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Recordando a mi padre: Eduardo Cohen

Enlace Judío México.- Es costumbre en mi comunidad de origen -los judíos mexicanos provenientes de Alepo- llamar al primer hijo con el nombre de su abuelo, y a la primera hija con el nombre de su abuela. Es una manera de honrar a la persona u honrar su memoria en caso de que haya fallecido.

LEONARDO COHEN

Mi hijo nació casi 14 años después de la muerte de mi padre, Eduardo Cohen. A mi hijo lo llamamos Amitai. Pronto serán 30 años de que emigré a Israel, y el nombre Eduardo podía resultar un poco extraño en el entorno local. Amitai, también es un nombre poco común, pero nos pareció original, es un nombre con raíces bíblicas y por lo tanto puede adecuarse más fácil al entorno hebreo que nos rodea. Amitai era el padre del profeta Jonás: el primer versículo de este libro dice: “Y Dios hablo a Jonás hijo de Amitai.” Eso es todo lo que sabemos de este personaje, ni más ni menos, lo que para mí lo hace atractivo porque le otorga un cierto misterio, habiendo sido mencionado esta única vez en el texto bíblico.

Sin embargo, la razón más importante por la que me di la libertad de no llamar a mi hijo con el nombre de mi padre es que a causa de los intensos recuerdos que tengo de él, y que sorprendentemente se acrecientan conforme el tiempo pasa, encuentro infinidad de maneras de honrar su memoria más allá de su nombre. Su legado es tan vasto para mí, como entiendo que lo es para mucha gente más, que las oportunidades para rememorarlo y agradecerle lo que nos heredó, son excepcionalmente numerosas.

En muchas ocasiones cuando voy al banco, a la peluquería o alguna tienda o restaurante que están en un cruce muy transitado cerca de mi casa, me veo obligado a pasar al lado de un puesto de lotería. El vendedor me conoce desde hace muchos años. Se llama Martin y tiene cerca de sesenta años. La relación entre los dos es predominantemente unidireccional. El me da consejos y recomendaciones para la vida y yo lo escucho. El piensa que debe ayudarme a que mi vida sea mejor. Me explicaba en su momento como terminar de escribir mi doctorado, como hacer para encontrar un trabajo fijo y no ser profesor por asignatura. Se le ve un poco inquieto de que aún no he conseguido comprar un departamento. Me pregunta por la educación de mi hijo. Me muestra anuncios en los periódicos de cosas que pueden ayudarme para tener una vida más estable. Yo nunca le pregunto nada fuera de un simple cómo estas. A veces le respondo a sus inquietudes y trato de decirle lo que yo quiero o pretendo hacer y al mismo tiempo le doy la razón porque si lo contradigo levanta el dedo de manera categórica dejándome completamente desarmado. La dinámica es siempre la misma, salvo que esté ocupado con algún cliente. En esos casos, logro escabullirme y cruzar la calle saludándolo desde lejos con la mano. Admito que hay muchas ocasiones en las que no tengo ánimo de escuchar sus prédicas, y entonces hago un rodeo para evitar que se entrometa otra vez en mi vida privada. No me atrevo a pasar frente a él y no detenerme para que hable conmigo, así que muchas veces me escapo.

¿Por qué soy así? Inmediatamente después de que me hago esta pregunta me brinca la respuesta. Es mi herencia paterna. Mi papá tenía su estudio en un edificio en la colonia Polanco. En la planta baja había una tintorería y el empleado una vez lo vio salir del edificio y le dijo: “he visto que sus cortinas están un poco sucias, cuando quiera, se las lavo.” Mi papá no quiso hacerlo, por lo que antes de entrar al edificio se tomaba la precaución de no toparse con el tintorero y escurrirse hasta su estudio sin que lo vea. Así lo hacía por semanas. No quería tener que rendirle cuentas cara a cara de qué es lo que quería o no quería hacer con sus cortinas. Sin embargo, un día el encuentro fue inevitable, y un poco nervioso mi papá le dijo: “¿sabe qué?… eh… es que creo que… mire, no quiero que las lave.” A lo que el tintorero respondió: “¿Qué? ¿Que no lave qué?”

Ligada a esta historia hay otra historia que contaba mi papá, en parte verdadera y en parte ficticia. Mi papá había ido a ver al otorrinolaringólogo, quien le resolvió un problema del oído y le pidió que volviera en dos semanas para revisarlo de nuevo. Después de la primera visita se sintió mejor y no vio necesidad de hacer otra cita. Pensó que era innecesario gastar dinero en un asunto que ya estaba resuelto. El problema era que el consultorio del médico estaba en la calle aledaña a donde vivíamos y mi papá temía encontrarse al doctor por casualidad y que le dijera: “¿por qué no vino a verme?”. Así que preparó la excusa de antemano: “sí me lo encuentro en la calle, le digo que acabo de llegar de viaje”, pero luego reflexionó y se dijo: “¿por qué habría de creerme?” Y entendió que por los próximos días tendría que caminar por la calle con una maleta en la mano para justificar su argumento. Pero qué tal si el médico le pedía cargar su maleta y se daba cuenta que estaba vacía. Sería un problema. Debería de prepararse para esta posibilidad. La solución era meter algunas piedras y tal vez algo de ropa para dar crédito a su excusa. Fue un poco más allá y pensó que el médico tal vez le pediría abrir la maleta para ver si no eran sólo piedras, pero consideró que esto era ya improbable.

La creatividad de mi papá iba más allá de su obra plástica. Estaba presente en sus fantasías, su humor y la manera de encarar sus dificultades y debilidades. Su creatividad estaba también en su manera de armar historias. Hace poco tiempo leí un cuento corto de Etgar Keret. El personaje -que es Keret mismo-, recibe una llamada de una oficinista del sistema de cablevisión para venderle un servicio. Keret no logra decirle que no le interesa y le explica que se acaba de caer en un hoyo y se rompió el tobillo. Cuando más tarde la mujer vuelve a insistir, se ve en la necesidad de contarle que están por amputarle la pierna, y ella le dice que le llamará más tarde. La esposa de Keret le dice: “Por qué no puedes limitarte a decir: gracias, pero no me interesa comprar, alquilar o tomar prestado lo que sea que usted venda, así que, por favor, no vuelva a llamarme en lo que le queda de vida y, si es posible, tampoco en la siguiente. Que tenga un buen día”. Creo que a mi papá le hubiese gustado esta historia.

Cada vez que me voy aproximando al cruce de la calle Ha’ari con Aza y Metudela, y alcanzo a ver el puesto de Martin, empiezo a pensar cómo armaré mi historia de hoy. En las más cotidianas experiencias es que me vuelvo a encontrar con mi papá, y trato de intercambiar algunas ideas con él sobre cómo desarrollar cada narrativa de lo que me pasa en la vida diaria. Es una manera, de tantas que hay, a través de las cuales honro su memoria en la experiencia cotidiana. Por ello me tomé la libertad de no darle su nombre a mi hijo.

Por cierto, termino de escribir estas líneas y veo frente a mí un cuadro de mi papá. Es una serigrafía de los vitrales que hizo sobre los profetas. Veo frente a mí una de sus creaciones artísticas, veo cómo la ballena se traga a Jonás, el hijo de Amitai.

Fuente: eduardocohencom.com

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