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José Cherem Haber

Querido Pollo, adorado Papito:

Las poco más de tres semanas que pasaste postrado en una cama de terapia intensiva en noviembre pasado en Nueva York, columpiándote con los ojos abiertos entre la vida y la muerte, eclipsaron nuestras vidas dictando la sentencia de un final.

SILVIA CHEREM DE SHABOT

Fueron tres semanas amenazantes en las que los segundos se tornaron pegajosos, torpes, tres semanas en las que el tiempo suspendido tuvo la capacidad de desdibujar el rastro de cualquier otra existencia. Tres semanas en las que, una y otra vez, te despediste con serenidad y aplomo distribuyendo amor y consejos a cada uno de nosotros. Si me voy ahora, nos decías impartiendo cátedra “del buen morir”, estoy en santa paz.

Como un contrasentido, quizá porque nunca estamos del todo dispuestos a irnos, porque siempre soñamos con la posibilidad de despertar mañana, junto con el peso contundente de los entrañables adioses, comenzaste a planificar el mañana. Apelabas a cumplir un sinfín de pendientes, a mantenerte sabio rodeado de amor y conocimiento, de cultura e inventos científicos.

Estoy como el Quijote, señalaste, ahora que parece que me voy a morir, estoy lúcido y totalmente sano. Presumías que estabas en el paraíso, era tu privilegio tener a toda la familia reunida, concluir el camino con una propuesta renovadora y un abrazo de amor.

En aquellos días agónicos en que se manifestó la congestión cardiaca congestiva que derivó en falla multiorgánica, taladraba tu mente un invento con el que asumías que la humanidad podría producir energía eléctrica limpia, a bajo costo, en zonas de alta pobreza. Atado a un respirador nos deslumbrabas haciendo números en tu cabeza, planteando fórmulas con la obsesión de patentar un nuevo invento a fin de ser heraldo de progreso y desarrollo.

No era la primera vez que conocíamos al genio loco que llevabas en tu interior, al Pollo Ciroperaloca, como yo te vacilaba, que pretendía dejar un mundo mejor de aquel al que llegó, al apostador que inclusive en el último intento estaba dispuesto a jugarse el todo por el todo por un sueño.

Hace casi treinta años, cuando tu corazón se detuvo por vez primera, elaboraste otra invención con fórmulas matemáticas y físicas para desviar la violencia devastadora de los temibles huracanes, una idea que lograste registrar ante la rigurosa oficina de patentes norteamericana.

Te hinchaste de orgullo de haberlo logrado, tenías la certeza de que tu invento podría domar a la naturaleza salvaje y, a lo largo de los últimos años, buscaste que el gobierno de los Estados Unidos probara tu costoso invento. Esa primera patente te brindó un lugar en Google, aceptando a José Cherem Haber como inventor y hombre de ciencia.
¿Te das cuenta?, adorado Pollo, deseabas marcharte de pie y en plena creación, manteniendo activo por sobre de todo el pensamiento crítico, ese ardor creativo y memorioso que preserva el justo equilibrio entre las matemáticas, la filosofía, las letras y la sensibilidad artística, disciplinas que articulaban los puntos de tu pensamiento.

En tu cuarto del Lenox Hill Hospital no sólo empuñaste el rigor científico, también te refugiaste en la música y la poesía. Declamamos “Las oscuras golondrinas” de Becker, “Gloria” de Díaz Mirón, el “Madrigal” de Gutiérrez de Cetina y los versos de Juan de Dios Pesa, coplas que aprendiste en la secundaria y que, memorioso como eres, nos declamaste al dedillo.

Exigiste también escuchar a Mozart y a Bach, las sinfonías de Beethoven y las óperas de Verdi. Juntos cantamos: “Digan lo que digan”, “I did it my way”, “Memories” y la canción de Nino Bravo: “Al partir, un verso y una flor, un te quiero, una caricia y un adiós”. Tuviste inclusive la ocurrencia de reunirnos a todos alrededor de tu cama para cantar: “Vive feliz ahora mientras puedas, tal vez mañana no tengas tiempo…”.

Al llegar a México, sabiendo que tus días estaban contados, que la cita con la muerte era inexorable, decidimos cantar loas a la vida ofreciéndote un final digno frente al mar.

No tengo palabras para agradecer este tiempo de amor con Mamina, tu fiel compañera, con Moy a quien tanto adoraste, con Sary y David, con mis hijos y nietos disfrutando ocasos teatrales en los que, como dicen los niños, pareciera que el sol se moja en las aguas del mar en cada atardecer.

Fueron semanas para hablar de frente de la vida, de los miedos, de cada uno de tus pasos y, sobre todo, de la danza con la muerte. A veces firme, en otros momentos iracundo o temeroso, vigilabas el reloj, desconfiabas de su paso. Temías que se te pegara la boca, sospechabas de las ráfagas de aire frío, dudabas si debías cerrar los ojos por miedo de no poder abrirlos más.

Por apego y necesidad de permanencia, por suspicacia ante lo desconocido, por la tristeza de no volver a vernos, pasamos días y semanas hablando de manera insaciable, abrazándonos en un nudo imperecedero, eterno e indestructible.

Exigiste: Cuando se despidan de mí, quiero que se vayan felices, no quiero que lloren.

Noveno de diez hijos, quedaste huérfano de padre antes de cumplir los dos añitos. Mi abuelo David Cherem Cherem (1890-1933), quien inmigró a México de Siria en 1909 con su hermano Rajamim, empezaba a consolidar su sueño de prosperidad, cuando la muerte lo sorprendió a deshora.

A principios de la década de 1930, en su paso de comerciante a industrial, se asoció con los norteamericanos Haas a fin de fundar la fábrica textil Mexican Silk, símil de lo que llegaría a ser Celanese Mexicana. El 10 de mayo de 1933, sin embargo, chocó en la carretera de México a Cuernavaca en su Lasalle con ocho personas a bordo, entre ellas el jajam Selim Lobatón y mi tío Elías (que viva 120 años), entonces de doce.

Al parecer a nadie le pasó nada grave, golpes y raspones, pero mi abuelo se pegó en la cabeza, la herida se infectó y, por falta de antibióticos, porque la penicilina apenas descubierta aún no se comercializaba en México, murió de septicemia antes de un mes. Él había comprado el terreno para edificar el knis Rodfé Sedek a un lado de su casa en la calle de Córdoba y, en sus últimos meses de vida fue su sueño edificar la sinagoga. Como una paradoja del destino, ese espacio de oración recién inaugurado sirvió para honrarlo y velarlo. Sólo tras su muerte se supo que era él la mano anónima que brindaba alimento y sustento a varias familias de la comunidad.

El deceso de David Cherem provocó congoja en la comunidad, en especial fue una tragedia para mi abuelita Sabouth, por quien me llamo Silvia, quien antes de cumplir cuarenta años ya era viuda y responsable de sacar adelante a una escalerita de diez hijos. El décimo, mi tío Lalo (también que viva 120 años), estaba aún en su vientre.

Mi Mertamita, como le decíamos, hija de un farmacéutico viudo, en 1912 había cruzado el ancho mar desde Alepo, casada por poder con mi abuelo a quien no conocía. Siendo niño, me contabas, la perseguías deseoso de manchar con gis su ropa negra, deseoso de aminorar su inconsolable dolor, un luto perpetuo.

Si algo te salvó, infieres, fue haber tenido buenos profesores, brillantes republicanos exiliados en México que te cobijaron, alentaron tu curiosidad e inteligencia y descubrieron mundos nuevos para ti porque, de ser un huerfanito cualquiera que se bañaba una vez a la semana y a quien no le alcanzaban los centavos ni para tomar el camión, lograste ser alguien gracias a que tuviste estudios formales, buena dosis de suerte, magníficos maestros, disciplina, vocación y voluntad para esforzarte.

Contabas que tu profesor Erasmo Castellanos Quinto, quien le ganó la cátedra por oposición a Amado Nervo, lloró cuando supo que estudiarías Ingeniería y no Letras. Entre miles de alumnos destacabas como uno de los mejores promedios de la Iniciación Universitaria, lo que era la secundaria de la UNAM, luego en la Escuela Nacional Preparatoria y, más tarde, en la Facultad de Ingeniería de la Universidad Nacional. Provocabas admiración, buenas dosis de envidia, te distinguías inclusive en los deportes, porque de hacer tus pelotas deshilando madejas de los sobrantes que comprabas en las fábricas de calcetines, te convertiste en pitcher en la Arena Coliseo.

Fuiste el primer jalebi en recibirte como ingeniero, también el primero en ser maestro universitario en la UNAM. Impartías Estabilidad, la materia más difícil, el filtro de la carrera. Te enorgullecías de ser parte de la Generación 1951, de haber sido amigo cercano de tus compañeros de entonces, varios de ellos pilares en la vida cultural y política de México: Cuauhtémoc Cárdenas, democratizador del México moderno, el escritor Vicente Leñero y Enrique del Valle Calderón, quien llegara a ser director de la Facultad de Ingeniería. Durante años y hasta hace poco tiempo, una vez al mes invitabas a todos tus compañeros a comer con tu profesor Guillermo Salazar Polanco, que aún vivía. Tú convocabas, tú pagabas la cuenta, nadie debía faltar por motivos económicos.

Al salir de la universidad, los más grandes hombres de negocios en México, judíos y no judíos, te encomendaron sus obras: fábricas, bodegas, pisos industriales, casas y edificios. Reconocían en ti a un joven noble, trabador y honesto. Ser el ingeniero Cherem era tu orgullo, el Ingeniero José Cherem, quien edificó más de trescientas obras que brindaron prosperidad a los miembros de la comunidad y a inmigrantes armenios y libaneses.

Construiste almacenes de telas para Anwar Name, el Taconazo Popis para los Amparzumian, locales comerciales para los Karam. Entre los paisanos, a los Achar les construiste las dos primeras fábricas de Comex. A Alberto Guindi, Compañía Industrial Kindy, Colchones Sealy, cientos de metros de bodegas y otras fábricas. A Isaac Saba, Industrias Ocotlán, el Hotel del Valle de México, edificios y ampliaciones. A Emilio Sacal, Industrias Colorama y otras obras. A Sión Mizrahi y José Mercado, la fábrica Duramil e inmuebles de oficinas en Gustavo Baz. A los hermanos Hamui, el Fraccionamiento Bulevares y numerosos edificios. A Manuel Harari, la fábrica de Vanity. A los Cohen, Durex. A los Rubinstein, Calcetines Holeproof. A los hermanos Cherem Bettech, Calcetines Chernos. A David Hanono Levy y Eddy Marcus, un edificio de diez pisos en San Antonio Abad para maquila de ropa y otros inmuebles en Polanco. A Moisés Romano, un hotel en el Centro. A tu primo Abraham Benjamín Cherem, ABC, un edificio en Antonio M. Anza. A Marcos Adissi, obras en San Antonio Abad; a Elías Cojab, dos o tres obras en Viaducto; a Julián Lasky y Salo Goldscheider, el edificio Cuatro Caminos…

La lista no se agota. Los más grandes de los negocios en México tenían oídos para mí, pre-sumías. Lo terrible fue que junto con los éxitos que alcanzaste y con los que fuiste construyendo un patrimonio y un buen nombre, ese buen nombre de gente honesta que nos legaste, padeciste la ingratitud y alevosía de dos individuos, por tristeza miembros de la comunidad, que a tus 38 años te arrebataron tu tranquilidad, porque con juicios truculentos te demandaron penalmente para marearte y no pagarte, y te despojaron de todo lo que poseías: 59 departamentos en Polanco, 30 mil metros de un terreno en Ecatepec, un predio de 2 mil metros en Sierra de la Breña donde pensabas construir nuestra casa, y quien sabe cuántas propiedades más que saldaste para liquidar las millonarias cuentas pendientes que avalaste en su nombre.

Esa traición con tufo de delito fue un fantasma obsesivo en tu vida, una sombra ominosa que quedó tatuada en la piel familiar. A pesar de todo, te sentías un hombre con suerte. Decías que eras “Feliciano”, un individuo fregón, un genio, un luchador, un hombre milagro… Y sí que lo fuiste porque viviste como rey y, ahora lo sabemos, moriste como un rey.

Con un corazón generoso y compasivo, con esa humildad con la que siempre has sabido vincularte con quienes menos tienen, te ganaste el cariño de todos: ricos y pobres, chicos y grandes. Al final, te fuiste tranquilo, seguro de ti mismo, permitiendo que afloraran los te quiero, los perdóname, los te agradezco, los te amo, los adioses, bendecido con el amor devoto de mi madre, de nosotros tus hijos y nietos, de todos los que siempre reconocimos tu mirada de hombre de bien, culto y decente.

En términos personales, en los soliloquios que compartimos dibujando pasos a la inversa, escribiendo poesía en el cielo entre tinieblas y despertares, una y otra vez me repetiste cuánto me adorabas, lo orgulloso que te sentías de ser mi padre. Te lo dije y hoy te lo reitero: el privilegio fue mío. Te adoro y vivo henchida de orgullo de ser hija del Ingeniero Cherem, y de Mamina, un alma noble.

Nunca dejo de agradecer que después de tu primer infarto en 1989, la vida nos regaló estas casi tres décadas en las que viste crecer y casarse a mis hijos, en las que ellos han tenido al Pollo como solidario abuelo con quien compartir. Fuiste Pepollo, como te apodó Pepe, Lion King para Jony mi yerno, y el dulce Pollito para mis nietos. Viviste en primera fila mis logros profesionales vertiendo lágrimas de orgullo y emoción con los premios y los libros. Soy un chillón, te justificabas.

No imaginas cuánto te voy a extrañar, querido Pollito. Estarás cada tarde en mi estudio conversando conmigo con tu sonrisa luminosa, corrigiendo una y otra vez mis textos o leyendo algún libro de mi biblioteca. Escucharé la sonoridad de tus estruendosas carcajadas, tus frases de macho consagrado que despertaron en mí a la feminista que soy, tus justificaciones de cualquier enfermedad: todo mal obedece al calzón apretado. Vivirán en mí tus consejos: quien no sube el primer escalón, no llega al segundo; hay que ser generosos con los que menos tienen; los buenos exámenes se preparan todos los días; los valientes mueren una vez, los cobardes todos los días.

Muchas veces pedimos juntos que, cuando llegara el momento del adiós, tu final fuera un respiro de paz y serenidad sellado con la armonía de la poesía, el ritmo de la música y el abrazo de la familia. Y así fue. El jueves regresamos de Puerto Vallarta porque comenzaste a tener desfibrilaciones ventriculares constantes, viajamos sabiendo que venías infartado. El viernes, el séder de Pésaj nos reunió a la familia casi completa, rezaste, nos bendijiste, cantamos con los niños, y desde el más pequeño hasta el más grande te agradecimos y te dijimos adiós. A las 4:38 de la tarde del sábado 31 de marzo nos sorprendiste con tu último aliento. Te marchaste en paz.

* * *
Por último…

Como tantas veces lo hablamos, en aquel Manhattan que marcó el principio de tu final, me deslumbraron las calles tapizadas de hojas planas y sedosas en forma de abanico, hojas que en un solo día se desprenden del árbol, hojas que atesoré y que colorean de verde, naranja, rojo y amarillo la ciudad de asfalto. Hojas de Ginkgo Biloba, árbol ancestral originario de China, fósil emparentado con especies del Jurásico de hace más de 270 millones de años, capaces de resistirlo todo, hasta una bomba atómica porque tras el ataque de Hiroshima esos árboles tuvieron la capacidad de renacer en Japón.

Esos Ginkgo, símbolo de renovación, de esperanza, son ante mis ojos una metáfora de tu vida. De tu corazón enfermo dispuesto a recuperarse. De esa sabiduría que soltaste como hojas al viento en tus últimos meses. De tu tronco fértil, de la savia que renace en la esperanza.

Por eso, en estos días sembraré en mi jardín un Ginkgo en tu nombre, cerca de aquel ciruelo que plantamos juntos. Serás hoy y por siempre, querido Pollito, ese Ginkgo que nos alimente nutriendo nuestros tejidos de amor, inteligencia, cultura y ciencia, sosteniendo nuestro corazón familiar con el orgullo de ser tu descendencia.

Yo prometo regar siempre tus raíces y tu tronco fecundo, deslumbrarme con tus brotes de primavera y tus abanicos otoñales, mantenerte con vida para que tú y mi mamá sean cobijo de las próximas generaciones.

Estoy segura de que Mamina, mis hermanos, mis hijos y nietos, mis sobrinos, sobrino-nietos, amigos y todos los que gozamos de tu sonrisa sincera, de tu plática erudita, también lo harán.

 

Te adoro, te adoro siempre,

 

 

 

Leí fragmentos de este escrito en la levayá de mi papá, José Cherem Haber, en el Nuevo Panteón Maguen David, el 2 de abril de 2018. Esta carta es una adaptación de una versión ampliada que le entregue en vida a mi papá, escrita entonces en presente.

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