Enlace Judío México – La Benemérita Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística, la primera sociedad científica de América, fundada en 1833, reconoció el pasado 23 de octubre a la Maestra Angelina Muñiz Huberman con el premio Maestro Arqueles Vela, por su larga trayectoria como escritora, poeta, investigadora y docente.

 

La premiación estuvo amenizada por el piano del Maestro Rodrigo Rafael Hurtado, quien deleitó a los asistentes con tres piezas clásicas.

José Armando Estrada Parra, Presidente de la Asociación de Geografía y Estadística, al tomar la palabra pidió un minuto de silencio en recuerdo de los mexicanos que perdieron la vida a causa de los temblores y huracanes recientes. Originalmente el evento estaba programado para el 25 de septiembre pasado, fecha en la que cumplieron cuarenta y cinco años de la muerte del Maestro Arqueles Vela. Debido a los terribles acontecimientos del 19 de septiembre se tuvo que reagendar la fecha.

La Maestra Huberman dijo en su discurso:

“El día 25 de septiembre pasado se cumplieron 40 años del fallecimiento del maestro Arqueles Vela: poeta, periodista, crítico de arte, integrante del movimiento estridentista. De sus versos cito los siguientes: “Nada tengo, ni pido… Nada quiero… Mi gloria: / unos ojos que amaron mi sombra transitoria /y escucharon el canto de mi melancolía…”
El destino será siempre un profundo misterio. El día 25 de septiembre no pudo celebrarse esta ceremonia debido a los tristes sucesos del sismo. En esos días de intervalo mientras preparaba una conferencia a la que he sido invitada en Valencia, España, en conmemoración de los 80 años del Segundo Congreso Antifascista de 1937, me encuentro con que Arqueles Vela firmó en octubre de 1936 una carta de apoyo a la república española publicada por la Universidad Obrera de México. Unos meses después sería mi nacimiento y ya se tejía el hilo del destino que algún día, como hoy, habría de unirnos.

Es largo el recorrido por mis letras entre poesía, cuento, novela, ensayo siempre en torno a la palabra como esencia, a la manera de los místicos del Zohar o de los antiguos alquimistas en sus trasmutaciones y teniendo como eje la libertad absoluta. Sin ataduras, sin concesiones, fuera de las modas efímeras y en tranquilidad. Escribir es un gozo y una aceptada rebeldía. Ser como se es y nada más. Ser como se escribe. O escribir como se es. Trasgredir cuando se quiere y quedarme en paz. El humor, siempre el humor, como señalamiento entre ferocidad y alegría. Sellos y símbolos los que se quieran. Imaginación sin trabas. Nuevas palabras para ironizar. Géneros que no se respetan. Arritmias, como es uno de mis títulos. Fuera reglas y constricciones. Innovar, siempre innovar, no repetir. El colmo de la diversión, escribir es la página en negro. Porque el negro es la promesa y el blanco no es nada.

Escribir es también la relación con la vida, el paisaje, la geografía. Y la geografía es el espacio vital, la ubicación de personajes y sentimientos. Carecer de un lugar, sea tierra, mar, aire, montaña, cielo, imposibilitaría la creación literaria. Grandes poemas se han escrito en torno a la naturaleza, a los fenómenos metereológicos, a las estaciones de los años. La diosa Gea lo rige todo ello, origen de la palabra geografía. El poeta describe la tierra, la divide en parcelas que son amor, pasión, fortaleza, gloria, voluntad, belleza, entendimiento, como si fuera un antiguo cabalista en busca de la emanaciones divinas o sefirot.

Así, la poesía enlaza su ritmo con el ritmo de la naturaleza, de su propia geografía imaginada. Varía su perspectiva si nos habla de la tundra, del desierto, de la selva, de la estepa, de los glaciares, de las islas. Sus palabras van acomodándose a cada palmo geográfico. Aventureros, viajeros, náufragos, piratas, descubridores, exploradores, caravaneros, alpinistas, ermitaños, pueblan la geografía literaria.

Palabra y número están unidos en algunos lenguajes, por ejemplo, en el hebreo el mismo signo indica las dos funciones, de tal modo que un texto puede leerse o sumarse y en la enseñanza cabalística la numerología o guematriá
Es materia de estudio estadístico. Por ejemplo, la Universidad Hebrea de Jerusalén llevó a cabo un cálculo computacional de la palabra Yavé (YHVH) mencionada en la Torá 6,823 veces. Si se suman los números individualmente se obtiene el resultado de 19. A su vez, si se suman estos dos números da diez que, para los cabalista se interpreta como las nueve sefirot o emanaciones divinas, más la letra álef impronunciable.

El número, imprescindible en la estadística es la vida misma. Días, semanas, años organizan el comportamiento humano. Páginas y capítulos de libros se acumulan. Cumpleaños van y vienen. Fechas importantes se celebran en todo momento. El reloj no nos deja en paz.

Sin música no hay palabra, no hay poema, no hay danza. El cuerpo humano es un conjunto de instrumentos: las cuerdas vocales nos permiten cantar, los labios silbar, las manos tocar las palmas, los dedos medio y pulgar sonar como castañetas, los pulmones inhalar y exhalar para que suene la flauta. Pero, sobre todo, cada lenguaje universal posee su propio tono o tonos que modulan las palabras y que crean un ritmo determinado en cada caso. Así, los versos pueden ser desde dos hasta catorce sílabas y aún más especificaciones relacionadas con el número.

Sin explicación ni lógica, afortunadamente, el silencio de la escritura y el silencio de la lectura se afianzan en la pérdida de la soledad por el acompañamiento de mudos seres que, en el fondo, se ríen de su inexistencia.

Todo es un engaño colorido, como decía sor Juana Inés de la Cruz, tan engaño que ni siquiera es engaño y mucho menos, colorido.

El libro que se ha escrito, depositado en quien lo lee, se deshoja al viento y no es nada siéndolo todo. El proceso de creación es el vacío que se perpetúa en otro vacío. Porque el vacío es la puerta abierta a la amplitud de todo mundo posible. A lo que todavía no es. Pero que se conformará. Una especie de gólem o embrión de lo que habrá de nacer. La pregunta última sería, ¿es el escritor el que escribe, el que lee o el que vislumbra el más allá?

Y, para cerrar, la escritora leyó dos poemas; uno por el sismo que ocurrió en 1985:

Era una ciudad vuelta del revés. Sin principio ni fin: amontonada.
Y luego, grandes huecos: no de parques ni de jardines.
Grandes huecos entre casa y casa. Hoyos profundos mucho más que
sepulturas en tiempos de guerra. Esqueletos de edificios, ventanas al
vacío con jirones de cortinas, al aire, despeinadas. Los techos sobraban
y los cables se enredaban a gusto y se desenredaban.
Era una ciudad vuelta del revés.

El otro, regreso a la geografía con el paisaje mexicano y el exilio.

“Reconciliación” (Vilano al viento):

Y un día acepté el paisaje

Las montañas,
siempre las montañas.
El lago del recuerdo,
que hubo,
que ya no hay.
Los volcanes al oriente,
los volcanes siempre.
Los volcanes al oriente,
la punta de nieve,
ya blanca, ya breve.
El sol que se pierde en ella.
Árboles lejanos,
de tan lejanos,
olvidados.
No hay agua que corra,
no hay agua que brote,
sólo el agua que cae,
que limpia,
que arrastra,
que reverdece.

Y acepté el paisaje,
el paisaje que no era mío,
que me encerraba en cuatro paredes,
que me daba alta prisión,
con sólo el escape del cielo
y tal cual nube para sentirme mejor.

¿Qué hacer si el paisaje no era mío?
¿Qué hacer si nací de cara al mar?
Si el mar desgastado
había arrastrado la arena
y con ella los recuerdos conjurados.
Si la memoria no guardó nada,
si el olvido era línea confín.

Y sin embargo
durante años
creer en el olvido,
en la tierra perdida,
en el mar que lloraba,
en la imagen sellada.

Hasta que ya no se puede más.
Porque un día ya no se puede más.
Y entonces
al abrir la ventana
ves el alto perfil,
la nieve en los volcanes,
los árboles lejanos.

Y ese día,
ese día,
aceptas el paisaje.

 

 

 

 

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