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A propósito de Janucá: la compleja relación del judaísmo con la modernidad

Enlace Judío México e Israel.- Las culturas imperiales, para bien o para mal, siempre influyen en las naciones pequeñas que conquistan por la fuerza. Mientras tal o cual imperio está vigente, sus modas culturales pasan a convertirse en “lo moderno”, y los pueblos o culturas pequeños (me refiero al número de integrantes, no a su valor intrínseco) deben librar una feroz batalla entre sus tradiciones y la tentación de modernizarse.

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El judaísmo es la identidad de una cultura pequeña que, repetidas veces en la Historia, se vio sujeta a diferentes imperios. En la narrativa bíblica destacan el Egipcio, el Asirio, el Babilonio, el Aqueménida (también llamado Medo-Persa), el Macedónico y el Seléucida (aunque la tradición suele fusionarlos y llamarles “Grecia” por su claro vínculo con la cultura helénica). Luego vendría el romano para completar el panorama histórico del judaísmo antiguo.

Y sucede una paradoja curiosa: los judíos tenemos la fama de ser uno de los grupos más consistentemente tradicionalistas, que hemos logrado sobrevivir a todos estos imperios sin perder nuestra identidad. Sin embargo, es un hecho que a la par de lo anterior también hemos aprendido a incorporar aspectos “modernos” a nuestro modo de vivir y de pensar. Es decir, aspectos obtenidos de esos imperios que nos dominaron.

Y es que los judíos entendemos que no todo lo que viene de afuera es malo. Hay cosas que valen la pena, aun proveniendo de eso que despectivamente muchos llaman “el imperio”.

Por ejemplo: cuando los antiguos hebreos quedaron bajo el dominio egipcio –y no me refiero sólo al período de servidumbre narrado en el Éxodo, sino a la etapa que inició desde que Tutmosis III impuso el dominio egipcio sobre todo Canaán–, se trataba de un grupo seminómada con costumbres rudimentarias y cuya religiosidad se basaba, en cuanto a los aspectos calendáricos, en la Luna. Pero el libro del Éxodo, arranque de la Torá como texto legislativo, demuestra que de Egipto se aprendió mucho, tanto en lo que respecta a códigos legales para organizar la vida comunitaria, como respecto a astronomía solar.

Los conocimientos astronómicos del antiguo Israel se perfeccionaron notoriamente durante las dominaciones asiria y babilónica, al grado de que el judaísmo eventualmente desarrolló uno de los sistemas calendáricos más perfectos del mundo, ya que no necesita correcciones esporádicas porque está pensado para corregirse y ajustarse permanentemente.

Pero sin duda la relación más compleja fue con los griegos o, para ser más preciso, con la cultura Helénica.

Janucá es, por antonomasia, la celebración que festeja la derrota del intento de Antíoco IV Epífanes por imponer el helenismo como única opción válida en Israel.

Pero ¿se trataba realmente de una guerra con la cultura griega?

Empecemos por donde hay que empezar: por el hecho de que, evidentemente, Antíoco IV Epífanes nunca entendió de qué se trataba el helenismo.

El helenismo es la expansión cultural helénica que, a partir de Alejandro Magno, se impuso en todo el mundo oriental conocido (y luego, a través de la expansión romana, en todo el mundo occidental, aunque no como helenismo estricto, sino como cultura Greco-Latina).

Y la idea central del helenismo siempre fue el mestizaje cultural. Es decir, había un objetivo definido y explícito de que la cultura helénica, en tanto cultura imperial, se fusionara con las culturas locales de los reinos que iban siendo conquistados. Nunca –salvo por Antíoco IV y los judíos– existió la idea de suprimir una cultura completa para imponer un modo helénico de vivir.

Entonces, la rebelión de los makabim (macabeos) contra Antíoco no fue necesariamente una rebelión contra una cultura, sino contra un autoritarismo criminal.

En realidad, los vínculos e intercambios entre el pueblo de Israel y la cultura griega ya eran antiguos.

El primer grupo griego que tuvo una notable influencia y presencia en el antiguo Israel fueron los filisteos, uno de los llamados Pueblos del Mar que, originarios del Mar Egeo, invadieron las costas orientales del Mar Mediterráneo hacia el siglo XII AEC.

Los egipcios lograron repeler a los filisteos, pero perdieron el control sobre Canaán. Eso permitió que este grupo se estableciera en lo que actualmente es Gaza, y durante los siguientes siglos protagonizaran una gran cantidad de fricciones y combates con el pueblo de Israel. De allí vienen fascinantes relatos bíblicos como el de David enfrentando a Goliat.

Las últimas referencias bíblicas a los filisteos provienen de los libros de los profetas, específicamente de la época de la invasión babilónica. Al igual que muchos otros grupos pequeños, fueron totalmente asimilados a una nueva realidad y desaparecieron de la Historia.

Sin embargo, por lo menos durante seis siglos, representaron el punto de contacto entre el pueblo de Israel y la cultura griega.

Claro, se podría decir que fue un contacto conflictivo. Y es correcto. Sin embargo, hubo otro grupo de los Pueblos del Mar que también se estableció en las costas de Israel, y con quienes el contacto no sólo fue amable, sino que incluso dicho grupo se asimiló a la identidad israelita.

Los restos arqueológicos que demuestran que hubo una importante presencia de un grupo de origen griego en Israel se han recuperado en el territorio que, antiguamente, correspondió a la tribu de Dan. Su origen egeo es indiscutible, y por ello se asume que se trataría de otro “pueblo del mar”. Por su ubicación geográfica es evidente que dicho grupo mantuvo un trato intenso con la tribu de Dan, o incluso –en la posibilidad más extrema para interpretar la evidencia– que se trató específicamente de aquello que la narrativa bíblica luego identificó como la tribu de Dan.

Entonces, no toda la relación con lo griego fue mala. Si por un lado hubo guerras interminables con los filisteos, por el otro hubo una plena asimilación de los que se integraron a la tribu de Dan.

Por ello no resulta extraño que más adelante el judaísmo no haya tenido inconvenientes en incorporar ciertos rasgos de la cultura helénica a su propia identidad, sin que esto se convirtiera en un riesgo de asimilación. Todo lo opuesto: en realidad, era la cultura helénica asimilándose a la cultura judía.

Hay tres ejemplos importantes de esto: los qumranitas, los judíos de Alejandría y la dialéctica talmúdica.

Pese a que los qumranitas se presentaban a sí mismos como el judaísmo más puro y limpio posible, la realidad es que estuvieron profundamente influenciados por la cultura y la religión helénica. Fueron los únicos judíos que desarrollaron algo más o menos parecido a un Culto Mistérico, organizado –como debe ser– como una secta iniciática.

Es decir: para ingresar, se tenía que cumplir con todo un protocolo iniciático, después del cual comenzaba un proceso de tres etapas en el que el aprendiz –etapa inicial– terminaba por convertirse en miembro pleno de la secta –etapa final–. Su estructura es muy similar a la de los antiguos pitagóricos.

Además, se hizo un esfuerzo notable por imponer una religiosidad solar. La literatura calendárica recuperada entre los Rollos del Mar Muerto –como el Libro de los Jubileos, que ya se conocía en copias cristianas– asume una postura completamente bizarra para el Judaísmo. Rechaza la Luna como referente astronómico, y pretende que el único calendario correcto es cien por ciento solar. Esto refuerza el vínculo de qumrán con los antiguos cultos mistéricos, ya que estos –herederos de las religiones agrícolas– basaban toda su mitología en los símbolos de las deidades solares. Es decir, en la equiparación de sus deidades con el sol.

Muy distinta, pero no menos helenística, fue la comunidad judía de Alejandría. Era lógico: dicha ciudad fue la capital cultural del mundo helénico durante varios siglos. De allí surgió uno de los más grandes pensadores judíos de todos los tiempos: Filón, erudito en la Torá y los textos judíos, también fue un gran conocedor de la filosofía griega. En muchos de sus libros planteó magníficos argumentos para demostrar que las enseñanzas de la Torá y la filosofía griega eran esencialmente idénticas, y como buen judío además demostró que el perfeccionamiento definitivo de la filosofía griega era, naturalmente, la Torá.

La comunidad judía de Alejandría sobrevivió mientras sobrevivió la propia ciudad. Con el colapso de la cultura helénica, los judíos locales se vieron frecuentemente presionados y agredidos por las nuevas autoridades cristianas, y eventualmente terminaron por desalojar lo que había sido su hogar por seis siglos. Se trasladaron mayoritariamente hacia Europa, y allí se asimilaron sin problema alguno al sistema rabínico. Hay quienes han propuesto que habrían sido descendientes de judíos alejandrinos los que integraron ese grupo de 350 familias que, hacia el siglo X, fue el origen del judaísmo ashkenazí (y por ello sus diferencias de fondo con el judaísmo sefaradí, que estaría más vinculado con la comunidad judía de Babilonia).

Finalmente, en el Talmud encontramos el sutil vestigio de que los judíos posteriores al siglo I EC supieron aprovechar muy bien la dialéctica propia de las escuelas filosóficas griegas. El modelo de discusión basado en preguntas y respuestas –como la Mayéutica Socrática– desarrolló su propia versión judía, y se quedó afianzado hasta la fecha. Por ello no resulta extraño que el gran sabio del judaísmo medieval, Maimónides, fuese un filósofo aristotélico de pura cepa. Su influencia fue determinante en todo occidente para la reaceptación de la lógica aristótelica, incluso en la Iglesia Católica, ya que dicha influencia se nota perfectamente en la obra de Tomás de Aquino.

Nos queda claro que el judaísmo ha entendido a la perfección que la cultura y la identidad no son exactamente lo mismo. Hay un núcleo esencial de cada cultura que sí está directamente relacionado con la identidad ancestral, pero alrededor hay toda una zona periférica que permite que las culturas se comuniquen, se fusionen, intercambien contenidos, y se enriquezcan sin que la identidad se vea afectada.

Gracias a esa lucidez, el judaísmo ha aprendido mucho de todas las culturas con las que ha estado en contacto. En la antigüedad, eso fue básico para que el judaísmo lograra sobrevivir.

Y en los últimos tiempos, tuvo un efecto que probablemente nadie previó pero que hoy lo podemos ver con toda nitidez: el moderno Estado de Israel ha sido el punto de gestación de un fenómeno sin precedentes en la Historia del pueblo judío. Después de un exilio de casi dos mil años, en Israel se reintegraron comunidades judías llegadas de todo el mundo –literalmente–, y eso significa que allí se dio el encuentro de judíos que, sin perder su identidad ancestral, habían enriquecido su experiencia cultural en una gran cantidad de lugares.

Naturalmente, con el paso de dos o tres generaciones Israel se convirtió en un laboratorio experimental donde toda esa riqueza se fusionó. Algo inaudito.

El resultado es evidente: en apenas 70 años, Israel se ha convertido en una potencia del conocimiento humano. Su vida cultural y los niveles de innovación tecnológica que goza lo demuestran, ya que se encuentra a la vanguardia en prácticamente todo lo que tiene que ver con ciencia y tecnología.

Por eso es importante recordar –sobre todo en los días de Janucá– que la verdadera guerra no es contra el conocimiento humano, venga de donde venga.

Es contra la oscuridad.

Y, como dijo Víctor Frankl, para derrotar a la oscuridad no hay que combatirla a palos o golpes, ni con más oscuridad. Basta con encender una luz.

Israel, el pueblo que ha sabido aprovechar todo el conocimiento humano y ha aprendido de todas las culturas del mundo, se ha consolidado como una luz en nuestras épocas.

Y contra ello, la oscuridad no tiene poder.

 

 

 

Las opiniones, creencias y puntos de vista expresados por el autor o la autora en los artículos de opinión, y los comentarios en los mismos, no reflejan necesariamente la postura o línea editorial de Enlace Judío.

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