformado por cuatro crematorios, varias habitaciones donde los mataban con un tiro en la nuca, y una cámara de gas; su nombre, algo cínico, hacía referencia a la última letra del abecedario.

Al terminar el recorrido, entramos con mi amiga a un edificio moderno que era el área de recepción del museo. Había una cafetería, una pequeña tienda. Mi amiga me preguntó si quería comer o comprar algo y yo estaba por decirle que no, que cómo iba a querer comer o comprar algo en un campo de concentración, cuando descubrí una puerta de vidrio al final de un pasillo que parecía ser la oficina de alguien o tal vez de la administración. Le pregunté a mi amiga qué era y ella me leyó el rótulo pintado en el vidrio. Archiv Gedenkstätte und Museum Sachsenhausen, me dijo. El archivo del memorial y museo Sachsenhausen, me dijo. Le pregunté si era posible que tuvieran ahí alguna información sobre mi abuelo, sobre el tiempo que había pasado en Sachsenhausen, y mi amiga, ya sonriendo, empezó a caminar hacia la puerta de vidrio.

Estuvimos dos o tres horas buscando entre antiguos libros y folios (aún no tenían nada digitalizado) cualquier dato de mi abuelo, León Tenenbaum. Una chica joven, pálida, con la cabeza afeitada, una argolla de oro en la nariz y vestida con una bata blanca de laboratorio, nos había sentado ante una mesa enorme mientras nos iba trayendo libros y bitácoras y folios antiguos, todos empolvados, todos originales, todos en la mecanografía o en el puño y letra de algún oficial alemán.

No ayudaba que yo no supiera las fechas precisas en que mi abuelo había sido prisionero ahí. Él mismo no las sabía, o nos las recordaba, o nunca me las había dicho. La chica nos explicó en alemán —mientras mi amiga me traducía al español— que prácticamente la totalidad de los documentos de la comandancia del campo de concentración, incluidas las tarjetas de registro de los prisioneros y casi todas las actas relacionadas a los mismos, fueron destruidos por la SS en la primavera de 1945, ante la inminente liberación del campo; y que los pocos documentos que sí se conservaban estaban ya incompletos y desperdigados por diversos libros y archivos, en especial en archivos soviéticos.

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La tarea de pronto me pareció inútil. Estaba ya por cerrar todo y darme por vencido cuando la chica me preguntó algo en alemán, que mi amiga de inmediato tradujo. ¿Estás seguro de que tu abuelo no tenía otro nombre? Al inicio no entendí la pregunta, ni tampoco le di mucha importancia. Pero luego se me ocurrió que León era la versión en español de su nombre, y recordé que mi abuela nunca le decía León, sino su nombre en yiddish, Leib. Y así se lo dije a mi amiga, y así se lo tradujo ella a la chica del laboratorio, y así de fácil se abrió el último candado, y entramos.

Mi abuelo, Leib Tenenbaum, no León Tenenbaum, primero prisionero número 9860, luego prisionero número 13664, había estado en Sachsenhausen hasta su traslado, el 19 de noviembre de 1940, al campo de concentración Neuengamme, cerca de Hamburgo, donde se convirtió en el prisionero número 131333. Casi cinco años después, el 13 de febrero de 1945, ahora como prisionero número 69752 (número recibido y tatuado en Auschwitz), había vuelto de nuevo a Sachsenhausen, pero esta vez lo habían ubicado en el Arbeitslager Heinkel, en el campo de trabajos forzados Heinkel.

No entendí el lío de números. Por qué tantos números. Por qué seguir cambiando de número. Como si en la guerra un prisionero fuera en realidad muchos prisioneros, y un hombre muchos hombres. Además, yo sabía de su paso por Neuengamme y luego por Auschwitz, donde le tatuaron el número en su antebrazo izquierdo y donde le salvó la vida un boxeador polaco también de Lodz, pero era la primera vez que escuchaba la palabra Heinkel. Le pregunté a mi amiga qué era eso de Heinkel, y ella y la chica del laboratorio se quedaron hablando un rato en alemán. Heinkel, por fin me explicó mi amiga, era una fábrica ahí cerca, en Oranienburg, donde los nazi producían aviones de guerra, especialmente uno, el modelo He 177.

Tu abuelo trabajó ahí, en Heinkel, me dijo, durante los últimos meses de la guerra. Le dije que no podía ser, que mi abuelo jamás me había dicho algo de eso, que jamás había mencionado el nombre de ese lugar. La chica del laboratorio, como si hubiese entendido mi escepticismo, señaló con el índice la página amarillenta y empolvada de la bitácora. Der beweis, dijo en alemán. The evidence, dijo en inglés. Luego se puso a contarle una historia en alemán a mi amiga, y yo tuve que esperar unos minutos para que mi amiga me la tradujera al español.

El modelo de avión Heinkel He 177 era un bombardero pesado, de largo alcance. Durante la guerra, varios de esos aviones se cayeron misteriosamente, sin ningún enfrentamiento con aviones de los aliados, sin que nadie supiera por qué. Y nunca se supo por qué. Se cree, me dijo mi amiga, que fue un sabotaje por parte de algunos prisioneros judíos obligados a trabajos forzados en la fábrica de Heinkel en Oranienburg. Se cree, me dijo, que algunos judíos de Oranienburg, a su manera, ayudaron a derribar a una flotilla de aviones nazis. Es posible, me dijo mi amiga, que tu abuelo haya sido uno de esos judíos.

*Eduardo Halfon es escritor, aunque en realidad es ingeniero, o al menos eso sigue respondiendo en los formularios de impuestos y migración. Ha escrito doce libros de cuentos, más o menos. Sólo escribe cuentos —insiste con capricho—, aunque esos cuentos puedan parecer crónicas o ensayos o aun novelas. Su libro más reciente, “Signor Hoffman”, fue finalista del Premio Cálamo, finalista del Premio Setenil al mejor libro de cuentos publicado en España, finalista del Premio Hispanoamericano de Cuento Gabriel García Márquez, y recibió en Francia el Premio Roger Caillois de Literatura Latinoamericana. Otros de sus libros son “Mañana nunca lo hablamos” y “Elocuencias de un tartamudo”. Nació en Guatemala en 1971 pero vive en Nebraska con su pareja (una bióloga que trabaja con zorros), su gato (diabético), y su hijo de dos meses (Leo). Prefiere los días lluviosos.

Fuente:clarin.com

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