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Paul Celan: El abismo de las palabras

Enlace Judío México.- Su mundo interior estuvo tambaleante, aquejado de un continuo cuestionarse ante las injusticias, ante los irreversibles golpes del azar que no le resultaban tolerables; tal fue la naturaleza de Paul Celan (1920-1970), uno de los mayores poetas alemanes del siglo XX, un poeta que buscó desgajarse de su entorno.

“… algo nos viste con la piel diurna, con la piel nocturna/ para el juego con la más alta,/ con la epiléptica seriedad.” Paul Celan

PERLA S. S.

Encontró refugio en la incandescente materia lingüística. Siempre tuvo la necesidad imperiosa de explicarse a sí mismo y cuando sintió que ya no lo logró, optó por el suicidio. Ya había descendido al abismo de las palabras, como siglos antes lo hiciera Dante en su Divina comedia. Breve fue su estancia terrenal, paradójica e intensa fue su poesía.

Celan se avocó a ahondar en las aristas más oscuras de la condición humana; sus poemas están habitados por cruentos vendavales, signados por una fuerza telúrica: “Estar a la sombra/ de la llaga en el aire./ no-estar-por nadie-ni-por nada./ incógnito/ y solamente/ por ti./ Con todo lo que cabe dentro,/ sin lenguaje/ también.”

El sufrimiento lo va erosionando, en contraste, su palabra se aviva como heredero que es de un romanticismo tardío, coloreado por tintes surrealistas y también de carácter expresionistas.

Sobre él, el también poeta Michael Hamburger, su traductor al inglés, solía afirmar que Paul Celan, continuamente nos enfrenta en su escritura a la dificultad y a la paradoja. Su poesía se puede sentir, a pesar de que no se comprenda en su totalidad.

Poesía críptica coronada por la desazón del Holocausto, cotidianeidad y un horror ante las peores atrocidades humanas; angustia creciente que lo llevó a quitarse la vida por mano propia. Una noche al sentirse totalmente devastado, decide sumergirse en las aguas del Río Sena, una decisión con carácter irreversible, de una sensibilidad trastocada por el vacío, ya le era imposible soportar más, ya le era imposible proseguir en la batalla.

Un poeta desintegrado por su exceso de sensibilidad, su único destino posible era la muerte, el viaje hacia la eternidad: “Este es el ojo del tiempo; admira de reojo/ bajo la caja de siete colores./ Su párpado es lavado por los fuegos,/ su lágrima es vapor./ La estrella ciega vuela hacia él,/ y se funde en la pestaña/ hace calor en el mundo/ y los muertos brotan y florecen…”
Una muerte para reconstruirse, una muerte para romper ese delgado meridiano de luz, y fusionarse con una oscuridad acogedora, un simbólico retorno al vientre materno.

En un ensayo escrito en 1983, la poeta Pura López Colomé dice en torno a la obra de Paul Celan: “Desde entonces se le observa, su vida, círculo máximo de una enfermedad celeste; que pasa por los polos del mundo, línea de intersección de un enfermo (…) Paul Celan se quita (o se da) la vida en plenitud, a la mitad (a la mitad de andar nuestra vida.”

Como paradoja, él encontró la luz en la poesía, pero ésta le fue insuficiente para seguir permaneciendo entre los vivos. Fue en 1947, cuando Paul Ancel, adopta el anagrama de Celan para firmar sus textos, los primeros de ellos fueron reunidos en Amapola y memoria, a los que seguirían De umbral en umbral, La rosa de nadie, Cambio de aliento, Presión de luz y Morada de tiempo.

El poeta nace el 23 de noviembre de 1920 en Chernovitza, región de Bucovina en Rumania. En su pueblo natal, realiza sus primeros estudios y a los 18 años, en 1938 viaja a Francia y estudia tres semestres en la facultad de medicina en la Universidad de Tours; regresa a Rumania y se sumerge en la literatura.

En 1940, su patria es ocupada por las tropas germanas; sus padres son enviados a un campo de concentración, del que nunca regresarán con vida, él logra escapar y en 1945 se va a radicar a Bucarest, y sobrevive como traductor y lector de una editorial.

Dos años más tarde, en 1947 comienza a escribir con mayor disciplina; y a inicios de los años 50, se instala en forma definitiva en París. Realiza estudios de literatura alemana en la Ecole Normale Superior y conoce a la que fuera su esposa Giséle Lestrange.

Paul Celan se sostiene a partir de las letras. Sus poemas estaban permeados por su angustia existencial; se distancia una y otra vez de la realidad para sumergirse en los momentos estelares de la historia judía y en las profundidades del pensamiento místico. Configura su poética a partir de una belleza recorrida por los ecos de lo terrible, de aquello que no es fácilmente expresable.

Uno de sus poemas mayores es “Fuga de muerte”, el cual se encuentra construido como una partitura; su poema más conocido y antologado nos remite a los campos nazis de exterminio, en un afán de conjurar a sus demonios interiores. La oscuridad y la muerte van de la mano en una palabra poética que despliega una sensualidad inusitada.

Su metáfora central es el agua que es un remanso, esa agua que remite a la placidez del vientre materno: “Leche negra del alba la bebemos al atardecer/ la bebemos al mediodía y al mañana la sabemos de noche/ bebemos y bebemos/ cavamos una fosa en los aires, allí no hay estrechez.”
En este texto, Celan se erige como “un encantador de serpientes”, acompañado por una jauría que no cesa de aullar, ante esa miseria y descomposición humana que atestigua. Hay un intento de sobrevivir la desbordada espiral de violencia que lo apabulla.

“Fuga de muerte” se configura a partir de reiteraciones, y está presidido por una perspectiva hegeliana: Tesis, síntesis, antítesis. Asimismo, hay diversas referencias bíblicas: “Tu cabello de ceniza Sulamita nos permite cavar una fosa en los aires./ allí no hay estrechez.”

“Cabello de ceniza” es una imagen que nos remite a la señal judaica de duelo. Recordemos que Celan atestiguo la llamada “Noche de cristal” donde centenares de judíos fueron acribillados en una forma impune. En los últimos versos de “Fuga de muerte” se alude a Auswichtz: “Leche negra de alba te bebemos de noche/ te bebemos al mediodía la muerte es un maestro de Alemania/ su ojo es azul/ te alcanza con bala de plomo te alcanza certero/ Un hombre vive en la casa tu cabello de oro Marguerite/ atiza sus perros contra nosotros, nos regala una fosa en el aire/ juega con las serpientes y sueña la muerte es un maestro de Alemania/ tu cabello de oro Marguerite/ tu cabello de ceniza, Sulamita.”

Bastaría “Fuga de muerte” para que Paul Celan hubiera trascendido, pero no olvidemos sus otros poemas, como los incluidos en Amapola y memoria, donde la amapola simboliza a la mujer, como una flor que surge etérea del territorio de los sueños: “Verde moho es la casa del olvido/ ante cada portón flameante azules tus tamboriles, decapitado…”

Celan fue un poeta posesor de una palabra dulce y violenta, una palabra nutrida de la densidad de las sombras. Su lenguaje es hermético y atrayente, surge de un auto exilio impuesto. Él se lanzó a la búsqueda de la palabra absoluta, cada uno de sus poemas, los concibió como “caminos de luz hacia un yo receptivo.”

Escribir era una especie de regreso a casa, intento y memorioso; oscila en forma continua de la luz a la oscuridad enceguecedora. Cuando recibió el Premio Literario de Bremen a fines de los 60, dijo: “El poema puede ser, dado que es sin duda, una forma de aparición del lenguaje, y con ello, conforme a su esencia, diálogo, un mensaje dentro de una botella, abandonado en la creencia- ciertamente se nos impone esperanzada entre lo que podría ser lavado-, en cualquier lugar justo a la Tierra, junto a la Tierra del Corazón…”

Leer la obra de Paul Celan implica un acto de paciencia, de mantenerse alerta, sus poemas son difíciles pero alquímicos, él trasciende máscaras y espejismos y logra trastocar el vacío existencial. Rebasa la oquedad del silencio: “Un estruendo: la verdad misma,/ hace acto de presencia entre los hombres/ en pleno torbellino de metáforas.”

Él surcó entre los abismos de la palabra, regido por su intuición poderosa. Es un poeta fascinante que exige de múltiples lecturas para ser comprendido. Estremece a la realidad, la exacerba, aquella de la que le dijo un adiós definitivo, el 30 de abril de 1970. Escogió abandonar la dialéctica de la luz para adentrarse en un infinito indefinible.

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