Enlace Judío México e Israel.- En vísperas del Día Internacional de la Mujer, el conservar tu nombre de soltera, sin importar tu estatus, no debería ser considerado un capricho.

BRENDA JAET

Me llamo Brenda Jaet Kurian. Con ese nombre nací, crecí y he vivido mis 46 años de edad. Estoy felizmente casada desde hace 24 años, sin embargo, NUNCA he utilizado mi apellido de casada. Sin un fin de feminismo, control ni drama, simple y sencillamente porque así lo creí conveniente en un principio.

Me casé en el último semestre de la universidad y me pareció más fácil dejar todo el papeleo igual. Mientras fui madurando física, moral y psicológicamente, me fui identificando más con esa persona en la que empecé a convertirme.

Conforme fui creciendo laboralmente, también fui construyendo mi propia persona bajo ese nombre. El cual cobija algo que sólo me pertenece a mí: mi identidad, mis logros, sueños, triunfos, metas, fracasos, luchas, pero, sobre todo, mi propio espacio en donde sólo yo soy la dueña, algo que nadie me puede quitar. Debo confesar, mi querido lector, que vengo de una familia nuclear en donde soy la única mujer, la otra que me acompañaba era mi madre, pero ella ya no está. Como tal, también quiero confesar la gran molestia que a los hombres de esa familia les ha causado el que yo siga utilizando “su” nombre después de tantos años de casada. “Tú ya no eres Jaet”, me han dicho. Y no es que yo me aferre a ese apellido, que me dé algún tipo de abolengo, ni mucho menos. Es sólo eso: un apellido común y corriente, pero es mío, es quien soy y no creo que, por ser mujer, sea prestado por un tiempo determinado dependiendo de mi estatus marital.

Escribo de este tema en un tono un poco más personal de lo que acostumbro, con la responsabilidad de ser madre de tres hermosas hijas y en vísperas de la celebración esta semana del Día Internacional de la Mujer, en donde la narrativa siempre es la equidad de género. Te pido que hagas un sincero ejercicio de reflexión personal para ver qué tan equitativo (a) eres, empezando porqué mientras se tenga que seguir celebrando este día es que todavía no somos iguales.

El conservar tu nombre de soltera para toda la vida sin importar tu estatus no debería ser considerado un capricho o una falta de respeto, sino un derecho moral, al igual que lo ejerce cualquier hombre.

Hoy la labor de educar como padres es formar personas libres, seguras de sí mismas y respetuosas sin importar su sexo. Hay estudios que revelan que las niñas, a partir de los seis años, se sienten menos inteligentes y la culpa es de los estereotipos que, como sociedad, inculcamos en el inconsciente colectivo.

En temas de equidad todavía nos falta un largo camino por recorrer, pero el mejor antídoto seguirá siendo siempre la educación. Hay que entender que el feminismo no es un movimiento social enemigo de lo femenino, de la belleza o de la delicadeza; esta lucha es en contra de la misoginia y de una sociedad patriarcal machista, una sociedad en donde el hombre es un ser superior y la mujer está ahí para obedecer y servir. Hoy no podemos permitirnos vivir en una sociedad así. Debemos enseñar con el ejemplo a nuestras hijas a que nuestra voz es digna de ser escuchada.

 

 

Fuente:heraldodemexico.com.mx