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El testigo: La foto ausente

Enlace Judío México- Me sorprendí al ver llegar a una consultante que había cancelado varias veces su primera cita. Apareció el día que no le correspondía, casi a la hora de mi partida.

RAQUEL SCHLOSSER EN EXCLUSIVA PARA ENLACE JUDÍO*

Jamás imaginé que sería un día que en ambas dejaría una huella profunda e indeleble.

Su aspecto desesperado y corpulento, como si cargara un gran peso en el cuerpo, su caos, me conmovió.

Venía a hablar únicamente de los resentimientos con su madre, tema que había tratado por casi dos años sin poderse resolver.

Estaba empantanada y su terapeuta consideró que con mi visión de Psicología Transgeneracional podría ayudarle.

Insistí en tener la historia de los demás miembros de la familia.

Ella vivía queriendo morir, con antidepresivos que no funcionaban. Su hijo adolescente había tenido intentos de suicidio, intentando colgarse. La hija de diez y seis años se había tratado de tirarse por la ventana; después de ese evento, se le declaró esclerosis múltiple, que avanzó vertiginosamente de manera inexplicable hasta sentarla en una silla de ruedas, siempre acompañada. La madre,”una bruja”.

Sobre el padre no quería hablar. Lo adoraba. Un hombre bueno. Un médico que siempre se dedicó a cuidar a los demás sin cobrar.

Insistí sobre éste último.

Accedió a regañadientes. Un hombre maravilloso, un gran médico- repitió.

¿Algo inusual?- pregunté

Sin darle importancia y en un tono muy neutral, me confesó algunas irregularidades. Cuando su padre murió, encontraron un acta de nacimiento anterior con un nombre diferente. Por esa razón ella no tenía el apellido que le correspondía, sino que la registraron con el apellido de la segunda acta de nacimiento.

Él era alemán. Nunca habló de la guerra. Salió con un pasaporte falso a Chile. Después conoce a la madre y llegan juntos a México. Nunca se tomó una fotografía, ni siquiera en la boda de su propia hija (la consultante). Jamás firmó un cheque ni tuvo tarjetas de crédito, y era un alma muy buena.

Me desagarró darme cuenta de que estaba dentro de una paradoja psicohistórica.

Se me humedecen de memoria los ojos mientras escribo.

La hija de un nazi (quizá), pidiéndole ayuda a la hija de un Sobreviviente de auschwitz (minúsculas obligadas) tatuado como 111907.

Insistí en que me hablara de su padre. Insistió en hablar de su madre.

Cedí. Pregunté entonces si su madre consintió que su esposo no se tomará fotos en ningún evento familiar, ni en su propia boda. La respuesta afirmativa me dejó ver la complicidad del silencio con el padre-médico. Aunque desconozco qué información tenía de la oscura época de guerra en la Alemania nazi, sí sabía que él se ocultaba. La consultante tampoco tenía claro de qué se mantenían porque su padre nunca cobró por sus consultas.

Sentí compasión por ella, por su hija y por su hijo.

Eran víctimas del secreto y la complicidad. La oscuridad del padre había atrapado sus destinos.
No mencioné nada sobre mi origen judío vinculado al Holocausto. Había llegado a mí no sólo por referencias, sino porque al ver mi apellido creyó que era alemán. Lo desmentí sin ahondar.

Le expliqué el impacto de un secreto, y en este caso tan turbio que provocó un cambio de identidad y una vida en el anonimato, en la sombra. Le compartí diferentes casos en los que la forma que toman los psicosíntomas cuentan una historia. Ella podría ayudarle a sus hijos, si descubríamos la historia callada que los impulsaba a buscar la muerte, esa forma de muerte, colgarse, tirarse por la ventana.

Le propuse trabajar en Constelaciones Transgeneracionales que son mi sello, para buscar el impacto de la guerra y lo que el padre encubría. Él había dejado este mundo, ya no requería de su permiso.

Yo tomaba tragos de agua a intervalos para que el sudor con diferentes temperaturas no me deshidratara.

Por años he trabajado con el diccionario de los síntomas y su inteligencia. Para qué aparecen cuando aparecen. Compartí con ella mi hipótesis sobre la enfermedad de la hija: su esclerosis múltiple muy avanzada en tiempo corto, era lo que la mantenía con vida, porque no podía intentar volver a saltar. Parecía un grito de auxilio.

Su lealtad al padre era tan profunda que me advirtió que solo continuaría la terapia si no se tocaba el tema. Le expliqué el alto costo que ya pagaban por guardar un secreto. Hice una pausa larga para asegurarme que tendría toda su atención. Muy cerca y mirándole a los ojos le dije:
“Tu intuición ya sabe el contenido del secreto, por eso tu empeño en resguardarlo”.

El aire dejó de circular. El telón estaba abierto.

Estoy segura que sembré al menos una duda en su corazón. Nunca la volví a ver. Se que ella y sus hijos eran inocentes, pero se que la lealtad irracional y la injusticia social es un arma que dispara hacia el futuro a quemarropa, sin piedad.

Después de veinte años de trabajar cada lunes en talleres de constelaciones, donde llegan casos en los que descubrimos el impacto de la violencia social a través del tiempo, admiro la fuerza de quienes vienen a trabajar sus historias. Sé que la valentía de enfrentar la realidad duele en la sangre, y también que la toma de conciencia y de responsabilidad social es un bálsamo.

*Hija de sobreviviente y Directora del Instituto de Estudios Transgeneracionales

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